miércoles, 30 de abril de 2008

¿Y ahora qué hago con esos dólares? (versión ampliada)

Una pregunta pana, yo el año pasado me endeudé para comprar dólares… Yo acabo de cobrar un bonito que nos pagan a nosotros en abril, ¿pago la tarjeta? ¡Es que el dólar está muy bajo!... Yo estoy construyendo una casa y tenía los reales ahorrados en dólares, y ahora con eso no hago nada, ¿tú sabes a cuánto está el saco de cemento? Y así sucesivamente.

Todo un país obligado a jugar en la ruleta cambiaria. Los resultados están a la vista todos los días, lo que a su vez genera la avidez, la ansiedad y dependencia típica de los juegos de azar compulsivos. Esto no son las carreras de caballos, dos veces por semana, doce carreras en sábado y otras tantas en domingo. No, esto es un tragamonedas, una ruleta, hay que tomar una decisión a cada instante. Rojas, bolívares; negras, dólares. Hagan sus apuestas.

El gobierno pareciera disfrutar con el kamikaze cambiario. El año pasado, su descuido del mercado paralelo produjo una depreciación de 75% en la cotización del bolívar. ¿Se quedaron sin real? De otra forma, ¿cómo se podía explicar que un mes antes del 2D permitieran que el precio del dólar se deslizara por encima de 6.600 bolívares? Luego vinieron las notas estructuradas y las nuevas emisiones de deuda. Si eso se podía, ¿por qué no lo hicieron antes del 2D? Un recordatorio más de que lo más “racional”, no siempre es lo que sucede.

Quienes se endeudaron en bolívares para comprar dólares no son sólo los especuladores (aunque de esos también hay bastante). Todas las empresas que reciben adelantos de sus clientes a cambio de la entrega futura de bienes y servicios, para poder cumplir deben esforzarse por proteger el valor del dinero. El hecho es que ahora la tasa de interés para estas operaciones ha pasado de 14% a 28%, mientras la cotización del dólar cayó de 6,60 a 3,40 bolívares fuertes (en sólo cuatro meses). Ese también es el caso de quienes tienen dólares y mantienen deudas en tarjetas de crédito a tasas muy elevadas (el miércoles esta semana se volvió subir el tope hasta 33%). La actitud que prevalece en este grupo es negarse a reconocer la pérdida ocurrida. Este es un fenómeno bien documentado en behavioural economics, según el cual la gente piensa que no ha perdido hasta tanto no realice la pérdida (no venda los dólares). Mientras tanto, unos y otros pagan tasas de entre 28% y 33% en bolívares que, con cada mes que transcurra sin depreciación, representan tasas idénticas en dólares.


Es curioso, pero cuándo uno pregunta a la gente si quieren vender los dólares para pagar la deuda en bolívares, la respuesta en el 90% de los casos es un NO rotundo. Pero cuando les preguntas si desean endeudarse en bolívares a 28%-33% para comprar dólares hoy, la respuesta también es un NO rotundo. Ese fenómeno, el sesgo del status quo, también está documentado en la literatura, y consiste en aferrarse y defender cualquier decisión ya tomada, aunque esa misma decisión planteada desde un escenario cero no se considera conveniente.

Siempre hay piezas de información que se pueden citar para defender la posición que uno ha tomado con base en el estómago y el sentimiento. Hay episodios de nuestra historia reciente, protagonizados por Teodoro Petkoff durante el gobierno de Caldera (1996) y Tobías Nóbrega en el actual (2002), en donde la cotización del dólar bajó drásticamente sólo por unos meses (“les quemamos las manos a los especuladores”). Pero también es cierto que hace muy poco Venezuela vivió más de dos años (entre 2004 y 2006) con la cotización del paralelo estable alrededor de 2.600 bolívares por dólar.

En cualquier caso, en el corto plazo (es decir, antes de noviembre), pareciera que el gobierno tiene gasolina como para seguir quemando divisas en el paralelo y restringiendo liquidez (la medida a mediados de semana refuerza está orientación) mantenerlo alrededor de la cotización actual. Mientras eso ocurra, endeudarse (o seguir endeudado) en bolívares a 28%-33% no parece muy aconsejable.

Para El Universal, 02/05/2008 (versión ampliada)

viernes, 25 de abril de 2008

Las dificultades de administrar la abundancia

Hay una especie de desconcierto general. Por primera vez el barril de petróleo venezolano ha superado los cien dólares, pero aquí abajo las cosas no están mejor. Tener dinero ya no equivale a comprar bienes, de la misma forma en que tener carro ya no significa que podemos circular. Esa escena mental en la que salimos a la calle y todo el tráfico se ha detenido, los autobuses, los automóviles, a ratos también el tiempo, es más que una metáfora. Esa sensación de deterioro gradual, de caos, contrasta con la afluencia petrolera. ¿Qué sucede?

La estructura, lo esencial
El precio promedio del barril de petróleo venezolano pasó de 16 dólares (1999) a 91 dólares (primer trimestre 2008). Nuestra producción petrolera ha caído, 14% según el Banco Central de Venezuela (BCV) y más del doble de esa cifra según fuentes internacionales, pero de todas maneras el balance de ingresos es muy favorable. Con base en esa renta el gobierno lanzó un programa de aumento de gasto público que totalizó 510% en siete años (2000-2007, sin incluir el gasto de PDVSA), mientras la inflación registrada en ese período fue de 324%. Ese enorme impulso real de demanda cayó en un país en donde la inversión privada se estancó hace treinta años. En el pasado, con la capacidad instalada prácticamente fija, el aparato industrial operó con holguras durante épocas de bajos precios petroleros, y a capacidad plena en épocas de bonanza. Los vaivenes del precio del petróleo, con periodicidad aproximada de cuatro a cinco años, se encargaban de regular esos niveles de aprovechamiento de capacidad. Esta vez ha sido distinto.

Tras caer en el año 2002 de 26 a 20 dólares por barril, el petróleo venezolano no ha parado de subir. En aquél entonces, los altos porcentajes de capacidad ociosa abonaron el terreno para una estrategia keynesiana (alto gasto público, bajas tasas de interés). Así crecimos a tasas muy elevadas por cuatro años consecutivos, sin invertir. Arremeter contra el sector privado sólo ha servido para acentuar aquella baja propensión a invertir que se inauguró con la década de los años ochenta. Ahora la mayoría de las industrias que aún sobreviven se encuentran trabajando a plena capacidad. Si se mantienen los empujes de demanda vía gasto público, el resultado será cada vez menos crecimiento y más inflación. En los últimos tres años el crecimiento fue de 10%, 10% y 8% (6% el primer trimestre 2008), mientras la inflación fue 14%, 17% y 23% (29% anualizada a marzo 2008).

La inflación es clasista
Esa aceleración de la inflación trae consigo enormes problemas de redistribución. Después de todo, si los precios subieran al mismo ritmo que los ingresos, la inflación no sería más que un cine en donde todo el mundo se levantó para ver mejor, para terminar viendo lo mismo (pero más incómodos). El problema está en que en nuestro cine, cuando todos se levantan, hay un sector de la población que no tiene cómo mantener su línea de vista. La inflación para una sociedad sólo es importante en la medida en que afecta de forma distinta a sus diferentes estratos. La inflación hace una clara distinción, transfiere riqueza de una clase a otra. Otorga beneficios al gobierno (como dueño del monopolio del dinero) y a los deudores comprometidos a tasa fija o subsidiada, que a su vez extrae del bolsillo de las clases sin capacidad de ahorro, que consumen la mayor parte de su presupuesto mensual en alimentos, el rubro de mayor inflación de nuestra economía (44% en los últimos doce meses, con todo y los controles de precios y las importaciones). Por eso Keynes escribió que “el desempleo, la vida precaria del trabajador, la decepción, la pérdida de valor en los ahorros, las ganancias excesivas repentinas de ciertos individuos, el especulador, todos provienen, en buena medida, de la inestabilidad en el valor del dinero… los cambios en los precios llegan para garantizar afluencia aquí y vergüenza allá”.

La ciencia económica cuenta con muchos tipos de modelos de crecimiento, la clave está en saber cuándo un modelo es adecuado y cuándo no. A partir de ahora es evidente que, si no se recupera la inversión privada, el país no sólo no podrá seguir creciendo a las tasas a las que lo venía haciendo, sino que la presión inflacionaria será cada vez mayor. La estrategia keynesiana que se aplicó casi sin saber (pero comportándose como si se supiera, como decía Paul Samuelson) está agotada.

A partir de ahora, o el gobierno consigue reestablecer la confianza en el sector privado y reactivar la inversión (parece demasiado tarde para reinventarse) o continúa con la larga cadena de malabarismos que viene haciendo con la creciente bonanza petrolera.

La coyuntura, los malabarismos
Durante los últimos cuatro años el volumen de producción (PIB) ha crecido un total de 54%, pero el volumen de consumo ha crecido 99%. La única manera en que un país puede aumentar su consumo más allá de la producción es a través de las importaciones: Entre 2003 y 2007 las importaciones pasaron de 10.483 a 45.463 millones de dólares, un crecimiento equivalente anual de 44%, que totaliza 334% en esos cuatro años.

Esa estrategia ha servido también como política anti-inflacionaria. Después de tres años sin devaluar, las importaciones han terminado por ahogar a los productores venezolanos de bienes exportables. Irónicamente, ese pequeño sector era una de las pocas posibilidades que teníamos a mediano plazo de diversificar nuestras exportaciones más allá del petróleo. Al cierre del año pasado, las exportaciones petroleras representaban 94% del total, mientras las importaciones no-petroleras alcanzaron 90% del total. Es decir, toda una manera de vivir, más allá de las posibilidades de nuestras capacidades de producción, expresadas en esas dos cifras. No sólo las importaciones ayudan a drenar los bolívares ociosos de la economía venezolana, sino también las salidas de capitales que se han producido con todo y los controles. Ahora los malabarismos han alcanzado su clímax, con la liquidación de dólares desde FONDEN directamente a los importadores, a una tasa 50% mayor a la tasa “oficial” (que cada vez es menos oficial).

Más allá de los malabarismos, no hay forma de promover el crecimiento y el desarrollo sin promover también un ambiente más propenso para la inversión privada. El gobierno no tiene ni la capacidad, ni el conocimiento, ni el dinero para invertir en las magnitudes que el país necesita para crecer de forma sostenida. Los siete dólares diarios por habitante que nos tocan si repartimos las exportaciones petroleras no dan para tanto.

Sin una recuperación sostenida de la inversión, la tasa de crecimiento volverá al 1,5% registrado entre 1980-2000. No tiene sentido agregarle trabajadores a una planta física fija, la productividad cada vez es menor, y en el largo plazo el vínculo entre productividad y salario promedio es imposible de deshacer. Sin mayor empleo productivo, no habrá manera de salir de la trampa de la pobreza. En ese escenario de deterioro gradual, es posible que el consumo siga creciendo algo más que la producción. Mientras el petróleo lo permita.

Para El Universal, 25/04/2008

miércoles, 16 de abril de 2008

La tragedia como estrategia de cambio (versión ampliada)

La derrota electoral en diciembre, la pérdida de favor popular, y la inminencia de las elecciones de gobernadores y alcaldes, han provocado en el gobierno y en el país una especie de síndrome de China y las Olimpíadas. Es decir, todo el mundo está aprovechando la enorme apuesta que he hecho el gobierno (las Olimpíadas, como certificado de país civilizado) para intensificar sus demandas y ejercer presión, chantajeándolo, allá con el desorden, la exposición y el boicot internacional, aquí con una nueva derrota electoral. Y el gobierno (el de aquí) ha ido haciendo concesiones, la mayoría de las cuales no traerán consigo nada bueno en el futuro cercano. Dejarse encantar por el argumento de los líderes sindicales de SIDOR (“la revolución se está debilitando, un gobierno obrero jamás permitiría esta situación”), es una pésima señal de lo que está por venir. Para los demás trabajadores, un estímulo, para los empresarios, otra advertencia. La misma narrativa de la estatización de las empresas cementeras, buscando un chivo expiatorio al enorme fracaso de la política de vivienda del gobierno. En cola están las grandes procesadoras de alimentos. De nada sirve argumentar que la propia situación del país ha provocado el cierre de minas de arena y la quiebra del agro; poniendo a ambas industrias a depender de CADIVI para importar insumos que antes se producían aquí. El gobierno no es capaz de construir nada, es más fácil ocupar, transferir, expropiar, y, en última instancia, destruir.

El país entero continúa observando impávido ese proceso gradual de destrucción, a veces institucional, pero también física. Son volúmenes de producción, capacidades, puestos de trabajo. Esa misma escasez de criterio y capacidad de ejecución que los mantiene lejos del proceso creativo y de las nuevas ideas, terminará con acabar también con lo expropiado.

A uno le urge, como ciudadano, una respuesta individual ante toda esa destrucción. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué se puede salvar? ¿Qué depende de mí? ¿Será que se pueden salvar, salvaguardar de la destrucción, ciertas parcelas que podrían luego ser esenciales para la reconstrucción? La respuesta no es fácil. A ratos uno siente que predomina más la peligrosa idea de la destrucción, como mecanismo catalizador del cambio. El “déjalo que se estrelle”. El fin de Mugabe propiciado por la inflación de 20.000%.

Quizás ese es uno de los rasgos esenciales de nuestra cultura, entendida por cultura todo aquello que nos urge en la vida; ese dejar que las situaciones de crisis se prolonguen ex profeso, es más, estimularlas y aún empujarlas hasta límites insostenibles con la convicción de que es el único camino posible hacia el cambio, sin tener idea de cómo haremos al llegar allí, pero siempre con la ingenua certeza de que una vez allí, saldremos adelante. La improvisación venezolana tan característica del Falke, el entusiasmo, la tragedia como formas de vivir.

Ese es nuestro estilo como sociedad, esa es nuestra manera de hacer las cosas. Visto así, Venezuela no necesita tragedias, nosotros como sociedad promovemos nuestras propias tragedias. En las tragedias griegas, los protagonistas han llegado a una situación en la que se han quedado sin viento (anemoi), sin movimiento. Se llega a una situación de estancamiento. Por eso suele haber tantos barcos varados, tantas tripulaciones esperando en las orillas para zarpar. Les falta el viento. No hay manera de moverse hacia el cambio. Hay una especie de dejadez colectiva, acaso también de temor, de inseguridad. Entonces ocurre la tragedia. Llega para sacudir, para arrojar a los personajes lejos de la situación actual, para lanzarlos hacia el dolor que están tratando de evitar, pero que los mantiene estancados, y catapultarlos hacia un nuevo escenario. En este sentido, la tragedia griega hace las veces de catalizador del cambio que los hombres no son capaces de promover.

Nosotros no. Nosotros vamos haciendo posible la entrada en escena de diferentes escenarios trágicos e insostenibles, con la esperanza de que produzca esa ruptura, nos devuelva el aire y nos conduzca a un nuevo estadio.

jueves, 10 de abril de 2008

El Evangelio de la Inflación

Lectura de la carta del apóstol Haiman El Troudi a sus discípulos periodistas: “En verdad os digo que se ha revertido la tendencia alcista que traía la inflación. El promedio nacional en marzo fue apenas 1,7%, después de haber registrado 2,1% en febrero y 3,1% en enero. Ahora nuestra meta para el 2008 no será 11%, sino 19,5%, ese es el promedio del gobierno herodiano. Este resultado no nos quitará el sueño. ¿No ha tomado acaso nuestro Señor las medidas necesarias para prevenirnos de este flagelo? ¿No vela Él por nuestro poder adquisitivo? ¿No se ha condenado a muchos productores a sufrir controles de precios, no se está acaso nacionalizando a todo aquél que produzca bienes insuficientes, no se han abarrotado las manos de los comerciantes de monedas de Roma para que así importen de las comarcas vecinas hasta las trenzas con que nos amarramos las sandalias? ¿No se ha creado acaso un nuevo índice que incorpora hasta la inflación de Todasana, y que refleja mejor nuestra realidad que cualquier cosa anterior? Entonces, ¿por qué os mantenéis incrédulos, por qué seguís recitando la inflación del Área Metropolitana de Caracas? En verdad os digo que llegará el día en que quienes continúen haciendo proselitismo con nuestra inflación serán separados, y será señalada su suerte junto con la de los hipócritas, y allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Confieso que pensaba completar con esta alegoría los 3.220 caracteres que ocupan este espacio, pero ni la rueda de prensa, ni las meras cuatro preguntas que aceptaron de todos los medios de comunicación aportaron material suficiente. Además, me hubiese quedado sin oportunidad para decir algo acerca de las cifras de inflación que se han dado a conocer para el mes de marzo.

El gobierno continúa haciendo énfasis en la inflación promedio nacional y comparándolo con la meta fijada para el año y con nuestras inflaciones pasadas, como si una cosa tuviese que ver con las otras. Aún utilizando ese indicador promedio, los tres primeros meses del año totalizaron 7,1%, que representan un equivalente anual de 31,6%. Y esa proyección, claro está, subestima la evolución de la inflación porque la ejecución del gasto irá creciendo en la medida en que se aproximen las elecciones de noviembre.

Veamos el caso de la inflación de Caracas, la única con la que podemos establecer comparaciones con el año anterior. Los tres primeros meses han cerrado con una cifra acumulada de 8,2%, casi tres veces el registro del mismo período en el año anterior (2,6%). En los últimos doce meses la inflación en el Área Metropolitana de Caracas totaliza 26,2%, pero si se proyectan los resultados de los tres primeros meses en el año el total resultaría de 37,1%; un indicador claro de aceleración.

El Estado continúa dando las respuestas equivocadas a las preguntas correctas. ¿Escasea el cemento? Nacionaliza la industria. ¿Los trabajadores de SIDOR no llegan a un acuerdo con la gerencia? Nacionalízala (y garantízales todo el pliego de peticiones). Muy mala señal acerca de lo que está por venir. Como dicen los retrovisores: “Los vehículos que se observan a través de este espejo podrían estar bastante más cerca de lo que parece”.

Para El Universal, 11/04/2008

sábado, 5 de abril de 2008

Sí, yo oí ese libro

Hace dos décadas los libros en audio (audio books) eran un espacio reservado para los cuentos infantiles (se suponía que sólo a los niños les gustaba que les leyeran cuentos) y los discursos o memorias de personajes históricos (voces ya irrecuperables, no es lo mismo leer a Winston Churchill, que escuchar la compilación que hizo Harper Collins en 1965, Churchill in his own voice). Permanecieron por mucho tiempo así, hasta que la llegada del movimiento de auto-ayuda les dio un nuevo impulso (nada como escuchar una voz para sentirnos en compañía). Hoy en día ya se puede conseguir casi cualquier cosa en audio. De los 75-80 libros que Stephen King devora por año, diez o doce son libros en audio (según On writing, también disponible en su propia voz).

Siendo optimista, todos habremos de pasar un promedio de cinco años de nuestra vida en el carro, sesenta años manejando, dos horas diarias. Si en lugar de dos son tres, serán siete años y medio de tráfico, equivalentes a una carrera universitaria y dos maestrías. Aunque nadie está dispuesto a otorgarnos un certificado por escuchar libros en audio, la modalidad nos permite aprovechar mejor el tiempo, conocer más (a veces de la boca de los propios autores), y prevenir el envenenamiento vía radio.

Por ahora la mayoría de las publicaciones sólo están disponibles en inglés. Sólo hace falta, además de manejar ese idioma, navegar a través de www.audible.com o www.audiobooks, tener un iPOD barato, y algunos dólares electrónicos del cupo que nos concede la revolución. Siempre es mejor inclinarse por versiones no resumidas (unabridged) y narradas por el propio autor. La velocidad que separa la publicación en físico del audio cada vez es menor; por ejemplo, ya está disponible el extraordinario Reconciliation: Islam, Democracy and the West, publicado de forma póstuma por Benazir Bhutto (Febrero, 2008). También está allí The Age of Turbulence, de Alan Greenspan, con sus impresiones sobre la economía mundial, Chávez, y su sorpresa e incredulidad ante la baja inflación de los países petroleros a pesar del enorme crecimiento en la cantidad de dinero. Esto no durará para siempre. Al menos eso me dice Alan.

Para El Universal, 06/04/2008

miércoles, 2 de abril de 2008

El creador de la verdad (versión ampliada)

La noticia, lo que haya ocurrido o no, pertenece a la semana pasada. Yo estaba viendo pasar una fracción de esos cinco años que, de acuerdo con los estimados más optimistas, habremos de pasar todos en el tráfico a lo largo de nuestra vida (ese cálculo parte del supuesto de dos horas diarias y sesenta años manejando… si se utilizan tres horas diarias pasa a siete años y medio).

En la radio, alguien que según supe después era doctor en la Maternidad Concepción Palacios, se encontraba dando el tubazo sobre la muerte de los seis bebés (neonatos) durante el transcurso de la guardia nocturna. El doctor argumentaba, con seguridad y firmeza, acerca de las deficiencias del sistema de salud venezolano en general y los problemas de dotación (esta vez de médicos) de ese centro asistencial. Y hasta ahí todo bien, es decir, mal, pero la noticia en sí resultaba bastante coherente.

Pero entonces llamó a la estación algo así como la Directora de Salud de la Alcaldía Mayor. No sé si esa era su posición exacta, pero lo importante es que era alguien con cierta autoridad (que a su vez conlleva responsabilidad) en el área de salud dentro de la Alcaldía. Y se le dio la palabra, mientras el doctor se mantenía en línea. Argumentó que no eran seis, sino cinco los niños fallecidos. Además, de esos cinco, cuatro habían llegado a la Maternidad ya muertos dentro de la barriga de la madre. No podían ser atribuidos a carencias del centro asistencial. No escurrió el bulto, reconoció que esas muertes eran parte de las deficiencias del sistema de salud, de la falta de control prenatal, pero que ese problema era distinto al que estaba denunciando el doctor. Más aún, con las historias de los pacientes en la mano, invitó a los conductores del programa, al doctor al otro lado de la línea y al médico de guardia la noche anterior, a asistir a una reunión en la Maternidad el día siguiente, a las 8:00 AM para verificar “los hechos”.

Ahí, el protagonista del tubazo se nos vino a menos, se evaporó su seguridad. Reconoció que él no estaba de guardia, que no había visto las historias médicas de las madres, que todo se lo habían contado al llegar él en la mañana, pero que era igual de grave porque habían fallecido por causas perfectamente detectables y prevenibles... Para Carla Angola debe haber sido algo así como encontrarse en la cola del seguro social al actor que la impresionó haciendo Puck en el Sueño de una Noche de Verano. A mí, por el contrario, se me vino a la mente César Miguel Rondón durante el deslave de La Guaira, tratando de mantener vivas las esperanzas de rescate de alguien que hablaba con él desde la tranquilidad de su casa, probablemente con las piernas encima de algún sofá, frente a una taza de café, con el televisor encendido.

Unos días después, algunos médicos de la Maternidad denunciaron que las historias médicas habían sido secuestradas, que las mantenían en la Alcaldía Mayor, presumiblemente para evitar su “manipulación mediática”.

No hay ningún episodio en el transcurso de los últimos años que me haya enseñado más acerca de la realidad venezolana. Allí estaba la oposición, con un verdadero tubazo, mucho más allá de dónde dejó de latir el corazón de esos seis bebés (o cinco, ya no lo vamos a saber), haciendo un pésimo uso de la información, hablando sin tener los hechos en la mano. Allí estaba el gobierno, con autoridad, aprovechando la falta de pericia de la oposición para apropiarse de la verdad, para convertirla en su verdad y mantener a la otra, a la verdad objetiva, lejos del alcance de nadie.

Nueve años después, no sólo Caracas, sino todas las poblaciones adyacentes sólo tienen un sitio a donde acudir: la Maternidad Concepción Palacios; nuestro sistema de salud no garantiza el control prenatal, y siguen falleciendo neonatos por causas detectables, evitables, tratables; pero todo eso fue eclipsado por una polémica absurda.

Uno entiende que verificar si el país se ha vuelto más o menos feliz en estos últimos años es difícil, la felicidad es un concepto abstracto y de naturaleza relativa. Pero si murieron cinco o seis niños y por qué razón, ese un fenómeno observable. Ahora no. Eso también ha pasado a formar parte de nuestra realidad incorpórea. Se le unió al FONDEN, al desempleo, a la inflación, a la inversión privada, a las notas estructuradas y a la escasez, para conformar un cuadro en donde constatar la ocurrencia de un hecho no es posible. La verdad no existe, es un sentimiento, una sensación, canalizada por quien hable más claro, por aquél capaz de crearla a partir de la nada y dotarla de una narrativa consistente. Y ese, por ahora, sigue en Miraflores.

Para El Universal, 04/04/2008 (versión ampliada)