miércoles, 5 de noviembre de 2008

A mil leguas del que fui

Ya de por sí la vejez debe ser suficientemente compleja, tan desprovista de futuro y de la posibilidad de concretar nuevas ideas, como para montarle encima las persecuciones de la culpa y el remordimiento. Mucho más difícil que esforzarse inútilmente por seguir siendo el que se fue, debe ser el vivir perseguido por las sombras de nuestros propios actos. Todo esto me vino a la mente a raíz del escándalo que envuelve ahora a Milán Kundera, por la aparición de unos supuestos documentos de la policía secreta checa en el que lo acusan de delator, de chivo del partido comunista.

El 14 de marzo de 1950 Miroslav Dvoracek, un ex-piloto desertor del ejército checoeslovaco que trabajaba como espía de los Estados Unidos, se reunió con su antigua amiga Iva Militka en Klarov, Praga; un encuentro que habría de cambiarles la vida para siempre. Dvoracek le pidió que le guardara de forma temporal una maleta en la residencia de estudiantes. En ella se encontraban documentos relativos a una misión que le había sido encomendada: Contactar a un cierto Vaclavik, empleado de Chemapol, importante empresa química checa. Militka regresó a la residencia y le comentó a su novio Miroslav Dlask acerca del encuentro. Poco después Dvoracek, de apenas 22 años, fue detenido y enviado a los campos de concentración de Pribram. Luego sería trasladado a trabajar como esclavo en las minas de uranio. En total pasaría 14 años en cautiverio.

Milán Kundera por aquél entonces era un joven estudiante de cine y miembro del partido comunista, del que había sido expulsado por burlarse de un alto cargo (un episodio que después daría origen a La broma, su primera novela). De acuerdo con la versión del historiador checo Jiri Pernes, Kundera era el delegado de la residencia estudiantil. Un documento autentificado por el Archivo de Fuerzas de Seguridad y respaldado por el Instituto para el Estudio de los Regímenes Totalitarios, describe lo que ocurrió aquella tarde: “Hoy, cerca de las 4:00PM, un estudiante de nombre Milan Kundera informó que Iva Militka, hospedada en la residencia, le dijo a un estudiante de apellido Dlask que se había encontrado con cierto amigo suyo, Miroslav Dvoracek, ese mismo día en Praga, quien le dejó una maleta a su cuidado”.

El propio Kundera y una buena cantidad de escritores, políticos e intelectuales han desmentido esta versión, alegando que el documento ha sido forjado para perjudicar su reputación. El episodio se encuentra inscrito dentro de esa relación conflictiva que mantiene Kundera con su país natal. Como ha dicho otro escritor checo, Iván Klima: “A la gente le parece una simplificación efectista el modo en que Kundera presenta su experiencia checa, en contradicción con el hecho de que Kundera fuese un hijo muy querido y muy mimado del régimen comunista hasta 1968”.

El historiador checo Zdenek Pesat, entonces estudiante de filosofía en Praga y cuadro del partido comunista, ha admitido que esa misma tarde recibió la visita de Miroslav Dlask, quien le relató el encuentro entre Dvoracek y su futura esposa Iva Militka. Según Pesat fue él mismo quien, con el fin de proteger a Iva Militka, había denunciado a Dvoracek.

Kundera podría o no haber estado involucrado, pero no cabe duda de que la historia no resulta del todo inverosímil. Otro escritor, Emil Cioran, filósofo, ensayista y moralista, cuya vida intelectual (al igual que la de Kundera) transcurrió en París, formó parte en su Rumania natal de la Guardia de Hierro, una organización fascista, y allí publicó algunos textos bastante tolerantes con el entonces incipiente nazismo. Cioran declararía en 1949 que cuando leía aquellas frases “no podía siquiera imaginarme mi pasado, y cuando ahora pienso en él, me parece recordar los años de otro; y reniego de ese otro, todo mi yo mismo (sic) está en otro lugar, a mil leguas del que fue”.

Son experiencias que deberíamos mantener en mente hoy en día, cuando los excesos del poder amenazan con eclipsar el ejercicio de las libertades ciudadanas, algo que resultaría imposible sin la colaboración y la connivencia de miles de personas. La historia demuestra que las sociedades que atraviesan por dictaduras, totalitarismos o alguna otra modalidad del secuestro de poderes, requieren para salir adelante de un balance frágil entre la persecución por los crímenes pasados y la tolerancia, la exigencia de rendición de cuentas y el perdón. Javier Marías se ha referido en numerosas ocasiones a ese equilibrio frágil, y es que con frecuencia aquellos cuyos actos se ha acordado perdonar u olvidar no se contentan sólo con ello, sino que además con el paso del tiempo se van convenciendo a sí mismos y a los demás de que ellos estaban del otro lado, en el de las víctimas, no en el de los cómplices o victimarios. Con todo y esa ausencia de memoria o de consciencia por la que selectivamente optan algunos, hay otros para quienes la persecución de sus propios fantasmas puede llegar a ser mucho más cruel que la de sus contemporáneos.

Para El Universal, 07/11/2008