viernes, 25 de abril de 2008

Las dificultades de administrar la abundancia

Hay una especie de desconcierto general. Por primera vez el barril de petróleo venezolano ha superado los cien dólares, pero aquí abajo las cosas no están mejor. Tener dinero ya no equivale a comprar bienes, de la misma forma en que tener carro ya no significa que podemos circular. Esa escena mental en la que salimos a la calle y todo el tráfico se ha detenido, los autobuses, los automóviles, a ratos también el tiempo, es más que una metáfora. Esa sensación de deterioro gradual, de caos, contrasta con la afluencia petrolera. ¿Qué sucede?

La estructura, lo esencial
El precio promedio del barril de petróleo venezolano pasó de 16 dólares (1999) a 91 dólares (primer trimestre 2008). Nuestra producción petrolera ha caído, 14% según el Banco Central de Venezuela (BCV) y más del doble de esa cifra según fuentes internacionales, pero de todas maneras el balance de ingresos es muy favorable. Con base en esa renta el gobierno lanzó un programa de aumento de gasto público que totalizó 510% en siete años (2000-2007, sin incluir el gasto de PDVSA), mientras la inflación registrada en ese período fue de 324%. Ese enorme impulso real de demanda cayó en un país en donde la inversión privada se estancó hace treinta años. En el pasado, con la capacidad instalada prácticamente fija, el aparato industrial operó con holguras durante épocas de bajos precios petroleros, y a capacidad plena en épocas de bonanza. Los vaivenes del precio del petróleo, con periodicidad aproximada de cuatro a cinco años, se encargaban de regular esos niveles de aprovechamiento de capacidad. Esta vez ha sido distinto.

Tras caer en el año 2002 de 26 a 20 dólares por barril, el petróleo venezolano no ha parado de subir. En aquél entonces, los altos porcentajes de capacidad ociosa abonaron el terreno para una estrategia keynesiana (alto gasto público, bajas tasas de interés). Así crecimos a tasas muy elevadas por cuatro años consecutivos, sin invertir. Arremeter contra el sector privado sólo ha servido para acentuar aquella baja propensión a invertir que se inauguró con la década de los años ochenta. Ahora la mayoría de las industrias que aún sobreviven se encuentran trabajando a plena capacidad. Si se mantienen los empujes de demanda vía gasto público, el resultado será cada vez menos crecimiento y más inflación. En los últimos tres años el crecimiento fue de 10%, 10% y 8% (6% el primer trimestre 2008), mientras la inflación fue 14%, 17% y 23% (29% anualizada a marzo 2008).

La inflación es clasista
Esa aceleración de la inflación trae consigo enormes problemas de redistribución. Después de todo, si los precios subieran al mismo ritmo que los ingresos, la inflación no sería más que un cine en donde todo el mundo se levantó para ver mejor, para terminar viendo lo mismo (pero más incómodos). El problema está en que en nuestro cine, cuando todos se levantan, hay un sector de la población que no tiene cómo mantener su línea de vista. La inflación para una sociedad sólo es importante en la medida en que afecta de forma distinta a sus diferentes estratos. La inflación hace una clara distinción, transfiere riqueza de una clase a otra. Otorga beneficios al gobierno (como dueño del monopolio del dinero) y a los deudores comprometidos a tasa fija o subsidiada, que a su vez extrae del bolsillo de las clases sin capacidad de ahorro, que consumen la mayor parte de su presupuesto mensual en alimentos, el rubro de mayor inflación de nuestra economía (44% en los últimos doce meses, con todo y los controles de precios y las importaciones). Por eso Keynes escribió que “el desempleo, la vida precaria del trabajador, la decepción, la pérdida de valor en los ahorros, las ganancias excesivas repentinas de ciertos individuos, el especulador, todos provienen, en buena medida, de la inestabilidad en el valor del dinero… los cambios en los precios llegan para garantizar afluencia aquí y vergüenza allá”.

La ciencia económica cuenta con muchos tipos de modelos de crecimiento, la clave está en saber cuándo un modelo es adecuado y cuándo no. A partir de ahora es evidente que, si no se recupera la inversión privada, el país no sólo no podrá seguir creciendo a las tasas a las que lo venía haciendo, sino que la presión inflacionaria será cada vez mayor. La estrategia keynesiana que se aplicó casi sin saber (pero comportándose como si se supiera, como decía Paul Samuelson) está agotada.

A partir de ahora, o el gobierno consigue reestablecer la confianza en el sector privado y reactivar la inversión (parece demasiado tarde para reinventarse) o continúa con la larga cadena de malabarismos que viene haciendo con la creciente bonanza petrolera.

La coyuntura, los malabarismos
Durante los últimos cuatro años el volumen de producción (PIB) ha crecido un total de 54%, pero el volumen de consumo ha crecido 99%. La única manera en que un país puede aumentar su consumo más allá de la producción es a través de las importaciones: Entre 2003 y 2007 las importaciones pasaron de 10.483 a 45.463 millones de dólares, un crecimiento equivalente anual de 44%, que totaliza 334% en esos cuatro años.

Esa estrategia ha servido también como política anti-inflacionaria. Después de tres años sin devaluar, las importaciones han terminado por ahogar a los productores venezolanos de bienes exportables. Irónicamente, ese pequeño sector era una de las pocas posibilidades que teníamos a mediano plazo de diversificar nuestras exportaciones más allá del petróleo. Al cierre del año pasado, las exportaciones petroleras representaban 94% del total, mientras las importaciones no-petroleras alcanzaron 90% del total. Es decir, toda una manera de vivir, más allá de las posibilidades de nuestras capacidades de producción, expresadas en esas dos cifras. No sólo las importaciones ayudan a drenar los bolívares ociosos de la economía venezolana, sino también las salidas de capitales que se han producido con todo y los controles. Ahora los malabarismos han alcanzado su clímax, con la liquidación de dólares desde FONDEN directamente a los importadores, a una tasa 50% mayor a la tasa “oficial” (que cada vez es menos oficial).

Más allá de los malabarismos, no hay forma de promover el crecimiento y el desarrollo sin promover también un ambiente más propenso para la inversión privada. El gobierno no tiene ni la capacidad, ni el conocimiento, ni el dinero para invertir en las magnitudes que el país necesita para crecer de forma sostenida. Los siete dólares diarios por habitante que nos tocan si repartimos las exportaciones petroleras no dan para tanto.

Sin una recuperación sostenida de la inversión, la tasa de crecimiento volverá al 1,5% registrado entre 1980-2000. No tiene sentido agregarle trabajadores a una planta física fija, la productividad cada vez es menor, y en el largo plazo el vínculo entre productividad y salario promedio es imposible de deshacer. Sin mayor empleo productivo, no habrá manera de salir de la trampa de la pobreza. En ese escenario de deterioro gradual, es posible que el consumo siga creciendo algo más que la producción. Mientras el petróleo lo permita.

Para El Universal, 25/04/2008