miércoles, 21 de mayo de 2008

El libre comercio como panacea

Nuestra política comercial es un accidente, una consecuencia de otras políticas más urgentes, más visibles, no es el resultado de una estrategia bien pensada para promover el progreso. Es un tema que, por ser áspero para el ciudadano común, se suele manipular con una asombrosa simpleza, una especie de comodín que le sirve a la izquierda y a la derecha para completar sus tríos y seguidillas.

Por un lado están los anti-automáticos, los que pregonan que el libre comercio es una estrategia del imperio para poner de rodillas a los países en desarrollo. Y peor aún, por el otro, los pro-automáticos, según los cuales traer todo a La Guaira con arancel cero dará un poder adquisitivo a nuestros ingresos extraordinario y milagroso.

La política comercial del gobierno no ha podido ser más ambigua. Tiene su expresión liberal, con tasa de cambio (oficial) fija desde hace tres años, importaciones récord, y buscando nuestra entrada al MERCOSUR. Mientras tanto, sube los costos de transacción a los empresarios (robos, arbitrariedades, inseguridad sobre la propiedad, controles, legislación laboral, permisología, más impuestos). Mantiene a los inversionistas, a los creadores de empleo productivo, lejos de Venezuela. Aquí no existen nuevos productores, aquí quienes están dentro hacen real (por ahora), pero nadie quiere entrar (y los pocos que quieren, a veces no pueden). Nada se crea, todo se transfiere. Una combinación absurda de políticas que Carlos Díaz-Alejandro calificó en su día de liberación “miserabilizadora”.

Imagínese usted un empresario venezolano que hace tres años era igual de productivo y tecnificado que su contraparte en Miami. En los últimos tres años ha visto su inflación de costos dispararse 63%, mientras la tasa de cambio sigue fija. Ya no es competitivo. Ahora colocar su producción en el exterior es 63% más caro en dólares (mientras su competidor se hace igual de barato en bolívares). ¿Qué hizo de malo ese productor (y sus empleados) venezolano? ¿Se volvieron ineficientes? 10% de diferencia se hubiese podido recuperar a través de mayor productividad, pero ¿cómo se recupera una brecha de 63%?

Esas son las realidades de las que se niegan a hablar los que pregonan el libre comercio como la gran panacea. Mantener a una pléyade de productores ineficientes le impone costos a la sociedad. Pero también lo hace ahogar a los que podrían ser eficientes, subiéndoles los costos a mansalva mientras se les somete a un anclaje cambiario absurdo.

A la luz de todo esto, quizás la mejor política comercial se derive de aquella anécdota de Facundo Cabral, según la cual cuando su madre conoció a Carlos Ménem, a la pregunta de éste: “Señora, ¿en qué puedo ayudarla?”, aquella contestó: “Presidente, con que no nos j… ya es suficiente”.

Todo esto sin hablar de los esquemas de integración que los grandes bloques (Unión Europea, TLC) le proponen a los países en desarrollo: Lo mío que entre allá sin aranceles, pero lo tuyo no puede entrar aquí (este fenómeno ha sido ampliamente documentado por Johan Norberg, En defensa del capitalismo global). ¿Y con los ingresos de qué empleos se supone que vamos a comprar esos productos importados “tan baratos”?

Para El Universal, 23/05/2008