jueves, 29 de noviembre de 2007

NO hay hay razon para NO votar

Hay tantas razones para votar el domingo que alcanzan para casi todos los motivos. Para quienes votar es una decisión puramente utilitaria, es decir, “yo voto si existe algún chance de ganar”, esta es acaso la mejor oportunidad que se haya presentado, no sólo en los últimos diez años, sino también en los años por venir. A pesar de la abstención esperada, que continúa reduciéndose, ésta será una elección bastante más cerrada a lo que estamos acostumbrados.

Para quienes votar representa el ejercicio de un derecho constitucional, un acto que reafirma la condición de ciudadano por encima de la de mero habitante, el domingo habrá una nueva oportunidad, no sólo para ejercer el derecho del voto, sino para contribuir activamente a defenderlo. Quienes se abstienen porque piensan que no existe garantía de que su voto sea respetado, se olvidan de que la defensa del voto en esencia recae sobre quien lo ejerce, y que existen mecanismos suficientes como para que todos aquellos con la convicción y el deseo de defender su voto puedan hacerlo. Sí, está Jorge Rodríguez, y sí, en diciembre, una vez que se comunicaron los resultados, el árbitro salió a celebrar con el ganador sin ningún pudor. El gobierno controla una fracción del proceso, pero no todo. De controlarlo todo, no se habría dudado en introducir una elección artículo por artículo.

Para quienes han crecido con el deseo de participar e intervenir en el gobierno del país, para quienes se han preparado a conciencia, para todos aquellos que desean sentir en alguna medida que el destino de la patria depende de la voluntad de sus ciudadanos, el domingo representa una oportunidad de mantener esa puerta abierta. Más allá de los detalles legales, lo que se nos está sugiriendo es que la mayoría de nuestros problemas cotidianos ocurren porque no se ha concentrado suficiente poder en la figura del Presidente. En consecuencia, se nos propone entronizar al “hombre fuerte”, al “hombre capaz de hacer el trabajo”. Todo sustentado en el supuesto de que la falta de empleo, de seguridad, o para ser más específicos, la falta de leche, de carne, de pollo, o de azúcar, se solucionará otorgando al Presidente poderes plenipotenciarios.

En la escuela primaria los curas solían alentarnos a ir a misa los domingos argumentando que dos horas a la semana era “lo único que nos pedía el Señor”. A mí, con la mezquindad que caracteriza la niñez (y que en algunos de nosotros también se presenta en la asombrada hora de la adultez), esas dos horas -en pleno domingo- me parecían algo así como mucho. Además, no se percibía una conexión inmediata entre la no asistencia y la vida cotidiana. Ahora no es igual. Con el perdón de la iglesia, las consecuencias de no acudir este domingo podrían ser mucho más directas, inmediatas y terrenales. El país nos está reclamando un día, a cambio de la posibilidad de amanecer el lunes en un lugar completamente distinto a aquél en donde nos acostamos a dormir el sábado.

Hay un argumento de quienes prefieren abstenerse que merece alguna consideración: Votar el domingo, en el fondo, representa una enorme demostración de ingenuidad. Quizás sea así. Pero ingenuidades así a veces alcanzan para salvar un país.

Para El Universal, 30/11/2007