jueves, 25 de septiembre de 2008

Aunque no sea mucho pedir

En 1998 buscábamos expresar nuestra decepción con el gobierno, con la política, con la forma de hacer política de nuestros políticos. Estábamos cansados de la fama de corruptos que tenían todos los venezolanos por extensión, de las prácticas de los responsables de esa anomia que hoy se conoce con el nombre de cuarta república. Escogimos así a un gobierno cuyos escándalos de corrupción tienen alcance internacional, dejando nuestra reputación por el suelo mucho más allá de nuestras fronteras.

En los patios de mis colegios se solía poner como el ejemplo supremo de nuestro neo-riquismo al Sierra Nevada, un barco regalado por un gobierno manirroto a un país sin mar. Ahora desde aquí se financian campañas en el exterior a punta de maletas llenas de billetes, se pagan programas sociales bolivianos con cheques membreteados por el Estado venezolano, se le vende nuestro petróleo subsidiado a todo aquél que acepte cierto grado de injerencia o sea tan inteligente como para fingirse alineado sin incurrir en mayores riesgos.

Queríamos a alguien que pusiera fin al chantaje político, al vota por mí, acuérdate que yo fui el que hizo este puentecito, aquél colegio, o arreglé un ambulatorio; al tratar del sacarle al jugo a una mísera obra de gobierno. Ahora tenemos a alguien que amenaza con quitar unos beneficios que no ha dado, con mantener una paz que no ha traído, meros vendedores de ilusiones que utilizan nuestro dinero para ocuparse de cualquier cosa que no sean nuestros problemas cotidianos. Queríamos acabar con el sectarismo político, y pusimos en el poder a una elite de próceres capaces de concebir la lista de Tascón y sus demás variantes. Estábamos cansados de la incapacidad para traducir en bienestar una renta petrolera anual promedio de 25 mil millones de dólares, y nos trajimos a alguien que no ha hecho más contando con más 60 mil millones de dólares anuales.

Estábamos asqueados por la trampa electoral, por el “acta mata voto”, demandábamos un sistema de votación automatizado. Terminamos luchando a brazo partido para volver a tener la oportunidad de contar los votos a mano, uno por uno, de forma transparente.

Estábamos agobiados por el presidencialismo, el poder concentrado en una única figura, y vinimos a caer en el culto al líder mesiánico. Rechazamos al sistema de partidos que pretendía alternarse el poder y conservar así sus privilegios, y llegamos a una situación en la que ya no son dos partidos, ni tan si quiera uno, ahora es una sola persona quien pretende ejercerlo para siempre. Teníamos un congreso que daba vergüenza, y ahora tenemos uno que además da risa.
Las muertes del Caracazo fueron escondidas por Carlos Andrés Pérez. Salimos de ahí para caer en un gobierno que no sólo omite las muertes de todos los días, sino que divide a los muertos entre “los nuestros y los de ellos”, unge mártires a los pistoleros, y ha creado una versión paralela de la realidad según la cual los asesinos son ahora las víctimas, y viceversa.

Para la próxima vez, la próxima generación o el próximo amanecer, hagamos el propósito de no pedir milagros. Pidamos sólo alguien que sea capaz de hacerlo mejor. Aunque partiendo de aquí eso no sea mucho pedir.

Para El Universal, 26/09/2008