lunes, 29 de diciembre de 2008

Crear dos, tres… muchos Sambil

Hace poco más de cuarenta años, en abril de 1967, se publicó el documento “Crear, dos, tres… muchos Vietnam es la consigna”, que pasó a la historia (como la mayoría de las cosas que hizo o escribió el Ché Guevara) por el título, por la bandera, por lo superficial, no por su contenido. Todo eso me volvió a la mente a raíz del edicto pretoriano que ha prohibido la apertura (la construcción ya es un hecho) del Centro Comercial Sambil de La Candelaria.

La orden ha puesto a trabajar duro a unos cuantos, a construir argumentos a todo un grupo de personas, la mayoría de los cuales irónicamente forman parte de lo que Luis Tascón llama la “derecha endógena”, esa que promueve el socialismo para los demás y el capitalismo salvaje para sí mismos. Han descubierto ahora “que no se puede hacer la revolución con un Sambil en la Candelaria”. Y están en lo cierto.

De los siete estados en Venezuela donde se ha levantado un Sambil, seis están en manos de la oposición: Distrito Capital, Miranda, Zulia, Carabobo, Táchira y Nueva Esparta. La única excepción es Lara, en donde el gobernador oficialista tiene ciertas particularidades que, paradójicamente, le costaron al mismo tiempo su expulsión del PSUV y le valieron su reenganche. Sin considerar Lara, el balance de votos en las seis dependencias restantes es claro: 54% - 46% en favor de la oposición.

Es evidente que la lógica no fluye en esa dirección sino en sentido contrario, pero eso no le resta validez a la asociación. La mayoría de los centros comerciales se construyen en lugares en donde, además de cierto poder adquisitivo, existe una aspiración de modernidad. Allí hay posibilidad de elegir, variedad, allí las cosas tienen un precio, que a su vez hace que sean valoradas por quienes las adquieren. Nada más ajeno a la revolución. Eso también es válido no sólo para los centros comerciales, sino también para las grandes cadenas de farmacias y de supermercados que se han desarrollado amparadas en ese deseo de modernidad, de mayor calidad de vida, de mayor posibilidad de elección.

Acaso ya es tarde para ponerle un freno a todo esto. Ha ocurrido en ese aspecto algo parecido a lo que Enrique Krauze sugiere que ha pasado con el voto (El poder y el delirio). Según él, el tipo de democracia que surgió en Venezuela a partir de 1959 fue una especie de salto adelante, un paréntesis en nuestro devenir histórico, muy difícil de predecir y más todavía de sostener si se revisa nuestra frágil experiencia republicana. Si bien la revolución nos ha traído de vuelta al pasado, ha quedado como herencia de esos años una religión del voto, que obsesiona tanto a quienes votan como a quienes se eligen. Es ese mismo equilibrio frágil que impide que el gobierno termine por secuestrarlo todo, el que lo mantiene todavía anclado, con sus más y sus menos, a la voluntad del pueblo. Así ha sucedido con los centros comerciales. Son una especie de derecho adquirido. El aluvión petrolero de todos estos años ha dejado al menos esa experiencia, esa posibilidad de elegir, esa cultura. Cultura entendida como lo que le urge a la gente en la vida, aquello en lo que cada quien se repite porque le trae consigo ese sentimiento de encuentro. Muy difícil luchar contra eso.

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Para El Universal, 02/01/2009