domingo, 28 de octubre de 2007

Pico y placa como una estrategia de racionamiento


A muy pocos se les ha ocurrido pensar en el programa pico-y-placa como una estrategia de racionamiento. En ese mercado, los vehículos equivalen al dinero, y el espacio físico por donde circulan es el bien que se persigue con el dinero. En los últimos tres años el número de vehículos creció exponencialmente, mientras el espacio por donde circulan se mantiene. Ese divorcio evidente entre las tasas de crecimiento de vehículos y vías ha provocado ese caos en el que todos los días se nos escapa un pedazo de vida, sentados, inmóviles, con las manos al volante. Todo un colosal shock de productividad al que se le presta muy poca atención en un país muy poco preocupado por producir.

Si utilizar las vías de circulación tuviese un precio más tangible, hubiese crecido lo suficiente como para regular la demanda y reestablecer cierto equilibrio. Pero no ocurre así. El precio de utilizar las vías públicas está diluido entre la renta petrolera y una complicada estructura de impuestos, no disminuye si las uso menos. Por otra parte, el precio la gasolina venezolana, acaso lo único que se paga por circular, es el más bajo del mundo (125 bolívares no-fuertes por litro).

Sin el mecanismo de precios no hay otra forma de atacar el problema que regular el consumo, racionarlo a cuatro días por semana. De manera que ahora tener carro, no necesariamente equivale a poder circular.

Esa misma lógica está operando en otros mercados. Ya tener dinero no equivale a tener bienes. El gobierno fijó algunos precios hace ya algún tiempo, dando al traste con la única herramienta transmisora de información que teníamos a mano para intentar alcanzar el equilibrio. Hoy en día ese conjunto de precios, allí en donde todavía se consiguen esos bienes, está entre 50% y 80% por encima del precio regulado.

A partir de aquí hay varios caminos posibles. A diferencia de las calles, avenidas y autopistas que tanta falta hacen, otros bienes sí se pueden importar. El gobierno puede mantener los precios regulados, terminar de ahogar a los productores nacionales, mientas continúa pagándole a los extranjeros el precio que aquél mercado haya fijado para esos bienes. Esta política tiene sus límites: La renta petrolera es grande, pero no alcanza para importar nuestro consumo total y menos aún para emplear a los doce millones de venezolanos en edad y disposición de trabajar.

Otra alternativa sería flexibilizar el control, o más aún liberar los precios, a la manera de Pérez en 1989. Según está versión, en las hojitas de cálculo de los técnicos del BCV aparecerían los precios reales de las cosas, y se reconocería institucionalmente la inflación represada que hoy ya subyace la economía venezolana. En contrapartida, se recuperaría la producción nacional, y acaso también el empleo, y se reduciría en algo la dependencia de las importaciones.

La última posibilidad equivale al pico-y-placa del mercado de bienes: El gobierno sustituye al mecanismo de precios como determinante del consumo, restringiendo lo que se puede demandar de ciertos bienes a través de una libreta del racionamiento. Algo así como los cuatro días por semana, pero eso sí, en leche, café, carne, pollo, y azúcar. Una vez aquí, no hay salida fácil.

Para El Universal, 26/10/2007

2 comentarios:

JuanK dijo...

PICO Y PLACA NACIONAL: ¿CUANTO NOS CUESTA?

El proyecto de ley presentado por el H.R. Felipe Fabián Orozco podría, de ser aprobado, convertirse en un duro golpe a las finanzas de quienes obtienen sus ingresos por cuenta de la venta de bienes y servicios para automóviles y automovilistas y un verdadero zarpazo –otro más– para la economía de estos últimos. Vale la pena leer más allá del encabezado que dice: “Por el cual se regula la restricción vehicular o “pico y placa” en las vías públicas de Colombia, se adopta la Tabla Única Nacional de Restricción Vehicular y se dictan otras disposiciones” Este proyecto ya pasó el primer debate.

De la venta de bienes y servicios para automóviles y automovilistas obtienen ingresos significativos, para mencionar solo unos pocos sectores, las compañías de seguros, las estaciones de servicio, los fabricantes e importadores de llantas, lubricantes, repuestos, los almacenes del ramo y el mismo fisco, mientras un grueso número de familias derivan su sustento, directa o indirectamente de los automóviles, razones por las cuales las medidas tendientes a restringir el uso de los carros particulares deben ser cuidadosamente ponderadas.

Esa ponderación podría lograrse si atendiendo a un principio de elemental equidad se reducen los impuestos y costos por poseer o utilizar un carro particular proporcionalmente a la cantidad de tiempo que esté prohibido utilizarlo, de esa manera habría un esfuerzo compartido entre los ciudadanos y el Estado para la solución de los problemas planteados por la circulación de vehículos, evitando que medidas fáciles e inmediatistas se impongan sobre otras probablemente más difíciles y de implementación más costosa pero más efectivas e inteligentes.

Entre las propuestas presentadas en épocas recientes está la de cobrar los impuestos a través del costo por galón de combustible, siempre y cuando, claro está, la calidad esté acorde con los precios, tema en el cual parece que se ha avanzado algo. Un proyecto ya aprobado, que espera sanción presidencial para comenzar su aplicación, establece que en Bogotá, el diésel que utilicen los sistemas de transporte masivo deberá contener 500 ppm (partes por millón) a partir del primero de julio de 2008 y a partir del primero de enero de 2010, 50 ppm, acorde con los estándares internacionales, lo que es apenas razonable pues si los precios son internacionales la calidad también debería serlo; esos mismos estándares deben ser aplicados en el resto del país, no solamente en Bogotá, lo que permitiría resolver un par de las preocupaciones del H. R. Orozco, como la contaminación ambiental de una parte y la movilidad, por la vía del costo por kilómetro recorrido, sin necesidad de instalar peajes internos ni de acosar a quienes teniendo sus carros matriculados en una ciudad circulan en otra ya que la sobretasa y demás arandelas se quedarían e invertirían donde se compre el combustible.

El mantenimiento adecuado de las vías y carreteras sería de gran ayuda para reducir las cifras de accidentalidad, preocupantes sin duda, pero no siempre ligadas a fallas mecánicas o humanas a no ser que puedan calificarse como tales el olvidar o desconocer donde están y de que profundidad son los cráteres que adornan la bien llamada malla vial, por la cantidad de huecos que tiene.

Existen otras opciones: ¿porque no modificar los horarios ya sea de algunas zonas de las ciudades, de colegios, universidades o industrias para que no coincidan los horarios de entrada y salida de grandes grupos de personas y vehículos? De este modo se resolvería lo que el H. R. señala: “Sin duda, el problema no es que mucha gente tenga automóvil, sino que mucha gente lo use en los sitios y en las horas más congestionados. Por eso, la política necesaria, más que restringir la propiedad del parque automotor, es enfocarse en restringir su uso en los sitios y horas pico o de congestión vehicular.”

El teletrabajo y el teleestudio durante uno o dos días a la semana son también opciones que vale la pena examinar. Una buena parte de estas tareas pueden desarrollarse utilizando tecnología que ya está a nuestra disposición, ni siquiera tendríamos que inventar nada, solo realizar un pequeño esfuerzo para cambiar de mentalidad y adquirir disciplina. Esto si que representaría un avance real, fantástico, en términos de calidad de vida, de disponibilidad de tiempo, de ahorro de combustible, de movilidad y de reducción de la contaminación, sin apelar al estrangulamiento económico de sectores y personas, sobre todo de estás últimas que son, con los automovilistas, el eslabón más débil, por el que es más fácil “resolver el problema.” Nadie diría que son medidas fáciles de implementar o exentas de traumatismos y tropiezos, pero sería un buen principio para buscar soluciones de fondo y distintas al garrote.

Resulta claro que basar la movilidad de una ciudad en el automóvil particular es impracticable, que se requiere un sistema de transporte masivo digno, suficiente y a un costo razonable para que un número significativo de automovilistas empiece a utilizar el transporte público, que quienes utilizamos automóvil debemos estar dispuestos a sacrificar algo de comodidad en aras de una ciudad y un ambiente mejores, pero, repito, no es por la vía del facilismo y de la asfixia económica barnizadas de verde como esto se logrará, se necesitan opciones, concientización y educación.

Si como afirma el proyecto, mientras el Estado y los particulares construyen un promedio de un kilómetro de carretera cada 5 días, los concesionarios venden 3 kilómetros de carros en 24 horas, ¿Por qué no se restringe entonces la venta de automóviles?

Que se regule la restricción vehicular o “pico y placa” en las vías públicas de Colombia y se adopte la Tabla Única Nacional de Restricción Vehicular si es una medida que debería implementarse de inmediato a ver si los agentes de tránsito se dedican a organizar el tráfico y a prevenir, que debería ser su función, no a cazar despistados y sancionar como viene ocurriendo.

Puede consultar el texto del proyecto en la página: http://felipefabianorozcovivas.com/

Fernando Márquez
Sociedad Colombiana de Automovilistas
Director Ejecutivo
http://www.sca.com.co/

martinjaramillo dijo...

Ya existen modernos, novedosos e inteligentes sistemas de transporte público masivo limpio, para solucionar los problemas de congestión y contaminación en las grandes ciudades, y son más económicos y eficientes que los sistemas convencionales.
Las medidas restrictivas como el "pico y placa" son incapacidad administrativa.
A nivel del piso no es posible solucionar los problemas de la congestión vehícular.
Consultar: http://www.sistracsa.com/presentacion.doc
E- mail: martinjaramilloperez@gmail.com
tranxrail@gmail.com