domingo, 28 de octubre de 2007

Conversaciones entre Philip Roth e Iván Klima: Sobre censura y autocensura

Algo en estos días me condujo de vuelta a la entrevista que en 1990 realizó Philip Roth al escritor checo Iván Klíma (El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, Seix Barral, 2003). No tengo del todo claro el por qué, la leí hace algunos años y por estos días me sobrevino una inclinación, mezcla de vaga impresión y urgencia cierta, de regresar allí. Viéndolo en retrospectiva, creo que estaba buscando matices de censura y autocensura. Trataba de saber más tanto de las formas bajo las cuales han sobrevivido quienes han estado sometidos a la censura oficial; como de los mecanismos que conducen a que un sector de la sociedad decida imponerse unas restricciones acaso más fuertes que las que el propio régimen exige.

No creo que haga falta abundar en el por qué, de censuras y autocensuras la realidad venezolana nos ha aprovisionado a manos llenas: Las empresas que prohiben a sus empleados participar en eventos públicos, los cambios de logotipos que gradualmente incorporan el anaranjado (que en términos de colorimetría debe ser algo así como: “aún no estoy allá, pero voy en camino”), la salida al campo de entrenamientos de los flamantes Leones del Caracas ataviados de rojo intenso.

Confieso que no tengo cómo juzgar a quienes proceden así, que no tengo respuesta a cómo se debe (sobre) vivir en un régimen así. Por esa razón creo que volví a la entrevista con Iván Klíma. Muchas obras del escritor vieron luz durante la ocupación de Checoslovaquia, gracias al samizdat, la publicación subrepticia de obras literarias de muy bajo tiraje. El pasaje más revelador es aquél en donde reflexiona sobre los escritores que aceptaron ser publicados por el régimen sometiéndose a la censura oficial: “Los cambios que la censura obligó a hacer son, desde el punto de vista de la obra, monstruosos en todo el sentido de la palabra. Pero peor aún, sin embargo, fue el hecho de que muchos escritores tuvieran en cuenta la censura a priori, deformando su obra y, en consecuencia, deformando su propia personalidad”.

Exponer nuestro trabajo honesto ante la censura al menos tiene el beneficio de que las pocas partes que le puedan sobrevivir serán genuinas. La autocensura equivale a la negación de sí mismo, a mutilar nuestra actividad, cualquiera que ésta sea, despojándola de todo carácter, un ejercicio que puede llegar a ser más atroz que la propia censura.

Estoy consciente de que este pasaje tiene más vigencia cuando se trata del arte, no alcanza para describir la naturaleza de la autocensura que muchos se imponen para poder sobrevivir económicamente, para mantener sus empresas a flote, y menos aún la de quienes se des-personalizan sin ningún pudor, con el único objetivo de hacer dinero. Buscaba una respuesta más personal, menos colectiva, menos amplia.

Por lo demás, la entrevista está llena de narraciones de episodios reconfortantes (las carcajadas sinceras que provoca la repetición de los discursos del antiguo régimen, el empleo primitivo de la lengua, “las frases deplorablemente enrevesadas”). Toda la conversación de Roth con Klíma destila una cierta sabiduría que a cada uno puede ayudar a construir su propia estructura de supervivencia, su propia respuesta al cómo-debo-vivir.

Para El Universal, 19/10/2007

Pico y placa como una estrategia de racionamiento


A muy pocos se les ha ocurrido pensar en el programa pico-y-placa como una estrategia de racionamiento. En ese mercado, los vehículos equivalen al dinero, y el espacio físico por donde circulan es el bien que se persigue con el dinero. En los últimos tres años el número de vehículos creció exponencialmente, mientras el espacio por donde circulan se mantiene. Ese divorcio evidente entre las tasas de crecimiento de vehículos y vías ha provocado ese caos en el que todos los días se nos escapa un pedazo de vida, sentados, inmóviles, con las manos al volante. Todo un colosal shock de productividad al que se le presta muy poca atención en un país muy poco preocupado por producir.

Si utilizar las vías de circulación tuviese un precio más tangible, hubiese crecido lo suficiente como para regular la demanda y reestablecer cierto equilibrio. Pero no ocurre así. El precio de utilizar las vías públicas está diluido entre la renta petrolera y una complicada estructura de impuestos, no disminuye si las uso menos. Por otra parte, el precio la gasolina venezolana, acaso lo único que se paga por circular, es el más bajo del mundo (125 bolívares no-fuertes por litro).

Sin el mecanismo de precios no hay otra forma de atacar el problema que regular el consumo, racionarlo a cuatro días por semana. De manera que ahora tener carro, no necesariamente equivale a poder circular.

Esa misma lógica está operando en otros mercados. Ya tener dinero no equivale a tener bienes. El gobierno fijó algunos precios hace ya algún tiempo, dando al traste con la única herramienta transmisora de información que teníamos a mano para intentar alcanzar el equilibrio. Hoy en día ese conjunto de precios, allí en donde todavía se consiguen esos bienes, está entre 50% y 80% por encima del precio regulado.

A partir de aquí hay varios caminos posibles. A diferencia de las calles, avenidas y autopistas que tanta falta hacen, otros bienes sí se pueden importar. El gobierno puede mantener los precios regulados, terminar de ahogar a los productores nacionales, mientas continúa pagándole a los extranjeros el precio que aquél mercado haya fijado para esos bienes. Esta política tiene sus límites: La renta petrolera es grande, pero no alcanza para importar nuestro consumo total y menos aún para emplear a los doce millones de venezolanos en edad y disposición de trabajar.

Otra alternativa sería flexibilizar el control, o más aún liberar los precios, a la manera de Pérez en 1989. Según está versión, en las hojitas de cálculo de los técnicos del BCV aparecerían los precios reales de las cosas, y se reconocería institucionalmente la inflación represada que hoy ya subyace la economía venezolana. En contrapartida, se recuperaría la producción nacional, y acaso también el empleo, y se reduciría en algo la dependencia de las importaciones.

La última posibilidad equivale al pico-y-placa del mercado de bienes: El gobierno sustituye al mecanismo de precios como determinante del consumo, restringiendo lo que se puede demandar de ciertos bienes a través de una libreta del racionamiento. Algo así como los cuatro días por semana, pero eso sí, en leche, café, carne, pollo, y azúcar. Una vez aquí, no hay salida fácil.

Para El Universal, 26/10/2007