jueves, 28 de agosto de 2008

La vida de nosotros

Las “pequeñas” cámaras de video y los micrófonos escondidos en monederos, latas y floreros. Las llaves de las casas sacadas de los morrales de los colegios o de los guardarropas de los gimnasios. Las muestras de olor tomadas de piezas de ropa robadas a sospechosos y utilizadas para entrenar perros. “Juro que, al lado de la Milicia Nacional del Pueblo, el Ejército y las fuerzas protectoras de nuestros aliados, combatiré a los enemigos del socialismo, aún a costa de mi vida, y cumpliré las tareas que me sean asignadas para garantizar la seguridad de la República”. Número 38, calle Mauerstrasse, en un pequeño callejón de Mitte. Uno de los ocho distritos de Berlín que cayeron bajo control soviético al finalizar la segunda guerra mundial.

Más allá de toda esta parafernalia, que la tecnología moderna ha reducido al zapatófono de Maxwell Smart (el Superagente 86), lo más importante que alberga este edificio son los archivos de la Stasi, el antiguo Ministerio de Seguridad del Estado. Aquí cualquiera puede consultar los miles de tomos con las transcripciones de grabaciones de conversaciones privadas. Aquí es donde el protagonista de la película “La vida de los otros” descubre, una vez que ha caído el muro de Berlín, que “su” agente sustituyó las suyas por diálogos vacíos, salvándole la vida.

Dentro de la pequeña exhibición que acompaña a los archivos, se consideró pertinente agregar algunos detalles que ayudan al visitante a comprender en qué contexto se hizo necesario un aparato de seguridad con más de 71.000 agentes y 173.000 colaboradores no-oficiales. Aquí también hay algunas cosas familiares. Las nacionalizaciones de 1971, que el Partido Socialista Unido justificó como elemento clave de la “estrategia del gobierno de darle prioridad al mejoramiento de las condiciones de vida de la población: Unidad en la política económica y social”. El “socialismo con rostro humano”. Los enormes cuellos de botella en el sistema de producción, la escasez, los frecuentes apagones. La protesta estudiantil y la represión. La mentira descarada: “Aquí nadie tiene la intención de construir ningún muro” (Walter Ulbricht, Presidente del Consejo de Estado, en una rueda de prensa en junio de 1961). Así habrán mejorado “las condiciones de vida” que ese mismo año se levantó un muro para evitar que “la población” escapara desesperada.

Al salir del edificio uno se siente como al salir de una cueva oscura (la de la propia naturaleza humana). Uno se descubre respirando profundo, por la boca, buscando reencontrar el ritmo, recobrar el aliento. Por fortuna, allí están las enormes plazas de Berlín, sus cafés, y los demás milagros que en veinte años ha producido aquí la inversión privada. Traje conmigo “La fuerza del pensamiento: Memorias irregulares de un viaje intelectual”, del economista húngaro Janos Kornai. El libro apenas comienza. Kornai se encuentra escondido en un sótano de Budapest junto con otros judíos, mientras afuera se desarrolla la última batalla por el control de la ciudad. Tras algunas horas de silencio, se abre la puerta de su escondite. Es un soldado soviético. La salvación. Le extiende la mano a Kornai. Lo despoja de su reloj. Después lo ayuda a salir.

Para El Universal, 28/08/2008