lunes, 8 de junio de 2015

¿Cómo vamos a salir de aquí?




En estas últimas semanas he tenido la oportunidad de participar en varias discusiones, mesas redondas y conferencias en donde la situación política de Venezuela y su posible desenlace ha sido el tema central. Allí he tenido la oportunidad de coincidir con exiliados, gente de paso, y residentes, todos venezolanos muy destacados, de diferentes tendencias profesionales, edades y posiciones políticas. La variedad es una fuente inagotable de riqueza y oportunidad cuando se trata de analizar diferentes opciones para resolver problemas que carecen de una solución técnica evidente.

Hago la referencia todos venezolanos, más arriba, ex profeso. En estos días la realidad se ha venido deslizando peligrosamente hacia un abismo oscuro que pocos hemos tenido oportunidad de sentir antes, en nuestra propia experiencia de vida. Esto ha arrojado sal sobre heridas que tenemos a flor de piel; el desespero y la impotencia de los venezolanos de adentro, la insatisfacción natural por la cotidianeidad y a los afectos perdidos de los de afuera; generando una barrera no sólo inútil, sino también inexistente. Permítanme tratar de cortar la venezolanidad de una manera diferente,

En estos días de desasosiego y desorientación, di con un discurso de Julio Cortázar, Realidad y literatura (Julio Cortázar, Clases de Literatura, Berkeley 1980) que me ha dado mucho qué pensar y me ha servido de cobija. Está escrito a comienzos de los ochenta, cuando el Sur de América Latina aún se encontraba atravesando la oscuridad de las dictaduras militares, y los intelectuales perseguidos de la región se refugiaban en México y Venezuela. Tras varias décadas de deterioro se nos ha olvidado que fuimos alguna vez un lugar de refugio, de esperanza, una tierra de oportunidad y vigorosa movilidad social que atrajo a numerosos inmigrantes y tuvo la nobleza de abrirle sus puertas a muchos exiliados políticos. Se nos olvida a nosotros, y se les olvida a los demás, varios gobiernos latinoamericanos que hoy andan por ahí como si la historia de sus países hubiese comenzado a mediados de los noventa, y como si ellos no tuviesen nada que deberle a nadie.

Cortázar hace referencia ahí a la indivisibilidad entre los de adentro y los de afuera “prácticamente todos los escritores latinoamericanos, vivamos o no en nuestros países, somos exiliados”. Hace énfasis la necesidad de contar con todos, a la contribución decisiva que presumía tendrían todos (como efectivamente ocurrió) en el renacimiento de sus países.  Ya hacia el final, Cortázar hace una única distinción entre los de adentro y los de afuera. Es una distinción legítima, no de malos y buenos y menos aún de ubicación geográfica. Es una distinción entre ciudadanos y nacionales. “Aquellos que opten por los puros juegos intelectuales y artísticos en plena catástrofe y evadan participar en lo que a diario llama a sus puertas, son latinoamericanos, como podrían ser belgas o dinamarqueses; están entre nosotros como nación por un azar genético, no por una elección profunda”. Los demás, los que nos levantamos a diario, dentro o fuera del país, y elegimos conscientemente no mantenernos al margen, esos, somos todos venezolanos.

Tras esta serie de eventos me ha venido cierta urgencia por ordenar mis pensamientos, organizar en una suerte de estantería mental las ideas, conclusiones, posibilidades e incertidumbres derivadas de esta rápida sucesión de interacciones.

I

La revolución hace rato que fundió sus dos motores: El carisma y el dinero. El país hace rato que se ha dado cuenta y no haya cómo ponerle fin a este desvarío, cuya duración sólo demuestra qué tan inapropiada medida es el tiempo para describir la experiencia humana y los fenómenos sociales. El régimen sigue ahí, atragantado, un enorme elefante que aún mantiene control de todos los poderes y el exiguo flujo de divisas; incapaz de empujar al país un centímetro fuera del barrial de crimen, corrupción, escasez, inflación y empobrecimiento al que lo trajo. Como suele suceder desde hace ya algún tiempo, el país no encuentra cómo resolver su crisis, pasar la página, y salir adelante.

La percepción de que haya una salida y se pueda alcanzar una solución negociada se ha ido extinguiendo en la medida en que los escándalos de corrupción y las investigaciones sobre narcotráfico que involucran a algunas de sus figuras más prominentes se han ido multiplicando como hongos. Para muchos de ellos ya no se trata sólo de su supervivencia política, sino también de su libertad, acaso también de su propia vida. En términos prácticos, les ha sido dictada una prohibición de salida del país por parte del entorno internacional, lo que los obliga a dejarse el pellejo aquí, superando límites éticos y humanos no vistos hasta ahora. Esto de lanzar a Alejandro Ledo por el balcón de la alcaldía Mario Briceño Iragorry, la vergonzosa difusión de las grabaciones de conversaciones íntimas de los presos políticos o las torturas que los informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch han venido relatando parecen apenas el comienzo.

Esos límites no sólo involucran a los mecanismos represivos. También la escasez, la inflación, las colas para conseguir alimentos básicos revientan sus propios récords, y los de toda nuestra historia, todos los días. Ya se ha convertido en hecho público y notorio que el Banco Central dejó de publicar estadísticas, no hay inflación, ni índice de escasez, ni balanza de pagos. Tampoco hay estadísticas de crecimiento ni consumo. Se ha propagado a este terreno esa forma del “si, no vamos a publicar nada, ¿y?” que ya es marca de la revolución en todas las esferas de la administración. “Sí, el CNE va a decir la fecha de las elecciones cuando le de la gana, ¿y?”. Y así sucesivamente.

Lo único que sabemos todos es que la vida es cada vez más frágil y precaria, que no sólo los sueldos cada vez alcanzan para menos, sino que cada vez existen menos asalariados. Los que nos inclinamos por formas más estilizadas de representar esta precariedad sabemos también que nuestras reservas vienen cayendo a razón de 50 millones de dólares diarios. Sabemos que están en sus niveles más bajos de los últimos 13 años (cuando dependíamos del dólar mucho menos que ahora, la comparación no es del todo justa). Sabemos que nuestros activos ya están reducidos al chasis de las barras de oro. Ya pronto empezarán a devorarse los lingotes de aquí también, si es que esto no ha empezado a ocurrir ya. También sabemos que la liquidez viene creciendo a ritmo de 67%-70% anual, y que para financiar ese 21% de déficit fiscal habrá que superar la barrera del 100%. Esto, junto con la enorme contracción de oferta de bienes que resulta de los recortes en las asignaciones de divisas (71% menos en lo que va de año), catapultará la inflación, esa también, hacia un nuevo récord.

II

Llegados aquí, existe un denominador común en el espectro que ocupa nuestras ansias por estos días: ¿Qué va a pasar? En términos generales existen tres grandes opciones.

La desventaja creciente en términos de preferencias electorales del gobierno ha ido elevando las probabilidades de que se retrase, o de alguna forma hoy inconcebible (y mañana evidente) se suspenda en el aire la consulta electoral. Sí, pan para hoy y hambre para mañana, pero para un gobierno que planifica y piensa en términos de semanas, de meses, unos pocos más podrían ser cruciales. ¿Tiene un costo político alto? Sí, pero no tan alto como lo tendría acceder a una elección con observación internacional donde saldrían derrotados en una proporción de tres a uno. ¿Por qué no han anunciado la fecha de las elecciones? Puede haber varias razones. Puede ser que facciones internas no hayan conseguido ponerse de acuerdo, o que lo estén estirando en espera de un milagro; una recuperación en los precios del petróleo (ya el modelo había empezado a pasar aceite con el petróleo a cien), o la concepción de un nuevo Dakazo. Tendría que ser mucho más colosal que el anterior: la magnitud de la crisis es ahora mucho más grande, el impacto requerido es exponencialmente mayor. En cualquier caso, parecen haberse dado cuenta de que la fecha de las elecciones es una suerte de opción, y las opciones (como los líderes) suelen valer más vivas que muertas.

La segunda opción, la que defienden más radicales en las redes sociales, es que el gobierno organice y anuncie la fecha de las elecciones, y planifique robarse una proporción de votos nunca vista desde aquél robo de Pérez Jiménez a Jóvito Villalba. Con la tecnología que han desarrollado hasta ahora no alcanza. Esa apenas les da para cuatro o cinco puntos porcentuales, a todas luces insuficientes para cubrir la brecha o inclusive maquillar el resultado. La enorme magnitud de la diferencia y la incertidumbre que en cualquier caso les generaría experimentar con esa nueva tecnología en medio de una circunstancia crucial, creo que hacen relativamente menos probable este escenario.

Por último, está la opción más valiente, esa que Chávez se atrevió a jugarse a ratos en situaciones de alto riesgo. Es decir, proceder con las elecciones aprovechando el margen de la tecnología electoral actual, explotar las ventajas en términos de financiamiento y medios de comunicación, llegar a límites nunca vistos en términos de amenazar empleados públicos y beneficiarios de programas sociales, y obstaculizar vergonzosamente la participación opositora. Aún en esta circunstancia, inclinarse por esta opción requiere algo de coraje, un activo que no parece abundar en la administración de Maduro. En cualquier caso, su meta más ambiciosa sería mantener a la oposición lejos de la mayoría calificada.

III

En la oposición debemos prever respuestas para cada uno de los tres escenarios anteriores. Los primeros dos nos mantendrían fuera de nuestra zona de confort y nos obligarían a seguir peleando en un terreno en el que tenemos pocas ventajas competitivas y en el hasta ahora hemos cosechado pocos éxitos. Nuestro set de capacidades y habilidades está mejor dotado para responder al tercero. A fin de cuentas, las respuestas óptimas a los dos primeros escenarios son intensivas en dinero, utilización de criminales, armas, y acaso también en términos de consecuencias fatales. Se trata de factores que la oposición en el caso del dinero no posee y en el caso de las armas ni las maneja ni forman parte de su lucha política. Y son alternativas que requieren capacidades que el oficialismo ha desarrollado.

La Asamblea Nacional, en cualquier caso, representaría una enorme victoria política, pero no abre la posibilidad de introducir cambios significativos en las decisiones y arreglos institucionales que nos han arrastrado hasta aquí. El sistema presidencialista de Venezuela, aún más a raíz del chavismo, ha creado un cisma entre el legislativo y el ejecutivo. Las cosas que nos tienen asfixiados, la política económica entre ellas, no se resuelven desde el hemiciclo del Congreso (salvo aprobaciones en leyes que involucren nuevos impuestos, de impacto muy modesto dada la magnitud de los desequilibrios actuales). Visto así, la oposición en la Asamblea corre el riesgo de pasar a formar parte de la comparsa del gobierno, sin ninguna posibilidad real de introducir un cambio.

En términos prácticos, una victoria opositora sería simbólica. Y como tal hay que aprovecharla. En este sentido, hay al menos dos cursos de acción que resultan relativamente evidentes. En primer lugar, articular una estrategia que se apalanque de inmediato en la victoria opositora, buscando propinarle al régimen (a la vieja usanza de Chávez) una serie de derrotas consecutivas. La segunda radica en la posibilidad de que una derrota en la Asamblea, centrada en la figura de Diosdado Cabello, consiga abrir un quiebre entre corrientes de la revolución, abriendo la posibilidad a una salida negociada que hoy no se ve en el horizonte.

Sea cual sea el caso, se hace imperante la construcción de una narrativa opositora, de una forma de contar nuestra historia diferente a la que ha escogido el chavismo, y que mucho opositor ha comprado de forma inadvertida. En cualquier de los escenarios anteriores, se requiere de una nueva versión para entender cómo llegamos aquí, quiénes somos, en qué creemos, por qué queremos ser gobierno, y cómo pensamos salir de aquí.

Tengo para mí que un elemento esencial de dicha narrativa debe ser abandonar la noción de que para ganar hay que repetir lo que nosotros creemos que la gente necesita oír; en lugar de lo que pensamos que necesita oír de acuerdo con nuestro diagnóstico y nuestra narrativa. Hemos pasado mucho tiempo siendo anti. La dificultad de operar en un entorno políticamente adverso, naturalmente ha terminado por agotar el tiempo que se le dedica a diagnosticar, proponer, crear consenso alrededor de las propuestas y empaquetarlas dentro de una narrativa más amplia y consistente.

Hay que reconocer que muchos de los males que hicieron posible al chavismo eran legítimos, y acaso son más legítimos hoy en día, pero nos vendieron los remedios equivocados. Hay que hacer énfasis en que la especialización es una precondición para el progreso, que no podemos seguir teniendo militares importando y distribuyendo comida, o decidiendo sobre nuestra economía; en la misma medida en que no tiene sentido usar economistas para tomar decisiones de guerra. Hay que reinsertar a Venezuela en la comunidad internacional, porque nuestros problemas son complejos y compartidos, y nos podemos apalancar en la cooperación global con otras naciones para salir adelante. En esa narrativa no puede esquivar la revisión de qué debe hacer el Estado por el ciudadano en el contexto de una sociedad próspera, y qué se espera que hagan los ciudadanos de ahí en adelante por el Estado y por sí mismos. Tiene que tener un componente social inclusivo esperanzador y moralizante, que transmita efectivamente la idea de que podemos salir adelante sin necesidad de que se nos quede nadie atrás.

Uno de los éxitos tempranos de la revolución, sobre el que aún se apalancan hoy en día, es el hecho de que nos han hecho perder toda esperanza en que un grupo de ciudadanos preparados, con una visión clara del progreso en el país, pueda organizarse políticamente y desencadenar un cambio positivo. El chavismo se alimenta de desmoralización y desesperanza. La narrativa es el vehículo a través del cual comunicamos nuestros valores y apelamos al sentimiento de la nación, con la intención de inspirar a tomar la acción necesaria para catalizar el cambio. Es un elemento esencial que hemos sido incapaces de articular en todos estos años.

martes, 21 de abril de 2015

La muerte más lenta (versión ampliada)


  
Mucha gente por estos días se pregunta en qué anda Maduro, qué tiene en la cabeza. ¿Cómo es posible que haya decidido profundizar en una receta económica que sólo ha traído inflación, desabastecimiento y recesión, cuando esas fuerzas se vuelven hacia él como un boomerang, y amenazan su supervivencia política?

Al momento en que usted lee, la economía venezolana está atravesando uno de los ajustes más difíciles y más ineficientes de los que hayamos tenido noticia. A partir del 2012 nuestras importaciones han caído en 28%. En lo que va de año el Banco Central ha decidido ahorrarnos la calamidad de conocer la cifra, pero es posible hacer estimaciones. Los resultados son alarmantes. Si uno se fija en las exportaciones reportadas por nuestros principales socios comerciales a Venezuela (un ejercicio que ha hecho Bank of America), la caída en el mes de enero podría estar alrededor de 18%. Si uno se fija en las liquidaciones de divisas en los diferentes niveles de tasas oficiales resulta todavía mayor. CENCOEX, SICAD y SIMADI (que le ha hecho honor a su nombre) han reducido la asignación de divisas al sector privado en aproximadamente 60% durante el primer trimestre. Tomando en cuenta que el sector privado realiza 50% de nuestras importaciones, eso pondría un piso a la caída de 30% (bajo el supuesto improbable que las importaciones públicas, de las que aún no tenemos noticia, se han mantenido iguales).

En cualquier caso, es un descalabro colosal. De mantenerse esos números, Venezuela cerraría el 2015 con importaciones 49% inferiores al año 2012, en unos niveles que no se han visto en el país desde el año 2005. Y he aquí que, cuando uno proyecta las necesidades de divisas con esa reducción, todavía hacen falta unos 10.000 – 14.000 millones de dólares. Eso es por el lado del sector externo. Por el lado fiscal, el déficit se proyecta en la vecindad de 20%, financiado esencialmente a través de la impresión de dinero y represión financiera, lo que sería consistente con una inflación por encima de 150%. ¿Por qué? ¿Por qué Maduro ha decidido seguir esta vía?

Entre las hipótesis que más se han repetido prevalece la idea de que, o bien lo hace a propósito, para destruir aún más la economía y afianzar su control; o bien es presa de grupos de interés que se benefician del status quo, y le son esenciales para su precaria supervivencia. No le tengo fe a la primera. Sí creo que hay algo de la segunda, pero no sé si alcanza para explicar en toda su extensión el disparate. Me gustaría proponer una idea diferente: Maduro ha escogido la muerte más lenta.

A mediados del año pasado, Rafael Ramírez se paseaba por Londres ofreciendo un paquete de ajustes de esos que ellos suelen llamar neoliberales, aunque no tengan nada que ver con el neoliberalismo. Los banqueros de inversión se hacían eco del road show y aconsejaban a los inversionistas llenarse los bolsillos de deuda venezolana. Y he aquí que, en algún momento, Maduro se deshizo de Ramírez y le dio la espalda al paquete. Quizás sospechaba que liberar el cambio, algunos precios, y aumentar la gasolina, lo iba a convertir en un blanco fácil dentro de la propia revolución. Es decir, una vez que él hubiese asumido el costo político, la tentación de obligarlo a dar un paso al costado bajo el argumento de que “ha destruido el legado de Chávez” y proponer un heredero más legítimo, se hacía ya demasiado grande. Esto que ustedes quieren hacer, no lo voy a hacer yo. Ustedes creen que yo soy frágil porque tengo 20% de popularidad, pero la verdad es que detrás de mí vienes tu, que tienes 6%, y tu, que no llegas a 1%. A fin de cuentas, aquí el único que cuenta con algún vestigio de institucionalidad soy yo.

Así, Maduro se inclinó por reorganizar la distribución del poder, y hacerle frente al barranco económico en toda su extensión, en un esfuerzo por ganar tiempo. Cada mes que pasa le hace falta un nuevo malabarismo. Primero fue el descuento de la deuda Dominicana, luego la emisión de deuda de CITGO, ahora el swap del oro. Y así. De aquí en adelante habrá que ponerse más creativo. Pero sigue vivo.

El año avanza, Maduro se mantiene precariamente, y la economía se deshace en pedazos. Si todo sigue como va, hacia mediados de año el gobierno va a tener delante de sí una decisión importante. Puede acelerar el recorte en las importaciones, lo que implicaría reducir en más de 50% con respecto al año anterior, un tercio de las de 2012, a niveles de comienzo de los 2000, en una época en que nuestro consumo depende de nuestras importaciones en una magnitud sin precedentes. Puede intentar liquidar en su totalidad el oro en reservas internacionales, y demás activos externos de la nación (si la cifra de activos externos son los 76.500 millones de dólares que ha calculado Bank of America, estamos pasando trabajo por gusto). Pero también podría empezar a reconsiderar los vencimientos de deuda que se vienen en octubre y noviembre.

En su carrera hacia el abismo, ganar uno, dos o tres meses podría ser de vida o muerte. Y hay maneras de darle la vuelta a los ominosos escenarios que muchos analistas - ya metidos en el agua hasta el cuello - insisten en señalar en caso de una cesación de pagos. ¿El embargo de los envíos de petróleo venezolano? Depende. Si el default se hace sobre los bonos soberanos, la mayoría de los abogados avezados en estas cosas opinan que sería muy difícil interrumpir el flujo comercial de PDVSA. El problema está en que la mayoría de los vencimientos que se aproximan son precisamente de PDVSA. ¿Y entonces?

El gobierno podrían tratar de crear una nueva compañía, y traspasarle los activos de PDVSA. Una vez consumada la operación, el default lo produciría una entidad inerte, ahogada entre sus deudas y sin mayores activos que embargar. Es sólo una posibilidad. De nuevo, es eso, o liquidar el oro, o recortar las importaciones a niveles no vistos en quince años.

No hay nada nuevo en esto. Ya el mercado está valorando la deuda venezolana con una probabilidad implícita de default de 57% en este año, 97% acumulada si se consideran los próximos tres. Es decir, si Maduro aguanta de aquí al 2017 y el precio del petróleo no experimenta una aceleración dramática (nadie está contando con eso), lo del default sería más que una probabilidad, una certeza.

Fíjense el contraste que existe entre la deuda externa argentina y la venezolana. Argentina se encuentra actualmente en default, pero el mercado sabe que pronto habrá un cambio en el poder, y percibe que en cualquiera de las tres opciones la política económica corregiría los desequilibrios y se haría más viable. Por esa razón, aún en default, la deuda externa argentina ha venido subiendo de precio vertiginosamente (el riesgo país bajando). En el otro extremo, Venezuela, que no ha dejado de pagar, que con una política económica razonable no tendría que considerar el default como una opción ni aún en la circunstancia actual, con su deuda perdiendo altura sin cesar, ya con precios similares a los niveles de recuperación históricos en casos de default.

Para cualquier otra administración, bajo cualquier otra política económica, el default no tendría sentido: en el mediano plazo, los costos superan con creces a los beneficios. Pero Maduro no cuenta en términos de años; cuenta días, semanas, a lo sumo se asoma a los próximos meses. Está en un callejón sin salida, que terminará por destruir la economía, pero prolongaría aún más su vidrioso mandato. Ha preferido esta muerte.


@miguelsantos12 

La muerte más lenta (versión breve para El Nacional)

La muerte más lenta

Mucha gente por estos días se pregunta en qué anda Maduro, qué tiene en la cabeza. ¿Cómo es posible que haya decidido profundizar en una receta económica que sólo ha traído inflación, desabastecimiento y recesión, cuando esas fuerzas se vuelven hacia él como un boomerang, y amenazan su supervivencia política? Entre las hipótesis que más se han repetido prevalece la idea de que, o bien lo hace a propósito, para destruir aún más la economía y afianzar su control; o bien es presa de grupos de interés que se benefician del status quo, y le son esenciales para su precaria supervivencia. No le tengo mucha fe a la primera. Sí creo que hay algo de la segunda, pero no sé si alcanza para explicar en toda su extensión el disparate. Me gustaría proponer una idea diferente: Maduro ha escogido la muerte más lenta.
A mediados del año pasado, Rafael Ramírez se paseaba por Londres ofreciendo un paquete de ajustes de esos que ellos suelen llamar neoliberales, aunque no tengan nada que ver con el neoliberalismo. Los banqueros de inversión se hacían eco del road show y aconsejaban a los inversionistas llenarse los bolsillos de deuda venezolana. Y he aquí que, en algún momento, Maduro se deshizo de Ramírez y le dio la espalda al paquete. Quizás sospechaba que liberar el cambio, algunos precios, y aumentar la gasolina, lo iba a convertir en un blanco fácil dentro de la propia revolución. Es decir, una vez que él hubiese asumido el costo político, la tentación de obligarlo a dar un paso al costado bajo el argumento de que “ha destruido el legado de Chávez” y proponer un heredero más legítimo, se hacía ya demasiado grande. Esto que ustedes quieren hacer, no lo voy a hacer yo. Ustedes creen que yo soy frágil porque tengo 20% de popularidad, pero la verdad es que detrás de mí vienes tú, que tienes 6%, y tú, que no llegas a 1%. A fin de cuentas, aquí el único que cuenta con algún trazo de institucionalidad soy yo.
Maduro se inclinó por reorganizar la distribución del poder, y hacerle frente al barranco económico en toda su extensión, en un esfuerzo por ganar tiempo. Cada mes que pasa le hace falta un nuevo malabarismo. Primero fue el descuento de la deuda Dominicana, luego la emisión de deuda de Citgo, ahora el swap del oro. Y así. De aquí en adelante habrá que ponerse más creativo. Pero sigue vivo.
Las cifras apuntan hacia una disminución en las importaciones del primer trimestre que podrían estar alrededor de 18% y 32%. Aún así, el déficit de divisas proyectado para el año se mantendría alrededor de 12.000 millones de dólares. Se aproxima septiembre y octubre, con sus colosales pagos de deuda. En esa carrera hacia el abismo, ganar uno, dos o tres meses podría ser fundamental. Y hay maneras de darle la vuelta a los ominosos escenarios que muchos analistas - ya metidos en el agua hasta el cuello - insisten en señalar en caso de una cesación de pagos.
¿El embargo de los envíos de petróleo venezolano? Depende. Si el default se hace sobre los bonos soberanos, la mayoría de los abogados avezados en estas cosas opinan que sería muy difícil interrumpir el flujo comercial de Pdvsa. El problema está en que la mayoría de los vencimientos que se aproximan son precisamente de Pdvsa. ¿Y entonces? Podrían crear una nueva compañía, y traspasarle los activos de Pdvsa. Una vez consumada la operación, el default lo produciría una entidad inerte, ahogada entre sus deudas y sin mayores activos que embargar. Es sólo una posibilidad. Es eso, o recortar las importaciones en una magnitud próxima a 40% o 50%, hasta niveles similares a los del año 2004. El default no tiene sentido a largo plazo, ni siquiera a mediano, pero Maduro cuenta en términos de días, semanas, no sé si llegue a pensar en términos de meses. Es un callejón sin salida, que terminará por destruir la economía, pero prolongaría aún más su vidrioso mandato. Ha preferido esta muerte.

@miguelsantos12

domingo, 16 de noviembre de 2014

Entre la reforma total y la posible

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Con el proceso político venezolano aproximándose lentamente hacia su cataclismo, surge la urgencia, acaso también la obligación, de dedicarle tiempo y energía a pensar cómo vamos a reparar el andamiaje. Es una tarea comprensiva que a ratos provoca desánimo, pues pareciera que no hay nada que pudiera tenerse en pie, nada que pudiera heredarse, nos ahoga la impresión de que todo queda por hacer. Y qué duda cabe de que es así. El chavismo ha arrasado con todo vestigio de institucionalidad, de funcionalidad, con toda lógica, con el entramado de los incentivos y ha terminado por dar al traste con las ganas de hacer las cosas bien. En esas condiciones la primera idea que viene a la mente es que hay que reformarlo todo, hay que refundar a la nación y hacer una suerte (otra vez) de caída y mesa limpia. Permítanme argumentar en contrario.
Ya a estas alturas está ampliamente documentado qué aspectos diferencian una reforma exitosa de otra que no lo es. No sólo se trata de aprender en cabeza ajena, también hemos acumulado ya alguna experiencia, predominantemente en lo que respecta al qué no hacer. En cualquier caso, las reformas “integrales”, las que procuran traer al país las “mejores prácticas” de otras partes, con la intención de “enviar señales claras”, tienen una probabilidad muy baja de traducirse en buenos resultados, o lo que viene a ser lo mismo, de sostenerse. Con frecuencia, en la euforia que produce el cambio, se procura demasiado, se dice que “Venezuela no volverá nunca a ser la de antes”, y se ignoran no sólo las circunstancias particulares que las hacen más o menos posibles, sino también los problemas específicos de la gente que deben ser el objetivo último del proceso de reforma. Esa acaso sea una razón más para dedicarle ahora algún tiempo a esta tarea, lejos de la urgencia que trae consigo la posibilidad del poder.
¿Y qué caracteriza a las reformas exitosas? Tres cosas. Se centran alrededor de problemas específicos. Analizan el contexto particular que rodea al problema, y buscan soluciones posibles dentro de esa circunstancia (el contexto no se suele adaptar a las soluciones, las soluciones se deben adaptar al contexto). Por último, incorporan en el diseño e implementación de soluciones o coaliciones amplias de grupos interesados en resolver el problema (lo que a su vez da origen a la regeneración de la institucionalidad).
Cuando se les mira en conjunto, las características de las reformas exitosas suelen dar importancia al contexto, a lo posible por encima de lo perfecto, y a la participación colectiva. De lo pequeño, la solución de problemas específicos, las coaliciones alrededor de la solución de los problemas, se pasa a estructuras más amplias como la ley y las instituciones (no al revés).
La economía no es la excepción. A estas alturas, dada la desastrosa experiencia nuestra en los últimos cuarenta años y el éxito de nuestros vecinos latinoamericanos, está muy claro a dónde queremos llegar. Ahí no creo que haya demasiadas divergencias, y cuando las hay, surgen alrededor de aspectos más técnicos que no son esenciales. El problema está en cómo vamos a pasar de aquí hasta allá. Es ahí a donde los lineamientos que he propuesto arriba pueden resultar útiles.
No podemos cambiarlo todo. Hay que identificar cuáles son los principales obstáculos y diseñar soluciones que, si bien no los corregirán de inmediato, sean pasos orientados en la dirección correcta. Algunas de las cosas en las que pensamos en las dos campañas electorales anteriores iban en esa dirección. Tómese por ejemplo el control de cambio. Es, a la vez, uno de los obstáculos más grandes en términos de fomento a la corrupción y desincentivos a la actividad productiva. Pero es difícil saber si al terminar de venirse todo abajo estaremos en condiciones de levantarlo del todo. Por esa razón, habíamos pensado en un mecanismo intermedio, que levantaba el control sobre las operaciones de cuenta corriente (exportaciones e importaciones) con un sistema de verificación aleatoria posterior a la importación y fuertes penalidades; manteniendo la cuenta de capital cerrada en el corto plazo. No soluciona el problema de entrada, se mantienen los incentivos a la sobrefacturación de importaciones como mecanismo para sacar dólares, pero iría alineando los precios relativos de forma gradual y permitiría al nuevo gobierno más flexibilidad para decidir el ritmo de la reforma según el beneficio de la duda que le den los agentes económicos y la comunidad financiera internacional.
Otro problema urgente es la inflación y su origen está en el Banco Central. Allí está la fuente de muchos de nuestros males (y no precisamente en los técnicos). Comprometer al Banco Central a reducir la inflación a un dígito en el corto plazo o a mantener cierto patrón cambiario versus alguna otra moneda, es una reforma loable, poco creíble y con muy pocas posibilidades de éxito (si sobrevive la reforma, será difícil que sobreviva el gobierno). Aquí hace más sentido comprometerse con algo posible, con una combinación de crecimiento e inflación (expresada a través de una meta de PIB nominal) que le permita al nuevo Directorio más flexibilidad en el ajuste a situaciones inesperadas potenciales (cambios en los precios del petróleo). La inflación y el crecimiento son dos bienes (un mal y un bien), y como suele suceder, una combinación de los dos suele proporcionar más bienestar que puntos extremos.
También es verdad que hay casos de reformas en áreas complementarias, en donde progresar en un sentido no conduce a ninguna parte si no se progresa en otro. Cruzan las mismas personas al otro lado cuando no hay puente, que cuando hay medio puente. Es el caso del control de cambio y el de tasas de interés. Levantar el control no tiene sentido si se mantienen las pérdidas forzadas a los ahorristas. La gradualidad en el sistema cambiario debe ir acompañada de un programa para estimular el crédito productivo, sacar a la banca progresivamente de su exposición a los bonos del Estado, y permitir que las carteras dirigidas (gavetas) vayan caducando en el tiempo. Como nos decía un avezado banquero por aquellos días, la banca es una industria que aguanta casi todo de a poco, y casi ninguna cosa de forma repentina.
No pretendo ser exhaustivo aquí, sólo quise exponer ejemplos de soluciones a problemas específicos, con base en el contexto actual, y la necesidad de generar grandes coaliciones alrededor del diseño y la implementación. Es una tarea pendiente en todas las áreas de políticas públicas que tienen que ver con los problemas de la gente. Es una tarea urgente, porque no creo que llegados allí tengamos mucho tiempo para deliberar, y porque es más fácil crear consensos amplios cuando no existe la posibilidad inminente del poder. Le tengo más fe a un proceso de ese tipo, que a una nueva refundación de la República.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Venezuela: ¿puede o no puede?

Me parece un hecho propicio, y de alguna manera también afortunado, que mi primera contribución en El Nacional coincida con las secuelas de mi artículo con Ricardo Hausmann en Project Syndicate acerca de los compromisos de pago de Venezuela. Debo confesar que ha despertado un interés, y por qué no decirlo, una animosidad de lado y lado, que ha superado todas nuestras expectativas. Después de todo, cuando se le lee bien, se da uno cuenta de que no había allí una cifra que no sea ya pública o caliche: vencimientos próximos de deuda, carencias de reservas, compromisos adquiridos y deshonrados del Estado venezolano y sus dramáticas consecuencias. Nada era nuevo; mucho había sido ya publicado aquí y allá por un grupo de avezados periodistas venezolanos que con aplicación artesanal se han dado a la tarea de ir totalizando las deudas por sectores.
Por disciplina intelectual he tratado de ir agrupando las respuestas y comentarios recibidos en una suerte de compartimientos mentales por origen. Y es que tengo para mí que las opiniones más honestas desde el punto de vista intelectual suelen venir de quienes no tienen intereses en el asunto (monetarios, quiero decir, los del corazón los tenemos todos). No se trata de que tener deuda venezolana o el hecho de que te paguen por aconsejar a quienes la tienen inhabilite para opinar, sino más bien de que los recipientes de esa opinión conozcan los intereses directos de los que opinan y puedan utilizar esa información para juzgar por sí mismos su objetividad. Así rezan los códigos de ética de los analistas financieros y lo aconseja el sentido común.
La mayoría de las opiniones que he recibido giran alrededor de si tiene Venezuela o no capacidad para cumplir sus compromisos. Es un buen punto de partida, porque de allí se abren otras avenidas que intentaré explorar en lo que sigue. ¿Tiene Venezuela capacidad de pago o no? A mí no me cabe ninguna duda de que en circunstancias normales Venezuela no tendría por qué escoger entre pagar una cosa u otra. Después de todo, el servicio de deuda todavía representa una fracción posible de nuestras alicaídas exportaciones. Pero Venezuela ya desde hace tiempo es un país en donde las “circunstancias normales” se imponen en muy rara ocasión.
Ese acaso era uno de los mensajes que pretendía dejar el particular enfoque que se le dio al artículo: la política económica de la revolución nos trajo a una situación en la cual o tienes medicinas y equipos médico-quirúrgicos, tratamientos de cáncer y diabetes, café, harina o azúcar, o pagas la deuda. Y yo creo que de allí surge la única nueva información que podríamos (no estoy del todo seguro) aportar a un tenedor de bonos: si este país ha llegado a un punto tal que, para pagarme a mí, debe poner de rodillas a 30 millones de ciudadanos, esa situación es muy difícil de sostener. Esa realidad ha dado lugar a un intenso e interesante debate en varios blogs y foros de discusión administrados y frecuentados por chavistas.
Más allá de esa consideración: ¿tiene cómo pagar Venezuela? Los mecanismos estándares, los que ayudan a aproximar esta pregunta de manera objetiva en otras latitudes, o no apuntan en buena dirección o no existen (lo que, siguiendo las premisas básicas de la teoría de señalización, vendría a ser lo mismo). Normalmente, nuestros pagos de deuda salían de reservas internacionales; allí ahora no hay suficiente en efectivo, a menos que salgamos a vender oro (entiendo que también están en eso). 3 días antes de nuestro artículo el gobierno creó un Fondo Estratégico para “unificar las reservas” y depositó allí unos magros 750 millones de dólares. Unos días después, alarmados por la reacción de los mercados, anunciaron que incorporarían una cifra similar, para totalizar 1.500 millones de dólares. En cualquier caso, menos de un quinto de los pagos requeridos en octubre, y apenas un diezmo de los que muchos analistas han presumido durante todos estos años.
La otra opción no está en los stocks, sino en los flujos. Ahí, tanto las manipulaciones contables que se han venido haciendo a nivel de balanza de pagos como el simple hecho de que desde el tercer trimestre de 2013 no sabemos nada de nuestras cuentas externas, no inspiran optimismo. Uno tiende a pensar que si las cifras fuesen favorables, ya habrían salido publicadas y rociadas en los medios de propaganda oficial con generosidad.
Luego está la gente que comenta que sí, que podemos pagar, pero que para eso hay que unificar el tipo de cambio, y generar un plan de ajustes tipo aumento de la gasolina y liberación de controles precios. Esta es una opción muy interesante. Dado que el gobierno no tiene cómo cambiar expectativas ni tampoco la capacidad, capital político, ni intención de producir un cambio en la economía, este conjunto de medidas deprimirían de manera brutal la demanda interna (terminarán por hacerlo, de una forma u otra), para abrir espacios a un superávit en cuenta corriente que pudiese ayudar a servir la deuda.
Esto equivale a decir que bajo las condiciones actuales no podría pagar sin someter al país a la escasez y miseria que hoy predomina, pero que a través de un paquete de ajustes de un enorme costo social y con muy bajas probabilidades de recuperación (ya es tarde para reinventarse) quizás podrían seguir sirviendo la deuda. Otras opciones, tales como endeudarse a tasas salvajes en dólares (12%-15%), vender petróleo a China a futuro en condiciones muy oscuras para obtener efectivo, o salir a liquidar Citgo a la carrera, se me hacen igual de inequitativas.
Nuestro artículo no recomendaba default, solo afirmaba que de acudir el gobierno a solicitar ayuda a las instancias multilaterales, como lo han hecho otros mucho antes de llegar a la catástrofe social a la que hemos llegado nosotros, esos organismos procurarían repartir las cargas del fracaso económico de manera más equitativa. Ya ocurrió así en Ecuador y en Grecia, solo por nombrar uno muy próximo y otro muy mentado. Un proceso de este tipo le resultaría mucho menos costoso a la república que cualquiera de las opciones que se barajan para juntar los cobres. Pero, de nuevo, nada de esto va a suceder.

miércoles, 30 de julio de 2014

Vida y aventuras del desfalco del FONDEN

Este artículo debería salir hoy publicado en El Universal, pero por alguna razón (de esas que antes no ocurrían y ahora sí ocurren) no ha sido incluido dentro de la edición web de El Universal EUD. Ya, ya, hubo fallas técnicas, disculpas, et cetera. Llaman la atención que algunos, cada vez más más pocos, sigan empeñándose en mantener las formas y en hacer las cosas de a poco, como si no fuésemos a darnos cuenta.

Vida y aventuras del desfalco del FONDEN

Ahora que el gobierno ha prometido repatriar (esa es la expresión más adecuada) los dólares que aún existan en FONDEN y Fondo Chino para “fortalecer las reservas internacionales”, se me ha venido a la mente una anécdota de la campaña electoral 2012. Corría el mes de Junio de ese año cuando recibimos en el comando de Henrique Capriles una llamada de un tal Brian Ellsworth, un periodista freelance que había escrito un reporte para Reuters sobre el FONDEN.

Nos encontramos muy temprano en un café de Altamira. Según me contó, el y una periodista venezolana, Eyanir Chinea (no sé si me dijo entonces que eran pareja, o si yo he ido construyendo ese puente en mi memoria), se habían dado a la tarea de recoger y analizar todos los informes, menciones en Aló Presidente, presentaciones de reuniones del gobierno con banqueros de inversión, etc., relativas a FONDEN. Como resultado de esa minuciosa investigación, habían producido un documento para Reuters y querían ponérnoslo a la orden. Teniendo en cuenta que el fondo que ya para entonces había recibido más de cien billones de dólares no tenía (ni tiene) mecanismos formales de rendición de cuentas, el reportaje era la mejor aproximación posible, profuso en detalles, citas de documentos oficiales, y evidencia visual, a aquél hueco negro.

Brian pensaba, con toda razón, que había dado con su propia versión de Watergate. Brian y Eyanir se habían dado a la tarea de visitar los lugares que documentos y alocuciones oficiales mencionaban como receptores de dinero del FONDEN para evaluar el estado de las obras. Fue así como dieron con aquél cementerio de primeras piedras, que en el mejor de los casos no pasaban de un conjunto de cabillas y una obra mínima probablemente necesaria para solicitar segundos y terceros desembolsos. Allí está SERLACA, un consorcio de aluminio que había recibido 60 millones de dólares de FONDEN y otros 90 del Fondo Chino. Para finales de 2011 no pasaba de ser laminadora de aluminio abandonada, tras pasar 18 meses paralizada. Estaba también una supuesta fábrica de fertilizantes en Puerto Nutrias, que había pasado tanto tiempo abandonada que cuando Brian estuvo allí los lugareños debieron luchar a punta de machete contra la maleza para poder dar con la “piedra fundacional”. PULPACA, una procesadora de pulpa de papel a la que se habían destinado 530 millones de dólares en 2010 y de la que dos años después apenas había una valla frente a un terreno baldío con una foto de Chávez sonriente, risueño, indicando que ya se habían invertido 43 millones de dólares en “limpiar el terreno y construir dos galpones”. Y así sucesivamente.

Además de los innumerables desfalcos a nivel nacional, también habían dado con documentos oficiales que mencionaban desarrollos similares (probablemente con el mismo grado de expoliación) en otras latitudes. Sólo hasta 2010, el FONDEN presumía de financiar “iniciativas con el gobierno de la hermana República de Cuba” por 6.100 millones de dólares. Ese año, también se registraron 9 millones de dólares en casas prefabricadas en Guatemala, Bolivia, Cuba y Nicaragua; además de la compra de un edificio para uso diplomático por 46 millones de dólares. Por diseño, ninguna de esas operaciones fue discutida en la Asamblea Nacional, y sobre ninguna de ellas existe un resumen de cuentas o ejecución, ni evaluación alguna o inventario. La última vez que se reportó cuántos fondos se habían desviado a FONDEN (abril 2014) la cifra ya superaba los 116.000 millones de dólares.

Adicionalmente, desde FONDEN se cancelaban muchos gastos en bolívares. Los dólares se traían a la tasa oficial, pero no pasaban por el BCV. En el camino, alguien los vendía en el paralelo y se quedaba, según el caso, con el 60%-80% de los fondos. Según los asesores de la campaña, y no tengo elementos para juzgarlos, aquél tema no sería capaz de prender en la opinión pública. La corrupción no era una prioridad para la gente, les daba más o menos lo mismo que robaran, siempre en cuando se les resolvieran – o si diese la apariencia de resolver – algunos de sus problemas más urgentes.

Fue así como aquél documento cayó en el olvido, tras apenas alguna que otra mención en las concentraciones de la campaña, en donde se hacía alusión a la promesa no cumplida, pero no se caía en el hecho más grave: el dinero sí había sido erogado. Los mismos que diseñaron y ejecutaron ese enorme desfalco, sin duda entre los más grandes en la historia de América Latina (y mire que tiene competencia), nos prometen ahora sacarnos de él. Esta por verse. Habría que ver también si la cantidad de dólares que traigan, sobre la que en cualquier caso no cabría ser muy optimista, se la van a “vender” al BCV a cambio de bolívares frescos. Sería un descaro colosal, toda vez que cuando salieron del BCV hacia el FONDEN no tuvieron contrapartida alguna, y peor aún, se registraron como un préstamo en los balances del ente emisor.

@miguelsantos12