miércoles, 23 de enero de 2008

Las tres maldiciones chinas

Hace unos días escuché a Teodoro Petkoff caracterizar las perspectivas del gobierno para el año 2008 con una supuesta maldición china: “Ojalá te pasen cosas interesantes”. En el momento me pareció demasiado apropiada como para ser verdad, quiero decir, para ser verdaderamente una maldición china. No pensé que la había inventado, sino más bien que había surgido de algún puente de la memoria, tendido de forma conveniente entre los recuerdos de cosas que él ha vivido, leído y escuchado. Decidí averiguar. Sí existe. Forma parte de una tríada de maldiciones chinas de severidad ascendente. Las otras dos no son menos curiosas y apropiadas: “Ojalá logres atraer la atención de las autoridades” y “Ojalá consigas lo que estás buscando”.

A diferencia de otras épocas, esta vez esos tiempos “interesantes” no han sido traídos por una caída en los precios del petróleo, sino todo lo contrario. Esa renta ha hecho posible que el gobierno acelerara el gasto que sirvió de aliento al crecimiento de estos últimos cuatro años, mientras arremetía contra la actividad económica privada. La inversión productiva, ya de por sí baja, desapareció, el país está funcionando a plena capacidad instalada. Se promovió entonces un boom de importaciones para hacer posible que el consumo creciera mucho más que la producción. Para evitar la inflación y la presión cambiaria se fijaron controles de precios y de cambio (políticas refritas de la cuarta). Las respuestas: La escasez, el desabastecimiento, la depreciación del bolívar en el mercado paralelo.

Ahora los aumentos del gasto cada vez generan menos crecimiento y más inflación. El sistema de controles es insostenible. Las importaciones han crecido en cada uno de los últimos cuatro años el doble de las exportaciones (44% vs. 26%). Si se calculan las exportaciones petroleras según los volúmenes que reportan las fuentes internacionales, la cifra es 19.760 millones de dólares inferior a la reportada por el BCV, nuestro superávit en cuenta corriente se reduce en un 80%, la balanza de pagos registraría un déficit de más de 25.000 millones de dólares.

Dentro del esquema mental del gobierno hay sólo dos maneras de enfrentar esta situación. La primera es correr la arruga, no devaluar, seguir subiendo el gasto, mantener bajas las tasas de interés e incrementar los niveles de aprobación de divisas para importaciones; en fin, dejar que el consumo siga creciendo mucho más allá de la producción. Ligar que el petróleo siga subiendo, disfrutar este rumbón hasta que alguien venga y apague las luces. Esta es la política de dale que el golpe avisa.

La segunda es promover un hard-landing (el soft-landing venezolano), moderar el gasto, subir las tasas de interés, implementar algún tipo de devaluación (simple o a través de un esquema de cambio múltiple), frenar el crecimiento de las importaciones y del consumo. Este año es electoral, pero casi todos los que siguen también. No sólo se ha materializado la maldición “ojalá vivas en tiempos interesantes”. Al gobierno le ha caído también la tercera, la mayor de todas, ha conseguido lo que desde hace tiempo se ha venido buscando. Ojalá, mientras eso ocurre, no nos caiga a todos nosotros también la segunda.

Para El Universal, 25/01/2008

viernes, 18 de enero de 2008

Peajes y rondas de pensamiento

Hay un episodio en La Lentitud, de Milan Kundera, en el que un político y un intelectual almuerzan con un grupo de enfermos de SIDA. Al finalizar el encuentro, el político se adelanta y ante las cámaras de TV besa a un enfermo en la boca. El intelectual es cogido por sorpresa, en una primera ronda de pensamiento reflexiona intensamente si también él debería inclinarse a besar a uno de los enfermos. En una segunda fase rechaza esa tentación, no está seguro de que el contacto no sea causa de contagio. En la tercera ronda decide sobreponerse a su circunspección, pero en una cuarta vuelta se da cuenta de que ya es tarde, ha pasado demasiado tiempo, su gesto ya jamás será percibido como solidario, será rebajado al nivel de imitador, de seguidor, lo que añadirá aún más brío al glorioso momento del político.

Esa capacidad para sobrevolar alrededor de ciertos temas mediante sucesivas rondas de pensamiento es una de las características que identifica a los intelectuales. El ejemplo de Berck, el intelectual de la escena de Kundera, llega hasta el límite de la parálisis; el pensamiento, el recuerdo, son por definición opuestos a la reacción inmediata, oportuna. Ese es un extremo, está bien, pero nosotros esta semana hemos sido testigos del otro extremo.

El Presidente ha decidido que hay que cerrar los peajes, porque si no, él mismo va y los tumba. El primer chispazo, el mero roce de dos neuronas ha producido, una mañana cualquiera, nueve años después, el impulso de cerrar los peajes de la Autopista Regional del Centro. Eso no pasa por ningún tamiz, eso no atraviesa ningún filtro, no se generan, como en el caso del intelectual de Kundera, sucesivas rondas de pensamiento.

No se consideró quiénes eran los afectados, qué alternativas había, no se dispuso una mesa redonda para discutir con las autoridades competentes. Nadie se hizo la pregunta de cómo se ha resuelto este problema en otros países, quién ha investigado sobre eso en Venezuela, cuál ha sido nuestra experiencia en la administración de autopistas. No. El Presidente pensó que identificar el problema bastaba. A partir de allí, ya se trata de voluntad. Así, 541 trabajadores directos en La Cabrera (desconozco la cifra en Guacara) quedaron en la calle, sin programa, sin alternativa, sin Plan B.

Este episodio contiene la quintaesencia de la forma en que el gobierno piensa que puede solucionar nuestros problemas. No hay rondas sucesivas de pensamiento. Es decir, el control de precios (o la moneda nueva) frenará los precios, acabará con la inflación. Sólo se requiere un buen aparato policial. A nadie se le ocurre, no se da lugar a una segunda ronda de pensamiento que sugiera, según nuestra propia experiencia, que esos controles van a provocar un desabastecimiento severo y una inflación todavía mayor. Para cuando la experiencia ilumina la herrumbrosa estructura neurálgica de nuestros agentes, ya la inflación totaliza 23%, con alimentos, a pesar de los controles y las importaciones, en 31%. La idea no es que el análisis nos paralice a la manera de Berck, pero cónchale, de allí a no ser capaz de mover siquiera una tuerquita de esa segunda ronda de pensamiento, hay un abismo.

Para El Universal, 18/11/2008

miércoles, 16 de enero de 2008

El cierre de los peajes como método de gobernar

A cerrar los peajes, porque si no, los tumbo. En esos términos, palabras más, palabras menos, conjuró el Presidente el cierre de los peajes en la Autopista Regional del Centro. Y, como suele suceder tratándose de un gran convencedor, siguieron los argumentos lógicos: Uno está pagando un dinero que no tiene retribución (como si la retribución de los impuestos que a diario se le pagan al SENIAT fuese más evidente), la autopista está en pésimo estado, y para colmo de males, se hacen enormes colas, etcétera.

En fin, una mañana cualquiera, quizás en domingo, nueve años después, el Presidente se despertó con la idea de cerrar los peajes. Y punto. Al día siguiente, sin que mediara un decreto, un papelito sellado, una gaceta con la redacción que provoca la premura, o cualquier otra formalidad, la Guardia Nacional apareció en La Cabrera y Guacara y sacó a los trabajadores.

No se consideró quiénes eran los afectados con esa medida, qué cursos de acción alternativos había, no sé dispuso una mesa redonda para discutir con las autoridades competentes (Didalco Bolívar y Luis Felipe Acosta Carles), no se escucharon propuestas, no se ensayaron soluciones. Nadie se hizo la pregunta de cómo se ha resuelto este problema en otros países, de quién ha investigado sobre eso en Venezuela, de cuál ha sido nuestra experiencia en la administración de autopistas. No. El Presidente pensó que con haber identificado el problema bastaba, a partir de allí, se trataba de voluntad. Así, 541 trabajadores directos en La Cabrera (desconozco la cifra en el de Guacara) quedaron en la calle, sin programa, sin alternativa, sin acuerdo previo, sin Plan B.

Todo este episodio contiene la quintaesencia de la forma en que el gobierno decide enfrentar los problemas de todos los venezolanos. Como si a partir del reconocimiento inicial, la solución ya fuese un tema de mera ejecución, como si resolver los problemas que nos aquejan fuese cosa sencilla, como si el área de políticas e intervenciones públicas no fuese toda una ciencia; todo se hace sin pensar en los ganadores y perdedores que resultan de cada decisión, o en los efectos colaterales posteriores que a veces resultan más costosos que la situación previa.

¿Los precios están subiendo? Entonces hay que poner un control de precios. Esa es la reacción inmediata, y eso sí, disponer de un aparato policial que se encargue de perseguir y reprender a quienes pretendan traspasar el control. Los resultados no se hacen esperar. Desaparecen los bienes de los anaqueles, se desata una escasez inexplicable en una época de bonanza, concentrada en alimentos clave dentro de la dieta venezolana. Los productores de los bienes cuyo precio están controlados empiezan a orientar sus esfuerzos productivos hacia otras áreas. Empezamos a depender cada vez más de las importaciones. Esa dependencia de las importaciones hace daño porque por un lado destruye el empleo y la producción nacional, y por el otro hace nuestro consumo cada vez más dependiente de los precios del petróleo. La inflación general cierre el año en 23% y el rubro de alimentos, con importaciones y controles, en 31%.

Cuatro años después, Rodrigo Cabezas reconoce que los controles de precios no han dado resultado, que han provocado escasez, que no le permiten operar a los productores de forma rentable. Se saca de la manga una frase que sería la envidia del mismísimo Yogi Berra: Los controles de precios no han dado resultado, por lo que los vamos a concentrar en un grupo más pequeño de bienes.

En esa misma semana, el Presidente le pregunta a su equipo de colaboradores “¿por qué seguimos dependiendo tanto de las importaciones?”, “¿por qué no somos capaces de producir lo que consumimos?”. ¿Y entonces? ¿Esto que ha ocurrido no es la consecuencia de sus políticas, no es el resultado trazado al carbón de lo que nos había ocurrido en otras épocas de controles de precios?

Es decir, como si no hubiese relación entre una cosa y otra. En el caso de los peajes, como si el cerrarlos terminara ahí, como si esos peajes no existiesen por una causa, como si la medida no tuviese consecuencias. En el caso de los precios, como si el desabastecimiento y la falta de producción nacional no fuesen consecuencia del enfoque que el gobierno le ha dado al combate contra la inflación y de la actitud que ha asumido hacia la actividad económica privada.

El Presidente insiste en convencernos que esa incapacidad para resolver problemas, que es a fin de cuentas de lo que se trata el arte de gobernar, no es consecuencia de sus políticas, no es un signo de su incompetencia, sino de alguna causa ulterior, fuera del alcance de los venezolanos. Ha vuelto con la ofensiva atacando a sus colaboradores, “a mí me engañan, y a ustedes los engañan”. Siendo así, una vez enumerada la lista de cosas que esta administración no ha sido capaz de hacer en nueve años (que según esa misma alocución va más allá de las dos o tres cosas que se han mencionado aquí), se le ocurre procedente sugerir agregarle a un eventual revocatorio una pregunta adicional, a ver si estamos de acuerdo en hacer “una pequeña reforma”, para hacer posible la reelección continua. De nuevo, como si el no ser capaz de resolver nuestros problemas no estuviese conectado con la posibilidad de reelección perpetua.

Ninguno de los problemas que nos aquejan, a saber la inseguridad, la falta de empleo, la inflación, la falta de un sistema integral de salud, la insuficiencia de la educación pública, la falta de inversión, puede ser solucionado con un enfoque así.

Gobernar viene del latín gubernare, que a su vez viene del griego kybernao, que quiere decir “piloto de barco, timonel”. Es decir, quien gobierna debe ser alguien capaz de conducir al barco a rumbo cierto, a puerto seguro. Nueve años después, el timonel nuestro ha hecho una pausa (obligada) para informarle a la tripulación que no ha sido capaz de enrumbar el barco, pero eso sí, que le encantaría seguir teniendo la responsabilidad de conducir el destino de todos.

Para Ultimas Noticias, Domingo 20/01/2008

viernes, 11 de enero de 2008

Lo que puede y lo que no puede hacer

A regañadientes, luego de un mes de negación, el gobierno se ha propuesto gobernar. Alguien debe haberlos persuadido de la necesidad de un curso distinto, un aire nuevo, un resolver problemas, un regresar al deber-ser de todo gobierno. Acaso sea el propio Presidente, después de luchar consigo mismo y con todos los demás durante todo diciembre, después de haberse distraído con la posibilidad de lanzar tierrita y no volver a jugar, quien se haya convencido de la necesidad de regresar a lo cotidiano. Al igual que sucedió con el florido discurso de la madrugada del 3 de diciembre: Vamos a ver cuánto le dura.

Y es que cuando se trata de sentarse a gobernar, al nuestro se le agotan las posibilidades bastante más temprano que la voluntad. Las medidas que sí puede tomar pertenecen a un plano demasiado visceral, una superficialidad que no se puede llegar a llamar política pública, que no tiene ninguna capacidad para tocar nuestros problemas cotidianos. Se firman indultos y se llama a un “pacto con la oligarquía”. Se utiliza un lenguaje más conciliador y se reconoce que se fundieron los cinco motores. Se anuncia, nueve años después, un plan para combatir la inseguridad. Se sustituye al tren ministerial por un conjunto de funcionarios con dos características predominantes: un perfil más bajo y una vinculación estrecha con el Presidente que va más atrás de 1998. Ese es el caso del Ministro Isea, bastante más apegado al libreto y menos dispuesto que Rodrigo Cabezas a aventurarse a hablar de lo desconocido, Licenciado en Ciencias y Artes Militares (Mención Blindado); y asistente del Comandante Chávez desde el año de 1994.

Todas estas medidas, con todo y su costo político, lo más que han exigido es lavarse la cara, reconocer límites, cambiar de pose. Mucha necesidad y muy poca convicción. No se trató de diseñar planes, de abrirse a las iniciativas que desde diferentes partes del país, y muy en particular desde la academia, se le han venido haciendo en relación con nuestros problemas cotidianos. No se trata de inyectarle tracción o capacidad a un poder ejecutivo que ejecuta muy poco. Se trata simplemente de enviar señales huecas de un reacomodo que no es tal a un país ya demasiado reticente a seguirle dando al Presidente el beneficio de la duda.

Nuestra economía no escapa a esa superficialidad. No hay nada en las medidas que ha asomado el gobierno que alcance siquiera la periferia de nuestros problemas, nada que promueva la estabilidad y la transparencia, nada que nos devuelva la confianza, nada que invite a invertir y a producir, ninguna política sostenible para frenar la inflación, ninguna iniciativa para crear nuevos puestos de trabajo. Se sustituye a Jorge Giordani, el adalid del anclaje cambiario, ausente también en febrero 2002, cuando se liberó el sistema de bandas y se devaluó el bolívar 40% en una tarde. Se suspenden las tarjetas pre-pago y se recorta el cupo de dólares de internet. Se prohibe mencionar el dólar paralelo, algo que no sólo atenta contra el derecho a la información, sino también contra la propia posibilidad de continuar con las emisiones de bonos bolívar-dólar que tantos beneficios le han traído al gobierno. ¿Y entonces?

Para El Universal, 11/01/2007

miércoles, 2 de enero de 2008

2008: El recalentamiento nacional

No se trata del recalentamiento global, una hipótesis que ha conseguido su lugar entre las nuevas realidades aceptadas en el mundo moderno en el año que apenas termina, y de la que otras urgencias más cotidianas no nos dejan ocuparnos. Se trata del recalentamiento de nuestra economía y con él, qué duda cabe, de la situación política y social del país.

Se habla de recalentamiento cuando el crecimiento de la producción excede al de los factores que hacen posible esa producción. La teoría económica, y también el sentido común, tienen por fuentes de producción el capital, el trabajo y la tecnología (¡que se consigue a través de nuevas inversiones de capital!). En nuestro caso, la tasa de crecimiento de la producción hace rato está muy por encima de la que presenta la inversión y el empleo. Señales hay por todos lados.

Por el lado del capital, ya la frágil estructura industrial del país hace rato que está funcionando a plena capacidad instalada. De acuerdo con el último reportaje de la SIEX, las inversiones extranjeras no superaban los 350 millones de dólares al año. En un acto de absoluta sinceridad y franqueza revolucionaria la SIEX decidió a mediados de 2007 dejar de emitir el reporte: Ya iba a costar más producirlo que las inversiones que se reportaban. La inversión pública tampoco aparece: Tanto la ejecución del 2007 como el presupuesto 2008 arrojan un 7% del PIB muy similar a los niveles de Herrera, Lusinchi, Pérez y Caldera. En el caso de la inversión privada, el BCV sigue reportado un repunte que se debe a la dudosa práctica de contabilizar como inversión aquella fracción del aluvión de importaciones que se consume en un período mayor a un año (vehículos, televisores, neveras, DVD).

En el mercado laboral, el crecimiento en el empleo formal es muy inferior a la tasa de crecimiento del producto nacional. Por un lado, la mano de obra calificada está escasa; por el otro, la mano de obra no-calificada sigue encontrando dificultades para enchufarse en el mercado formal: Es mejor no contratar a quien después no se podrá despedir.

Si el precio del petróleo no baja y el gobierno sigue gastando a este ritmo, la demanda será cada vez más mayor. La producción local no tiene capacidad para reaccionar. Para aliviar las presiones inflacionarias el gobierno ha recurrido a más de 40.000 millones de dólares en importaciones, 75% de los cuales circulan a tasa oficial a través de CADIVI. Esas importaciones en muchos casos han ahogado a los productores nacionales, nos han hecho más dependientes del sector externo, y a su vez han hecho más dolorosa una eventual devaluación.

Tres grandes medidas “estructurales” ha anunciado el gobierno para hacerle frente al caos: Se prohibió hablar del paralelo, se suspendieron las tarjetas de crédito prepagadas, y se redujo el cupo de compras por internet. Ninguna será suficiente para reducir el recalentamiento. En algún momento, en medio de las protestas, habrá que detener el vehículo (el humo saliendo del motor). Eso me trajo a la memoria el incidente ocurrido durante la visita de Richard Nixon a Caracas el 13 de Mayo de 1958. Pero eso no tiene nada que ver con esto, no sé por que se me vino a la mente ahora.

Para El Universal, 04/01/2008