viernes, 10 de octubre de 2008

Los intérpretes vacíos

“Él lo decía y yo lo repetía, pero de un modo mecánico que no tiene nada que ver con la intelección, o es más, está reñido por ella: solo si uno no comprende ni asimila en absoluto lo que está oyendo puede volver a decirlo con más o menos exactitud (sobretodo si recibe y suelta sin pausa)”. Este pasaje de la novela Un Corazón tan Blanco, de Javier Marías, me volvió a la memoria el miércoles pasado, durante una de esas largas cadenas que a veces irrumpen en la radio mientras uno está encerrado en esos enormes pasillos de tráfico en los que se ha convertido Caracas. Uno se monta en el carro y enciende la radio de forma automática, y sólo mucho después se da cuenta de que cualquier cosa que hubiese sintonizado en principio en algún momento cambió, en algún momento se oyó la pompa y la voz grave, seguida por el coloquialismo, la informalidad o alternativamente por la ceremonia excesiva (en esto tampoco hay equilibrio); ese versallismo arrepentido (una expresión de Cabrujas) que precede a las cadenas presidenciales.

Como suele suceder, algún detalle casual acaba con la distracción y reinstaura la conciencia, y entonces uno se pregunta: ¿Cuánto tiempo llevo oyendo esto? El miércoles pasado una muchacha de voz joven (ese es el gran atractivo de la radio: la imaginación), se encontraba preconizando las bondades del socialismo y del máximo líder… Aunque rara vez uno se las arregla para sacar algo concreto de estas alocuciones “espontáneas”, si se pueden identificar en el camino las mismas frases hechas, las mismas huellas regadas que no conducen a ninguna parte… el socialismo garantiza la paz, la solidaridad, la justicia social… la revolución ha llegado para quedarse… para defendernos del imperialismo… nuestro único líder… gracias Fidel, por los médicos cubanos… el mundo pluripolar… solidario con nuestros países hermanos de América Latina… por una oposición golpista que pretende devolvernos al pasado… que no está interesada en la democracia… el magnicidio…

Hablaba con convicción, con la misma convicción ciega de los ministros, los miembros de la Asamblea Nacional, y demás instituciones ocupadas por el gobierno. Uno siempre termina preguntándose: ¿Será que de verdad se creen todo esto? ¿O será que llegan a su casa y apagan el cassette? Yo no sé los demás, pero esa muchacha del miércoles en la tarde sí parecía había comprado la historia completa. Ella, y muchos de los demás, la repiten con tanta precisión por eso, porque son intérpretes (el oficio del personaje de la novela), sin ninguna idea del significado o las consecuencias de lo que están diciendo.

Aquella muchacha del miércoles en la tarde estaba poseída por las mismas fuerzas que Kurtz, en El Corazón de las Tinieblas, de Joseph Conrad: “Todo aquello había resonado fuertemente dentro de él porque su corazón estaba vacío”. Nuestro sistema educativo no fue capaz de sembrarle sus propias convicciones, de desarrollar su libertad de pensamiento, sus propias ideas, la noción de que el destino depende del esfuerzo propio. Así cayó presa fácil de quienes inventaron el cassette para perpetuarse en el poder. Ahora, aunque los demás decidan quitarse las caretas, ella seguirá viendo minotauros.

Para El Universal 10/10/2008

1 comentario:

Francisco D. Castillo dijo...

Sr. Santos, Ud la oyo en la radio, Yo tuve la oportunidad de verla por la TV. La euforia q desplego y aplaudida fieramente x sus co-graduandos fue tal q lo unico q le falto fue quitarse la camisa como lo hacen los q anotan un gol. Q alguien me explique que le dan a estos seres para q se comporten de manera tan ciega y sumisa hacia quien no hace mas q humillarlos. Ojala q podamos sobrevivir el 23N.