miércoles, 16 de abril de 2008

La tragedia como estrategia de cambio (versión ampliada)

La derrota electoral en diciembre, la pérdida de favor popular, y la inminencia de las elecciones de gobernadores y alcaldes, han provocado en el gobierno y en el país una especie de síndrome de China y las Olimpíadas. Es decir, todo el mundo está aprovechando la enorme apuesta que he hecho el gobierno (las Olimpíadas, como certificado de país civilizado) para intensificar sus demandas y ejercer presión, chantajeándolo, allá con el desorden, la exposición y el boicot internacional, aquí con una nueva derrota electoral. Y el gobierno (el de aquí) ha ido haciendo concesiones, la mayoría de las cuales no traerán consigo nada bueno en el futuro cercano. Dejarse encantar por el argumento de los líderes sindicales de SIDOR (“la revolución se está debilitando, un gobierno obrero jamás permitiría esta situación”), es una pésima señal de lo que está por venir. Para los demás trabajadores, un estímulo, para los empresarios, otra advertencia. La misma narrativa de la estatización de las empresas cementeras, buscando un chivo expiatorio al enorme fracaso de la política de vivienda del gobierno. En cola están las grandes procesadoras de alimentos. De nada sirve argumentar que la propia situación del país ha provocado el cierre de minas de arena y la quiebra del agro; poniendo a ambas industrias a depender de CADIVI para importar insumos que antes se producían aquí. El gobierno no es capaz de construir nada, es más fácil ocupar, transferir, expropiar, y, en última instancia, destruir.

El país entero continúa observando impávido ese proceso gradual de destrucción, a veces institucional, pero también física. Son volúmenes de producción, capacidades, puestos de trabajo. Esa misma escasez de criterio y capacidad de ejecución que los mantiene lejos del proceso creativo y de las nuevas ideas, terminará con acabar también con lo expropiado.

A uno le urge, como ciudadano, una respuesta individual ante toda esa destrucción. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué se puede salvar? ¿Qué depende de mí? ¿Será que se pueden salvar, salvaguardar de la destrucción, ciertas parcelas que podrían luego ser esenciales para la reconstrucción? La respuesta no es fácil. A ratos uno siente que predomina más la peligrosa idea de la destrucción, como mecanismo catalizador del cambio. El “déjalo que se estrelle”. El fin de Mugabe propiciado por la inflación de 20.000%.

Quizás ese es uno de los rasgos esenciales de nuestra cultura, entendida por cultura todo aquello que nos urge en la vida; ese dejar que las situaciones de crisis se prolonguen ex profeso, es más, estimularlas y aún empujarlas hasta límites insostenibles con la convicción de que es el único camino posible hacia el cambio, sin tener idea de cómo haremos al llegar allí, pero siempre con la ingenua certeza de que una vez allí, saldremos adelante. La improvisación venezolana tan característica del Falke, el entusiasmo, la tragedia como formas de vivir.

Ese es nuestro estilo como sociedad, esa es nuestra manera de hacer las cosas. Visto así, Venezuela no necesita tragedias, nosotros como sociedad promovemos nuestras propias tragedias. En las tragedias griegas, los protagonistas han llegado a una situación en la que se han quedado sin viento (anemoi), sin movimiento. Se llega a una situación de estancamiento. Por eso suele haber tantos barcos varados, tantas tripulaciones esperando en las orillas para zarpar. Les falta el viento. No hay manera de moverse hacia el cambio. Hay una especie de dejadez colectiva, acaso también de temor, de inseguridad. Entonces ocurre la tragedia. Llega para sacudir, para arrojar a los personajes lejos de la situación actual, para lanzarlos hacia el dolor que están tratando de evitar, pero que los mantiene estancados, y catapultarlos hacia un nuevo escenario. En este sentido, la tragedia griega hace las veces de catalizador del cambio que los hombres no son capaces de promover.

Nosotros no. Nosotros vamos haciendo posible la entrada en escena de diferentes escenarios trágicos e insostenibles, con la esperanza de que produzca esa ruptura, nos devuelva el aire y nos conduzca a un nuevo estadio.