miércoles, 16 de abril de 2014

Todo es mentira

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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 16 de abril de 2014  12:00 AM
El gobierno ha decidido enfrentar la catástrofe económica con un nuevo set de mentiras. Puso a rodar el Sicad-2 bajo la promesa de que sería un mercado libre, sin restricciones. Nada más lejos. Tres semanas después y ya Sicad-2 es una nueva versión de Sicad-1, pero a la tasa le metieron esteroides. El precio al que se "equilibraría" el dólar no es un precio de equilibrio, es un valor que ellos han escogido, así como han podido escoger cualquier otro. De allí la "precisión" en las predicciones de algunos. Es lo que ellos filtraron, sin ninguna consideración sobre si a esa tasa la oferta igualaría la demanda. Hoy en día Sicad-2 es un sistema a través del cual se colocan órdenes, se escoge un precio arbitrario, y se asignan divisas de forma caprichosa e insuficiente. El mercado paralelo bajó, porque algo de la demanda se ha trasladado, pero mantiene una prima de 30%. La subasta no es una subasta. El mercado no es un mercado.

Algo similar se viene en materia de inflación y escasez. En un esfuerzo por hacer reaparecer los bienes en los anaqueles el gobierno está dispuesto a revisar la política de precios que los desapareció. Con algunos detalles. Le proponen ahora al sector privado subir los precios, pero no están dispuestos a publicarlos en Gaceta. Es una mentira similar a la del dólar. Están más obsesionados con lo que dice el papel, y lo que ellos repiten en cadenas, que con encontrar soluciones. El problema es que tras años perseguidos y acosados por el Estado, tras innumerables denuncias, citaciones, ocupaciones, confiscaciones de inventario, tras haber sido expuestos ante la nación como especuladores y ladrones, hay muchos que no están dispuestos a seguirles el juego. Saben que la promesa de si empiezan a vender más caro nadie los va a perseguir no es creíble, y lo será cada vez menos en la medida en que se aproxime una elección. El gobierno quiere tenerlos en las manos, invitarlos a hacer algo ilegal según el retorcido engranaje de la legislatura chavista. Muchos se han opuesto, y han solicitado que se reconozcan los aumentos de precios en la Gaceta Oficial. Dentro de la locura en la que estamos inmersos es lo que hace más sentido. En las próximas semanas podrían empezar a aparecer algunos bienes a dos (100%) y tres (200%) veces su precio "regulado". Lo que no puede reaparecer son los empresarios, la producción de los terrenos y fundos expropiados, las instalaciones que han sido tomadas y abandonadas, las transnacionales que se marcharon a los países vecinos para desde allí exportar a Venezuela. Esas no aparecen ni con un plumazo en Gaceta ni sin él. Han pasado a formar parte del legado miserable de la revolución.

Henri Falcón les ha puesto los puntos sobre las íes en cadena nacional. Con asertividad y empatía, les ha recordado las expropiaciones de fundos, "aquél Aló Presidente, en aquella finca". Los ha invitado a darse una vuelta por ahí. El único que se apoderó de todo aquello terminó siendo el abandono. Hago este giro para llamar la atención sobre la importancia de volver a poner sobre la mesa del debate los problemas de la gente. Se aproximan tiempos todavía más difíciles. El gobierno hará un anuncio rimbombante de aumento salarial el próximo primero de Mayo, pero aún así el salario quedará diluido en los aumentos de precios que serán necesarios para recuperar el abastecimiento. Es ese ciclo, que Omar Barboza quiso esbozar con algún éxito, en donde imprimes dinero para pagar gastos, generas inflación, lo que te obliga a aumentar el salario, para lo que se hace necesario imprimir más dinero, y así sucesivamente.

La oposición necesita reagruparse y volver a centrar el debate en los problemas de la gente. Necesita coordinar a como de lugar el esfuerzo de la calle con el de la mesa de negociación. Está obligada a empaquetar las condiciones electorales, el CNE, el TSJ y otros refinamientos que a los ojos de la gente resultan afrancesados, con las dificultades de la vida cotidiana y la incapacidad del gobierno para resolver la economía y la inseguridad. Nada garantiza que la mesa de negociación no sea otra mentira, pero nosotros tenemos que estar ahí y apostar por ella. El problema de Venezuela ha trascendido sus fronteras (véase lo que declaró Patiño antes de salir de Ecuador y lo que dijo una vez en Caracas), y eso nos abre una oportunidad. Más allá del cómo y por qué llegamos hasta aquí, debemos erguirnos por encima de nuestras diferencias y diseñar entre todos una estrategia unitaria conjunta que nos permita sacar el mejor provecho de esta circunstancia. No se trata de quién tenía razón, se trata de Venezuela.

@miguelsantos12

El dilema entre la protesta y la negociación

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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 9 de abril de 2014  12:00 AM
En estos días me hizo falta, para una investigación sobre tasas de cambio múltiples y unificación cambiaria, una serie con las tasas de cambio "libre" que prevalecieron en tiempos de Jaime Lusinchi. No se me ocurrió mejor cosa que poner a circular este pedido a través de las redes sociales. Después de todo, qué son las redes sociales sino un inmenso mar en donde se ponen a flotar millones de botellas con mensajes sin destinatario fijo. Algunas de las respuestas más inmediatas son una pequeña muestra de esa fuerza que se ha apoderado hoy en día de nuestro país: "pregúntale a quienes construyeron la urbanización Valle Arriba, ellos seguro que saben... ", "¿y tú qué haces preguntando por Blanca Ibáñez?", "eso es lo que tú quieres, volver a la época de las barraganas presidenciales... ", mientras otro le responde a este último... "decidían ascensos militares, repartían dólares, hacían lo que les daba la gana". Son un grupo pequeño, y contrastan con los demás, con quienes generosamente y sin tener una idea clara, se esfuerzan por sugerir alternativas con la única intención de ser útiles. Sucede que los primeros suelen hacer mucho ruido.

Ambas corrientes representan otro falso dilema en el que se ha encerrado la oposición, una suerte de colosal batalla de ingenuidades. Por un lado están quienes creen que un grupo de ciudadanos enardecidos, sin organización, sin armas y sin dinero, trancando las calles y avenidas de las principales ciudades, van a ser capaz de dar al traste con el régimen. Peor aún, o al menos así uno lo presume, no se espera sólo eso sino también que ese proceso sea capaz de dar a luz a un gobierno mejor. Dentro de esta corriente hay argumentos convincentes: el país no se puede dar el lujo de esperar tres o cinco años, el nivel de deterioro económico, político, social, la degradación de las instituciones, no deja otra alternativa. Por otro lado están quienes reconocen que es necesario seguir trabajando para construir una verdadera mayoría, pero no encuentran una manera de explicarle a la gente qué hacer ni a través de qué mecanismos (¿elecciones?) esa mayoría será capitalizada en poder político. El pecado original de este segundo grupo se encuentra en creer que puede ser capaz de dialogar con el Gobierno y obtener concesiones relevantes sin la presión del primero. Dialogar, en cualquier caso, es una expresión demasiado pueril, carente de objetivos más allá del hecho en sí mismo, que no comunica lo que requiere el momento. Suena demasiado a sucesión de marroncitos, a postura de acomodo.

Y uno se pregunta: ¿En qué momento nos convencimos de que era una cosa o la otra? ¿Cuándo se asignaron estos roles? ¿Cómo venció México la hegemonía del PRI, sino a través de la acción política coordinada entre la calle y la mesa de negociación? ¿Por qué no aprovechar la significativa efervescencia que un sector de la oposición ha sido capaz de generar, para a partir de allí profundizar nuestra acción política, reconducir la protesta y conectarla de manera directa con los problemas de la gente y nuestras soluciones? Habrá alguno por ahí que piense que ya no hay fuerza capaz de canalizar la protesta. Yo tiendo a pensar que eso no es así por naturaleza, y que con frecuencia las élites políticas, los líderes, son quienes modelan la conducta de los ciudadanos. De eso se trata el liderazgo y la ausencia de liderazgo.

Coordinar ambas corrientes es esencial por una razón adicional. La caída del socialismo, más allá o más acá, cuando ocurra, no es más que el desmantelamiento de una gran mentira. No en vano, como ha escrito Vaclav Havel, se le conoce como el imperio de la hipocresía: "El poder de una cúpula corrupta es llamado 'poder popular', el trabajador es esclavizado en nombre del 'interés de la clase trabajadora', la degradación del individuo es presentada como su 'liberación', la ausencia de información es calificada como 'veracidad', el poder arbitrario como 'las leyes'". Estas son las primeras mentiras que se vienen abajo. Hay otras, mucho más peligrosas y persistentes. Es la mentira del Estado; es el contrato social repetido y violado hasta la saciedad, que contiene lo que le corresponde hacer al Estado por el ciudadano, y lo que le corresponde hacer al ciudadano por sí mismo. Esta es mucho más difícil de desmantelar. Se requiere de empatía, de entender los problemas de la gente e irle planteando una transición posible, con el Estado allí para ayudarle a superar la vulnerabilidad en que lo ha dejado la égida socialista, pero con el objetivo puesto en que sus hijos jamás tengan que pasar por una situación similar. Es ese transmitir, como he escrito en otra parte, que sí es posible salir adelante, sin que se nos quede nadie atrás.

@miguelsantos12

jueves, 10 de abril de 2014

La dictadura del no-hay-alternativa

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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 2 de abril de 2014  12:00 AM
La revolución se ha metido en una calle que ciega que le sigue presentando a Venezuela falsos dilemas. ¿Qué es un falso dilema? Ocurre cuando alguien nos quiere convencer en que debemos escoger entre infierno I e infierno II; cuando realmente esas no son las únicas opciones. Veamos dos ejemplos.

El Gobierno nos mantiene encerrados entre la incómoda elección entre inflación y escasez. Nos han convencido de que debemos escoger entre controles de precios que medianamente contienen la inflación y dejan los anaqueles vacíos; o anaqueles medianamente abastecidos a precios exorbitantes. Bajo las premisas de la revolución; la inversión privada es vista como un mal necesario al que se le ponen toda serie de obstáculos y trabas, la productividad y la competitividad son dos conceptos imperialistas (Franco Silva et Haiman El-Troudi dixit), y el Estado debe ser un proveedor todopoderoso de servicios, verdaderamente no hay alternativa. No hay ningún otro país en América Latina, incluyendo a Ecuador y Bolivia, forzado a escoger entre inflación y escasez. En la mayoría de los casos, la escasez es inexistente y la inflación es de menos de un dígito. ¿Por qué? Porque la única manera de combatir ambas es a través del estímulo a la competencia privada. La revolución se resiste a la promoción de la competencia, y ha escogido en su lugar un país en donde no existan más de uno a tres proveedores por industria, que corren los riesgos de inversión y expropiación (de los que están protegidos los empresarios del Gobierno) a cambio de la promesa de ganancias exorbitantes. Así, le hemos garantizado el mercado a un conjunto pequeño de productores lo suficientemente audaces o protegidos como para realizar enormes ganancias ofreciendo productos de baja calidad o servicios muy pobres. ¿El resultado? Tenemos ambas: inflación y escasez.

Otro falso dilema se nos ha planteado en el mercado cambiario. Si no se abre el mercado, la depreciación del bolívar en el mercado negro continuará. Y si se abre, y el Gobierno lo abastece, se registrará una colosal salida de capitales. En ese contexto, el Sicad- 2 está condenado a una de tres: desaparecer, sirve para financiar fuga de capitales (si el Gobierno interviene), o será irrelevante (si el Gobierno no interviene: una suerte de paralelo legal, condenado a la depreciación). Encerrados en esta suerte de cueva oscurantista chavista, se nos ha olvidado que en la mayoría de los países de América Latina el mercado de dólares está abierto y no se han registrado fugas de capitales. Todo lo contrario, durante los últimos seis años América Latina ha sido receptora de un extraordinario boom de inversión extranjera que ha obligado a los bancos centrales de muchos países a intervenir para evitar la apreciación de sus monedas (Chile), y amenaza con dar al traste con la economía de quienes no lo han hecho aún (Brasil). Mientras eso ocurre nosotros seguimos discutiendo Sicad-2, que si se necesita el ISLR, si me asignaron o no, que si oferté un bolívar más del equilibrio y no me tocó, que si el lunes pasado se transaron allí siete millones de dólares y unas semanas después unos cuarenta. Y así. Como tratando de beber agua de una manguera, nos hemos dejado arrebatar ante la posibilidad de adquirir divisas y se nos ha olvidado exigir un paquete de medidas más coherentes que resuelva el problema de raíz: la falta de confianza en la moneda local. Si quieres promover el consumo sin promover la productividad, si crees que puedes seguir imprimiendo dinero para financiar el gasto, si insistes en aplicar la ley de máxima ganancia o las guías de ruta del SADA, cualquier sistema que se te ocurra (mercado de divisas abierto o cerrado, con controles o sin ellos) va a ir a parar al mismo sitio, con más o menos legalidad, más o menos opacidad.

Y así sucesivamente. Es el desorden público o es la represión. Te quedas aquí y corres los riesgos de la inseguridad, la violencia, la ausencia de derechos, la expropiación; o te marchas lejos de las únicas aceras capaces de reconocerte los pasos. Así es la revolución. Es entre sufrir más o sufrir menos. Después de tantos años encerrados en esta lógica, encuentro a muchos convencidos de que en efecto no hay alternativa: la vida es difícil. No es verdad. De alguna u otra forma, parafraseando al filósofo Roberto Unger, es la dictadura de la ausencia de alternativas. Es posible armar una propuesta para que todos salgamos adelante, sin necesidad de que se nos quede nadie atrás. El problema se ha ido convirtiendo no en uno de falta de políticas, sino de pérdida de esperanza, de ausencia de fe. Es ahí donde la revolución ha registrado su mayor éxito.

@miguelsantos12

Lunes negro y los huecos del ajuste rojo

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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 26 de marzo de 2014  12:00 AM
Esperé para escribir al cierre de la primera jornada de la subasta del Sicad-II, cuando según el Banco Central el nuevo precio del dólar oficial resultó ser de 51,86 bolívares. Eso representa una devaluación entre 358% (si vienes de Sicad-I) y 722% (si vienes de Cadivi a 6,30). Esta particularidad no sólo la convierte en la devaluación más grande de nuestra historia, sino además tiene implicaciones importantes para lo que está por venir. 

Para nadie es un secreto que el gobierno devalúa por necesidad, no por convicción. No es que ellos crean en un sistema de precios relativos (lo que cuestan las cosas aquí vs. lo que cuestan afuera) más justo, sino que se han venido quedando sin real. La contribución de esa devaluación al presupuesto depende precisamente de que el gobierno sea capaz de venderle dólares al sector privado a una tasa mayor. Si el gobierno no interviene en ese mercado, o interviene poco, y Pdvsa sigue vendiéndole los dólares al BCV a la misma tasa, la recaudación adicional será muy baja. Si, por el contrario, el gobierno empieza a trasladar a Sicad-II quienes antes recibían dólares a 6,30 y 11,40 y Pdvsa vende divisas en ese mercado a 51,8, la contribución fiscal será sustancial. Por eso resulta muy temprano aún para calcular los efectos fiscales de la devaluación. El cálculo viene lleno de un sinnúmero de supuestos cuya volatilidad agregada lo hace irrelevante.

En función de esa contribución fiscal, el nuevo esquema podría durar más o menos. En la medida en que el impacto de la devaluación sea menor, en esa medida sigue siendo necesario imprimir dinero para seguir financiando el déficit. Si el gobierno continúa así, la devaluación del bolívar no tendrá freno. Esto es muy significativo dado que esta medida ha sido implementada después de no pocas discusiones internas, y no tendría nada raro que en algún momento sea reversada. Esa misma relación, a saber, cuánta gente es trasladada entre tasas, o de dónde salen los dólares que el gobierno liquide en el nuevo mercado, determinará el impacto inflacionario de la devaluación. Oigo a mucha gente repitiendo por ahí que los efectos inflacionarios de la devaluación será bajo, porque ya han sido "adelantados" e incorporados en los precios. El problema aquí está en qué es "bajo": Con una devaluación de 358%-722%, cualquier cosa que sea "bajo" representa una aceleración de precios muy significativa.

Poco se ha dicho sobre los efectos contractivos de la devaluación. En Venezuela las grandes devaluaciones están asociadas a caídas muy significativas en la producción. Esto a su vez tiene que ver con un conjunto de características que nos obligan a bailar con la más fea: No tenemos capacidad exportadora para aprovechar los mejores precios relativos y debemos seguir importando, pero a una tasa entre cuatro y ocho veces más cara.

Hago este conjunto de consideraciones no para confundir, que ya bastante confundidos estamos, sino para invitarlos a considerar los escenarios que se proyectan por ahí con algo de consistencia. Si los efectos fiscales de la devaluación son bajos, si no se trasladan los bienes de 6,30 a esa nueva tasa, el impacto inflacionario derivado de la devaluación será menor, pero seguirá siendo necesario imprimir dinero para financiar el déficit. En ese escenario la devaluación continuará a ritmo muy acelerado, y la caída en el producto será menor. Si se trasladan más divisas a la nueva tasa, el impacto fiscal será mayor, el ajuste en el sentido económico será más profundo, pero el impacto (negativo) sobre la producción y (positivo) sobre la inflación será mucho mayor. 

En el fondo, lo que nos tiene ahogados no es tanto una subasta, o si se consigue o no un dólar, o a qué precio. Eso es apenas un síntoma. Lo que nos tiene ahogados es la falta de transparencia fiscal, que tiene el presupuesto roto en cinco pedazos de los que tenemos muy pocas noticias. Lo que nos tiene ahogados son los 52% del PIB que registró el gasto consolidado en 2012, un nivel colosal e ineficiente (otros hacen mucho más con menos) del que costará mucho bajarse sin una catástrofe social. Lo que nos tiene ahogados es la ausencia del derecho a la propiedad, las expropiaciones, la arbitrariedad. Lo que nos mantiene ahogados es el cerco al sector privado, la ley de máxima ganancia, las guías de ruta del SADA, y tantas otras trabas. Esas cosas, en definitiva, son las que determinan que cuando a un venezolano le cae un bolívar en la mano, no se le ocurra otra cosa que salir a comprar un dólar. Proveerle ese dólar si desea salir corriendo es apenas una fracción infinitesimal del problema. El problema de fondo es cómo hacer para que no quiera salir corriendo. 

@miguelsantos12

jueves, 13 de marzo de 2014

Mitos y realidades del dólar libre

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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 12 de marzo de 2014  12:00 AM
El gobierno continúa jugando al gallo pelón con la política cambiaria. El "nuevo sistema" está "a punto" desde hace semanas. Se habla de una "liberación cambiaria", de un nuevo mercado en donde se podrían adquirir divisas "sin restricciones" (Ramírez dixit). Ya las bancas de inversión proyectan que el precio del dólar libre se estabilizaría alrededor de cincuenta bolívares (Bank of America). Aprovechando que aún seguimos en el terreno de la especulación, de las hojitas de Excel que aguantan de todo, quisiera llamar la atención sobre algunas implicaciones que una medida como esa tendría en mercados distintos al mercado de divisas. A fin de cuentas la economía se trata de eso, de las interconexiones que existen entre los diferentes mercados y los precios que surgen a raíz de ellas: Mercados de dinero (intereses), de divisas (tipos de cambio) y de bienes (precios). No me anima el prospecto de aparecerme con la cuenta en la Última Cena, pero sí me interesa contrastar mi punto de vista con otros y contribuir a cerrar la brecha entre las expectativas y la posible realidad. 

Habría que pensar qué tan factible es -o por cuánto tiempo se podría extender- una liberación cambiaria que no pase por la liberación de las tasas de interés. Las remuneraciones de depósitos promedian 12,5% en ahorros y 14,5% a plazos, con la inflación por arriba de 56%. Uno presume que eso sólo es posible en un sistema en donde no existe la posibilidad de comprar dólares libremente. Ahora bien, la liberación de las tasas trae consigo problemas muy complejos, y uno no ve a nadie en el gobierno trabajando para resolverlos. ¿Qué pasaría con las cuotas de los créditos hipotecarios, agrícolas y de turismo, en caso de una liberación de tasas de interés? ¿Las tasas se ajustarían de una sola vez o de manera gradual? ¿Cuál sería el efecto sobre los balances de los bancos de un incremento en la morosidad?

Luego está el problema fiscal. Muchos piensan que con una devaluación a cincuenta bolívares por dólar (en el improbable caso de que el gobierno esté dispuesto a reconocerla) se corregiría el problema fiscal. Esta es una afirmación que vale la pena descomponer en sus diferentes supuestos y correspondientes conjeturas. En primer lugar, para conocer la contribución fiscal de la devaluación sería necesario saber qué cantidad de divisas el gobierno está dispuesto a vender a esa tasa. Recordemos que aún existe Cadivi (¿Cencoex?) y Sicadi-I. ¿Cómo distribuirán sus flujos (fuera del oro hay muy poco en stock) entre estos tres? En segundo lugar, hay que recordar que las importaciones públicas ya prácticamente igualan a las privadas, lo que reduce la contribución fiscal de la devaluación en relación con otras épocas. En tercer lugar, el déficit fiscal consolidado cerró en 15,4% del PIB, financiado a partes iguales entre impresión de dinero y deuda interna. Muchos insisten en que con una devaluación como la que se ha planteado no sería necesario imprimir más dinero. Ahora bien, esa es sólo la mitad del financiamiento del déficit fiscal. La otra mitad viene de emisiones de deuda interna. En este momento los títulos de deuda pública nacional vigentes promedian una tasa de interés de 14,7%. La diferencia entre esa tasa y la inflación es una suerte de impuesto vía represión financiera que el gobierno carga sobre los tenedores de bonos (bancos), quienes a su vez lo trasladan a los ahorristas. Si se liberan las tasas de interés, se eliminaría este mecanismo de financiamiento y se abriría un hueco adicional en el presupuesto nacional.

Yendo un paso más atrás cabe preguntarse: ¿Por qué se le hizo necesario al gobierno imprimir dinero? Para financiar el déficit de Pdvsa. ¿Y por qué Pdvsa tiene un déficit, si el petróleo está a cien dólares por barril? 1) Porque paga regalías sobre barriles que no cobra, ya sea porque se regalan, o porque se cobran a través de otro bolsillo (i.e. Fondo Chino), y 2) Por el gasto social que se le ha cargado a la petrolera estatal. ¿Está el gobierno dispuesto y en capacidad de unificar el tesoro nacional, eliminar los regalos y concentrar el gasto social en el gobierno central?

Más allá de las cifras puntuales, quería enfatizar que no puede existir liberación cambiaria sin un paquete consistente de medidas en el área fiscal, monetaria, bancaria y empresarial. De no ser así, se orquestaría una inmensa fuga de capital sin ningún propósito. Se trata de una transformación estructural de nuestra economía. Aún en el supuesto negado de que el gobierno tuviese ya bajo la manga un programa así, sería cuestionable el éxito de su implementación por parte de los mismos que han venido cayéndole a patadas a los textos de economía básica durante quince años.

@miguelsantos12

miércoles, 5 de marzo de 2014

Venezuela Macroeconomic Outlook

Venezuela Macroeconomic Outlook: A summary on the main statistics of the Venezuelan economy, the Hugo Chavez poignant legacy, and the root of the massive protests taking place in Venezuela rightnow

La guarimba party

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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 5 de marzo de 2014  12:00 AM
José Ignacio Cabrujas solía decir que el rol de un articulista no era el de recoger en un conjunto de frases "¡eso mismo en lo que yo estaba pensando, pero no hallaba cómo decirlo!". No. Se trataba, en palabras de Cabrujas, de "ser capaz de pellizcar a esa sociedad". En este caso, se trata precisamente de eso. Ya no digamos a "la sociedad", porque quienes leen este periódico no representan a la sociedad en su sentido más amplio; pero sí de pellizcar a ese segmento de la sociedad que lo lee. Sospecho que guarda una relación cercana, que comparte un plano significativo con el espectro al que me quiero dirigir.

Entiendo que la oposición está lidiando con un régimen dictatorial. Entiendo que hay al menos quince muertos, muchos de los cuales han caído con una bala en la cabeza. Entiendo también que mientras eso ocurre, los canales de televisión privados se entretienen en programas de cocina, peluquería y novelas. Entiendo que la mayoría de los poderes públicos tienen sus períodos vencidos. Ahora bien, eso no convierte cualquier cosa que se nos ocurra hacer en contra de ese sistema en efectiva, ni tan siquiera en algo que valga la pena hacer. Muchos parten de la premisa de que "al menos estamos haciendo algo", como si hacer algo fuese necesariamente siempre mejor que nada. No es así.

La guarimba, esa extraña práctica a través de la cual un opositor le tranca la calle a otro que tiene la misma orientación política que él, y en el proceso se neutralizan ambos, no le trae nada bueno a la oposición. No se trata de hacérselo más fácil a ellos, sino de administrar nuestras fuerzas y nuestros recursos, que tampoco es que nos sobren. Hay que ser capaz de separar las cosas en matices, no sólo en blanco y negro, sirve o no sirve, y escoger la mejor acción. Una cosa es protestar, y otra cosa es guarimbear.

Los guarimberos son algo así como el Tea Party de Estados Unidos. Convencidos de su propia virtud, acaso también de su falta de efectividad, siempre dispuestos a arrastrar al fracaso a su partido para hacer valer sus principios. Hay una suerte de desesperación, de propensión a la auto-derrota, de la que no somos capaces de librarnos. A muy pocos de los que andan en eso, o de los que defienden esa práctica, se les ocurre pensar que alguien pudiera no estar de acuerdo. Para ellos "es el pueblo", sus compañeros de urbanización. Hacen citas vagas de la situación en Lídice, o en algún barrio próximo de reciente referencia, sin demasiada convicción, siempre a la carrera.

Y sin embargo, he aquí que, tras varias semanas de guarimba, empiezan a aparecer los primeros signos de agotamiento en la población, esa sí, en toda su extensión. La violencia le ha dado una oportunidad al gobierno de asociar el caos económico a las trancas de calles y avenidas a lo largo del país. Es una apuesta relativamente sencilla, que no requiere de mayores habilidades de venta. Mientras el caos se acentúa, se le hace más difícil al gobierno, sí, pero también se desprestigia la oposición. Es como si ambos viniesen cayendo de un terraplén, a ratos a velocidades diferentes. Si eso es así, la oposición debería tratar de aprovechar la menor oportunidad que tienda el gobierno o la comunidad internacional para armar una mediación, con actores locales e internacionales. Mujica lo ha ofrecido recientemente. Si no lo consigue pronto, lo que vamos a presenciar es una suerte de carrera suicida: Si cae primero el gobierno; o si se sostiene, y la oposición termina de perder el terreno ganado en estos últimos años.

Quienes se inclinan por la opción del golpe, que no son pocos y cada vez son más violentos, creen que quienes lo den nos van a llamar por teléfono al día siguiente. No se han paseado por la experiencia de Egipto, en donde celebraron la caída de Morsi y ahora sufren un régimen militar sin ninguna posibilidad de elecciones libres a la vista.

Son pensamientos sueltos, inconexos. A fin de cuentas, nuestra realidad, en la medida en que la vivimos, es también inconexa, la percibimos a trozos incompletos, en rápida sucesión. En esta circunstancia, cualquier pretensión de conocimiento absolutista es apenas una muestra de ignorancia. La oposición ha venido convergiendo hacia un set concreto de peticiones, ha venido abandonando la renuncia y la caída como precondición. En ese sentido, hemos progresado. Pero también es verdad que los llamados de los líderes a contener la guarimba, la violencia, ha sido ignorado por los más extremistas. Son un grupo pequeño, pero en el mundo de hoy muy pocos son capaces de generar caos y dar al traste con el esfuerzo de muchos. 

@miguelsantos12