sábado, 5 de abril de 2008

Sí, yo oí ese libro

Hace dos décadas los libros en audio (audio books) eran un espacio reservado para los cuentos infantiles (se suponía que sólo a los niños les gustaba que les leyeran cuentos) y los discursos o memorias de personajes históricos (voces ya irrecuperables, no es lo mismo leer a Winston Churchill, que escuchar la compilación que hizo Harper Collins en 1965, Churchill in his own voice). Permanecieron por mucho tiempo así, hasta que la llegada del movimiento de auto-ayuda les dio un nuevo impulso (nada como escuchar una voz para sentirnos en compañía). Hoy en día ya se puede conseguir casi cualquier cosa en audio. De los 75-80 libros que Stephen King devora por año, diez o doce son libros en audio (según On writing, también disponible en su propia voz).

Siendo optimista, todos habremos de pasar un promedio de cinco años de nuestra vida en el carro, sesenta años manejando, dos horas diarias. Si en lugar de dos son tres, serán siete años y medio de tráfico, equivalentes a una carrera universitaria y dos maestrías. Aunque nadie está dispuesto a otorgarnos un certificado por escuchar libros en audio, la modalidad nos permite aprovechar mejor el tiempo, conocer más (a veces de la boca de los propios autores), y prevenir el envenenamiento vía radio.

Por ahora la mayoría de las publicaciones sólo están disponibles en inglés. Sólo hace falta, además de manejar ese idioma, navegar a través de www.audible.com o www.audiobooks, tener un iPOD barato, y algunos dólares electrónicos del cupo que nos concede la revolución. Siempre es mejor inclinarse por versiones no resumidas (unabridged) y narradas por el propio autor. La velocidad que separa la publicación en físico del audio cada vez es menor; por ejemplo, ya está disponible el extraordinario Reconciliation: Islam, Democracy and the West, publicado de forma póstuma por Benazir Bhutto (Febrero, 2008). También está allí The Age of Turbulence, de Alan Greenspan, con sus impresiones sobre la economía mundial, Chávez, y su sorpresa e incredulidad ante la baja inflación de los países petroleros a pesar del enorme crecimiento en la cantidad de dinero. Esto no durará para siempre. Al menos eso me dice Alan.

Para El Universal, 06/04/2008