miércoles, 30 de julio de 2008

La civilización espontánea

Ya está bueno de seguir quejándose de que en Venezuela nada funciona. Me lo propuse firmemente la otra tarde, en la barra de un café de Sabana Grande, después de escuchar a un par de mujeres no tan entradas en edad, lamiéndose mutuamente las heridas que a diario les inflinge esa forma tan peculiar que tenemos nosotros de hacer que nada, o casi nada, funcione. “Es que, de verdad, este país…” Esa expresión, “este país” es todo un clásico venezolano. Es, por encima de cualquier otra cosa, una fórmula que describe con precisión la manera en que hemos escogido relacionarnos con las cosas que ocurren a nuestro alrededor. “Este país”, al igual que “este edificio” e inclusive “esta mujer”, “este hombre”, o “este niño”, se utiliza para desmarcarse, para poner tierra de por medio, si es “este”, no es “mío”, mucho menos “nuestro”.

Si a ver vamos, aquí si hay algo que sorprende es que todavía funcionen tantas cosas.

Por ejemplo, todavía en muchos lugares tu abres un grifo y sale agua. Es decir, estamos en un país donde la experticia técnica no priva a la hora de asignar contratos, en donde la sociedad no tiene mecanismos de contraloría sobre lo público, en donde para el momento en que se descubra una eventual tubería rota, no existirá ningún procedimiento legal, entre otras cosas, porque una fracción del contrato ha sido ya invertida en alguna garantía de impunidad. Que en un país en donde privan esos incentivos uno abra el grifo y todavía salga agua, es toda una proeza.

Tómese una sociedad en donde los conductores se detengan con el semáforo en rojo, en donde exista cierto respeto mínimo por las leyes. A partir de ahí, elimínese el concepto de autoridad, bórrese toda probabilidad de que cualquier violación sea castigada, y, adicionalmente, envíense ladrones a robar en los semáforos a aquellos conductores que se detengan en rojo. ¿Por cuánto tiempo los conductores van a seguir deteniéndose en rojo? Yo no sé allá, pero aquí en Venezuela todavía hay gente que se detiene ante una luz roja. Yo siempre me conmuevo ante ese espectáculo, ante ese hombre sólo, metido en su máquina de hierro, desafiando al desorden, a la barbarie, convirtiéndose en todo un símbolo de resistencia. Ricardo Villasmil dice que es una herencia casi genética de las instituciones de la colonia, de las dictaduras militares, de los primeros gobiernos de nuestra democracia.

Durante muchos años tuve en la mente aquella escena descrita por José Ignacio Cabrujas: Un fiscal de tránsito detiene a un conductor, y nueve de cada diez veces la primera expresión del conductor era decirle: ¿Te vas a poner con eso? Es decir, ¿te vas a creer eso de que tu eres fiscal, te lo vas a tomar en serio? Para Cabrujas, era evidente que ese fiscal no era un fiscal, sino un tipo al que le pusieron un uniforme y lo pararon en una esquina, para que simulara estar trabajando, a cambio de unos reales. Durante muchos años me aferré a esa idea, descrita con más amplitud en “El estado del disimulo”.

Ahora vengo de regreso. Ahora lo que más me causa impresión es que tras tantos años de vivir en una sociedad sin institucionalidad, sin autoridad, y con un sistema perverso de premios y castigos, todavía salga agua de los grifos, todavía haya gente detenida ante los semáforos, todavía vaya gente a votar. Es como si ciertas parcelas de nuestra sociedad, con todos los desperfectos que pueda tener, se encontraran funcionando en piloto automático, gracias a un orden espontáneo, a un conjunto de reglas que hemos acordado de forma tácita es necesario cumplir. Así, sin autoridad, sin institucionalidad, el país se esfuerza por salir adelante, por no caer en la barbarie.

Para El Universal, 01/08/2008

1 comentario:

Luis Felipe dijo...

Epa Miguel,
Te la comiste con este articulo. Toda una gran verdad.
Saludos,
LFC