miércoles, 2 de julio de 2008

La estatización del espíritu (versión ampliada)

No deja de tener cierta ironía que haya sido aquí, en la pequeña librería del Palacio de Bellas Artes en Ciudad de México, bajo esas mismas paredes que más arriba hospedan el mural “El hombre controlador del universo” de Diego Rivera o “La nueva democracia” de David Alfaro Siqueiros, que haya dado al fin con un ejemplar del segundo volumen de memorias de Sándor Márai “¡Tierra, Tierra!”. Abre el telón el cerco de Budapest y la expulsión de los nazis por parte de los comunistas (1944-45), lo cierra el inevitable exilio de Márai a Suiza (1948).

Está dividido en tres partes. La primera: La llegada de los comunistas a la vecindad de Budapest. “Aquellos jóvenes rusos no podían traer la libertad, puesto que ellos tampoco la tenían”. La impredecible naturaleza de los soldados, la facilidad con que pasaban de la deferencia al saqueo, a la violación de la propiedad de esa población que habían venido a rescatar del fascismo. Están aquí las primeras reacciones de los húngaros simpatizantes con la nueva ideología. “Algunas almas sensibles que – guiadas por sueños utópicos - afirmaban que la cínica, codiciosa e inhumana estrategia de los comunistas se debía a errores momentáneos y pasajeros, se despertaron, en la mayoría de los casos, cuando el régimen soviético las tenía ya personalmente agarradas por el cuello”. Esta primera parte cierra con la dolorosa observación de que los nuevos ocupantes habían venido con una misión histórica muy clara: Aniquilar todo lo anterior. Hasta ahí llegaba. Esa misma naturaleza destructora les terminó por hacer imposible el aportar, el construir algo nuevo.

La segunda parte corresponde al surgimiento del nuevo orden. “Ciertas personas descubrieron que entre las ruinas tenían más posibilidades de surgir que en el pasado. El periodista de tercera que nunca había llegado más que a reportero en algún diario local se afiliaba al partido, y descubría con sorpresa y placer que podía convertirse hasta en Secretario de Estado”. “Eran los tiempos de la velada danza de los arribistas, del baile de máscaras popular, del aquelarre denominado por ellos socialismo”. Márai intercambia libremente los términos socialismo y comunismo.

El texto no está exento de ciertas consideraciones sobre la política económica del régimen. “La empresa privada, condenada a muerte, seguía siendo, incluso en sus formas más primarias, la fuerza productiva y distribuidora que el régimen necesitaba”. “Sobre las ascuas del odio fue arrojada la materia incendiaria de la inflación”. La nacionalización “ocurrió en plena noche, justo antes del alba, y nadie lo supo con antelación: los propietarios no sospechaban lo que iba a ocurrir, y tampoco los nuevos “directores gerentes” (obreros sin calificación y sin ningún tipo de conocimiento sobre el management moderno, nombrados a toda prisa)”.

“Un régimen que sólo puede sobrevivir si les arrebata a los seres humanos la libertad - la del derecho a la propiedad privada, de empresa, del derecho al trabajo, de expresión, de escribir y de afirmar sus convicciones políticas – no puede renunciar a la tiranía porque ésa es la única forma de salvaguardar el poder”. “A ellos no les preocupaba que no los quisieran. Sólo les preocupaba que no los temieran”.

Márai decide emigrar cuando se da cuenta de que puede consentir, acaso sobrevivir, la nacionalización o estatización de cualquier cosa, pero no la del espíritu. “Querían arrebatarnos el único atributo humano que todavía nos quedaba: El derecho a ser personas con convicciones propias, constructoras de la sociedad a la que pertenecían”. Un poema casi perfecto, a la manera de acorde final, cierre esta tercera parte. Un último esfuerzo del escritor por darse aliento para esa vida de apátrida que está a punto de empezar. Pero bueno, no está aquí porque tampoco se trataba de hacer una apología del exilio. Todo lo contrario.

Para El Universal, 04/07/2008