viernes, 18 de enero de 2008

Peajes y rondas de pensamiento

Hay un episodio en La Lentitud, de Milan Kundera, en el que un político y un intelectual almuerzan con un grupo de enfermos de SIDA. Al finalizar el encuentro, el político se adelanta y ante las cámaras de TV besa a un enfermo en la boca. El intelectual es cogido por sorpresa, en una primera ronda de pensamiento reflexiona intensamente si también él debería inclinarse a besar a uno de los enfermos. En una segunda fase rechaza esa tentación, no está seguro de que el contacto no sea causa de contagio. En la tercera ronda decide sobreponerse a su circunspección, pero en una cuarta vuelta se da cuenta de que ya es tarde, ha pasado demasiado tiempo, su gesto ya jamás será percibido como solidario, será rebajado al nivel de imitador, de seguidor, lo que añadirá aún más brío al glorioso momento del político.

Esa capacidad para sobrevolar alrededor de ciertos temas mediante sucesivas rondas de pensamiento es una de las características que identifica a los intelectuales. El ejemplo de Berck, el intelectual de la escena de Kundera, llega hasta el límite de la parálisis; el pensamiento, el recuerdo, son por definición opuestos a la reacción inmediata, oportuna. Ese es un extremo, está bien, pero nosotros esta semana hemos sido testigos del otro extremo.

El Presidente ha decidido que hay que cerrar los peajes, porque si no, él mismo va y los tumba. El primer chispazo, el mero roce de dos neuronas ha producido, una mañana cualquiera, nueve años después, el impulso de cerrar los peajes de la Autopista Regional del Centro. Eso no pasa por ningún tamiz, eso no atraviesa ningún filtro, no se generan, como en el caso del intelectual de Kundera, sucesivas rondas de pensamiento.

No se consideró quiénes eran los afectados, qué alternativas había, no se dispuso una mesa redonda para discutir con las autoridades competentes. Nadie se hizo la pregunta de cómo se ha resuelto este problema en otros países, quién ha investigado sobre eso en Venezuela, cuál ha sido nuestra experiencia en la administración de autopistas. No. El Presidente pensó que identificar el problema bastaba. A partir de allí, ya se trata de voluntad. Así, 541 trabajadores directos en La Cabrera (desconozco la cifra en Guacara) quedaron en la calle, sin programa, sin alternativa, sin Plan B.

Este episodio contiene la quintaesencia de la forma en que el gobierno piensa que puede solucionar nuestros problemas. No hay rondas sucesivas de pensamiento. Es decir, el control de precios (o la moneda nueva) frenará los precios, acabará con la inflación. Sólo se requiere un buen aparato policial. A nadie se le ocurre, no se da lugar a una segunda ronda de pensamiento que sugiera, según nuestra propia experiencia, que esos controles van a provocar un desabastecimiento severo y una inflación todavía mayor. Para cuando la experiencia ilumina la herrumbrosa estructura neurálgica de nuestros agentes, ya la inflación totaliza 23%, con alimentos, a pesar de los controles y las importaciones, en 31%. La idea no es que el análisis nos paralice a la manera de Berck, pero cónchale, de allí a no ser capaz de mover siquiera una tuerquita de esa segunda ronda de pensamiento, hay un abismo.

Para El Universal, 18/11/2008