miércoles, 28 de mayo de 2008

El espejismo de nuestro salario mínimo

Nuestro salario mínimo, medido en dólares a la tasa de cambio oficial, es el más alto de América Latina. Allí está, en todas las cadenas presidenciales, la manoseada lámina de power point con la curvita ascendente repetida hasta el cansancio, en un país en donde todo lo que asciende, que no sea precio, despierta suspicacia. Si nosotros estamos en el tope y vivimos así, ¿qué quedará para los demás?

Matías Riutort (UCAB) acaba de escribir un documento de sólo nueve páginas (“Salario Mínimo en Venezuela y América Latina”) sin ninguna otra pretensión que poner nuestro salario mínimo en perspectiva con otros países de la región, en los términos más sencillos posibles.

La historia es más o menos así. Entre febrero 2005 y abril del corriente el salario mínimo pasó de 405 a 799 bolívares fuertes, un crecimiento nominal de 97%. Ese crecimiento en bolívares es equivalente en dólares, porque la tasa de cambio oficial está fija desde entonces. Así, el salario mínimo ha pasado de 188 a 372 dólares mensuales. Si esta tendencia continúa, es decir, seguimos subiendo el salario mínimo con la inflación (30%) pero se mantiene la tasa de cambio oficial, en tres años podríamos estar alrededor de 816 dólares, en ruta a ubicarnos entre los salarios mínimos más altos del mundo. Como bien dice Matías allí, muchos venezolanos “estaríamos felices y orgullosos, excepto aquellos que tienen que sobrevivir con un salario mínimo”.

¿A quién le interesa que el salario mínimo en dólares haya subido? A quienes tienen ingresos suficientes realizar viajes al exterior o hacer compras por Internet. Es decir, les interesa precisamente a quienes no ganan salario mínimo.

Entre febrero 2005 y mayo 2008 la inflación acumulada es 77%. A la luz de esa variación, el salario mínimo en bolívares ha crecido poco menos de 12% (no es 97% menos 77%, esa aproximación sólo funciona para porcentajes muy bajos). En realidad, quienes ganan salario mínimo realizan casi todas sus compras en bolívares. Siendo así, es mejor evaluar el salario mínimo según su capacidad para adquirir la canasta básica. En Argentina, con 50% del salario mínimo se puede adquirir la canasta básica. En Chile, con 65%. En Ecuador con 73%. Venezuela sólo aparece en el sexto lugar, aquí hay que empeñar 89% del salario mínimo para adquirir la canasta básica normativa del INE.

Ese cuadro se deteriora aún más si se observan dos cosas adicionales que van más allá del alcance del trabajo de Matías. Por un lado, de los diecinueve millones y medio de venezolanos mayores a quince años, más de seis millones y medio están “inactivos”, más de cinco millones son trabajadores informales, y más de un millón está desocupado. Todos ellos no reciben salario mínimo. Por el otro, mucho más importante que el salario mínimo es el salario promedio de todos los ocupados. Aunque entre 1998 y 2005 el salario mínimo subió 25% en términos reales, el salario promedio cayó 15%, igualándose efectivamente con el mínimo en 2003 y hasta nuestros días (uso 2005 porque el INE sigue teniendo problemas con la Encuesta de Hogares 2006).

Visto así, gracias a la contribución de Matías y a las estadísticas del INE, ya el salario mínimo no se ven tan poderoso, ¿no?

Para El Universal, 30/05/2008

miércoles, 21 de mayo de 2008

El libre comercio como panacea

Nuestra política comercial es un accidente, una consecuencia de otras políticas más urgentes, más visibles, no es el resultado de una estrategia bien pensada para promover el progreso. Es un tema que, por ser áspero para el ciudadano común, se suele manipular con una asombrosa simpleza, una especie de comodín que le sirve a la izquierda y a la derecha para completar sus tríos y seguidillas.

Por un lado están los anti-automáticos, los que pregonan que el libre comercio es una estrategia del imperio para poner de rodillas a los países en desarrollo. Y peor aún, por el otro, los pro-automáticos, según los cuales traer todo a La Guaira con arancel cero dará un poder adquisitivo a nuestros ingresos extraordinario y milagroso.

La política comercial del gobierno no ha podido ser más ambigua. Tiene su expresión liberal, con tasa de cambio (oficial) fija desde hace tres años, importaciones récord, y buscando nuestra entrada al MERCOSUR. Mientras tanto, sube los costos de transacción a los empresarios (robos, arbitrariedades, inseguridad sobre la propiedad, controles, legislación laboral, permisología, más impuestos). Mantiene a los inversionistas, a los creadores de empleo productivo, lejos de Venezuela. Aquí no existen nuevos productores, aquí quienes están dentro hacen real (por ahora), pero nadie quiere entrar (y los pocos que quieren, a veces no pueden). Nada se crea, todo se transfiere. Una combinación absurda de políticas que Carlos Díaz-Alejandro calificó en su día de liberación “miserabilizadora”.

Imagínese usted un empresario venezolano que hace tres años era igual de productivo y tecnificado que su contraparte en Miami. En los últimos tres años ha visto su inflación de costos dispararse 63%, mientras la tasa de cambio sigue fija. Ya no es competitivo. Ahora colocar su producción en el exterior es 63% más caro en dólares (mientras su competidor se hace igual de barato en bolívares). ¿Qué hizo de malo ese productor (y sus empleados) venezolano? ¿Se volvieron ineficientes? 10% de diferencia se hubiese podido recuperar a través de mayor productividad, pero ¿cómo se recupera una brecha de 63%?

Esas son las realidades de las que se niegan a hablar los que pregonan el libre comercio como la gran panacea. Mantener a una pléyade de productores ineficientes le impone costos a la sociedad. Pero también lo hace ahogar a los que podrían ser eficientes, subiéndoles los costos a mansalva mientras se les somete a un anclaje cambiario absurdo.

A la luz de todo esto, quizás la mejor política comercial se derive de aquella anécdota de Facundo Cabral, según la cual cuando su madre conoció a Carlos Ménem, a la pregunta de éste: “Señora, ¿en qué puedo ayudarla?”, aquella contestó: “Presidente, con que no nos j… ya es suficiente”.

Todo esto sin hablar de los esquemas de integración que los grandes bloques (Unión Europea, TLC) le proponen a los países en desarrollo: Lo mío que entre allá sin aranceles, pero lo tuyo no puede entrar aquí (este fenómeno ha sido ampliamente documentado por Johan Norberg, En defensa del capitalismo global). ¿Y con los ingresos de qué empleos se supone que vamos a comprar esos productos importados “tan baratos”?

Para El Universal, 23/05/2008

viernes, 16 de mayo de 2008

La (falta de) confianza: detrás del dólar y de la inflación

Para el ciudadano común, entender lo que ha sucedido en nuestra economía en los últimos seis meses es poco menos que imposible. El precio de nuestra cesta petrolera pasó de 81 a 107 dólares por barril. El precio del dólar en el mercado paralelo cayó de 6.600 bolívares a 3,55 bolívares fuertes. A pesar de lo anterior, en un país cuyo consumo depende cada vez más de las importaciones, los precios no han bajado. Por el contrario, en el rubro de alimentos la inflación anual ha pasado de 29% a 42%. Más aún, cuando uno abre el periódico se encuentra a cada rato con que los bonos de la deuda externa venezolana están cayendo. ¿Por qué no bajan los precios, si ha bajado tanto el dólar? ¿Por qué se deteriora la cotización de nuestra deuda externa, si los precios del petróleo han subido tanto? Las respuestas a estas preguntas tienen matices distintos, pero todas pasan por el camino de la (falta de) confianza.

¿Por qué ha bajado el dólar en el mercado paralelo? Porque el gobierno decidió, en algún momento después del 2D, que era necesario intervenir ese mercado como estrategia para frenar la inflación. Dentro de las pocas alternativas de política que superan el filtro de su propia ideología, intervenir significa dos cosas. Por un lado, salir a vender dólares, aumentar la oferta de divisas. Por el otro, subir el encaje legal (para que los bancos tengan menos dinero disponible para prestar), lo que conduce a una fuerte subida en la tasa de interés y le pone freno al crédito.

¿De dónde salen esos dólares que aumentan la oferta de divisas? De las exportaciones petroleras, por un lado, y de nuevas emisiones de deuda, por el otro. ¿Y por qué hace falta emitir más deuda, con el petróleo a más de cien dólares por barril? Porque las exportaciones petroleras no son suficientes para satisfacer la demanda de dólares (mezcla de avidez y de necesidad) de los venezolanos. El año pasado CADIVI liquidó en divisas el equivalente a 63% de las exportaciones petroleras. El monto restante no alcanzó para cubrir los pagos de deuda externa, los traslados al FONDEN, y la salida de capitales privado (que totalizó una cifra sin precedentes desde el gobierno de Luis Herrera). Por esa razón, nuestras reservas cayeron 5.742 millones de dólares. Por esa razón es necesario emitir deuda nueva.

Ahora bien, bajar la cotización del dólar en el mercado paralelo a punta de emisiones de deuda no es una buena idea. Esa es una variante de lo que hizo Luis Herrera (1979-1983), endeudándose para mantener el 4,30 (condujo al Viernes Negro) y más tarde Jaime Lusinchi (1983-1988), agotando las reservas internacionales para mantener su sistema de tipos de cambio múltiples (condujo al Caracazo).

Y así, como detrás de esa caída no se encuentra un cambio en las expectativas, en la confianza en nuestra moneda, el mercado percibe (correctamente) que esa estrategia no es sostenible, y se muestra reacio a bajar los precios.

Algo similar ocurre con nuestra deuda externa. Cuando el gobierno venezolano emite una deuda, los banqueros de inversión buscan qué otras deudas soberanas existen, y le exigen un rendimiento similar (ajustado por plazos y por riesgos). En el caso de los títulos emitidos más recientemente, esa cifra se encontraba hace dos semanas alrededor de 10%. Hoy en día, a esos títulos se les exige entre 11% y 12%; un 7% por encima de los títulos de deuda de los Estados Unidos, y mucho más que cualquier otro gobierno latinoamericano.

Quienes se aferran a los títulos de deuda venezolanos argumentan que los “fundamentos” no han cambiado, que la caída reciente es “irracional”. Una posible sobre-reacción al veredicto que sobre los computadores de las FARC se dictaría el jueves, o acaso también al lanzamiento de Isea para gobernador de Aragua (¿y quién se va encargar de las finanzas públicas?). Debe haber algo de eso. Pero no se puede negar que todo el tinglado que ha tejido el gobierno alrededor de las finanzas públicas hace que muchos de esos fundamentos sean invisibles. ¿Cuánto hay acumulado en todos los fondos distintos a reservas internacionales (FONDEN, Miranda, etc.)? ¿Cuánto está produciendo PDVSA y cuáles son sus niveles de inversión? Todo esto conforma los “fundamentos”. Y el gobierno ha escondido esos fundamentos, invitando a los inversionistas a hacer una enorme profesión de fe cargando una vela única: El precio del petróleo. Siendo así, la cotización de la deuda venezolana no puede sino exhibir esa volatilidad de la que hemos sido testigos en estos últimos días.

Detrás de todas estas paradojas está el mismo factor: La falta de confianza. La percepción de frágil equilibrio que existe alrededor de la política económica. ¿Soluciones? Sí hay, y a manos llenas. Promover la inversión, hacerle la vida más fácil, no sólo a los grandes productores, sino también a los pequeños. Tratar de aumentar la oferta, de incorporar al mercado a nuevos productores, grandes, medianos y pequeños, concentrando la tarea del gobierno allí en donde se hace urgente: Seguridad ciudadana, salud, educación, vivienda y administración de justicia. Institucionalizar los fondos en dólares que mantiene el gobierno en el exterior, ponerlos a la vista de todos, y crear mecanismos de rendición de cuentas. Ambas estrategias (y casi cualquier otra que procure devolverles la confianza a los venezolanos en sí mismos y en su economía) pasan por la pérdida de control por parte del gobierno.

Para Ultimas Noticias, 18/05/2008

jueves, 15 de mayo de 2008

¿Qué tienen esos bonos que ver conmigo?

¿Qué ha pasado con los bonos de la deuda externa venezolana? ¿Por qué su precio se ha desplomado en los últimos días? Si yo no compré bonos, ¿qué tiene eso que ver conmigo? Escribir sobre estos temas es proponerle al lector un camino árido, una especie similar a La carretera de Cormac McCarthy. Pero hagamos la prueba.

En algún momento, después del referéndum del 2D, el gobierno decidió frenar la inflación interviniendo en el mercado paralelo. Dentro de las pocas alternativas de política que superan el filtro de su propia ideología, intervenir significa dos cosas. Por un lado, salir a vender dólares, incrementar la oferta de divisas. Por el otro, subir el encaje legal (para que los bancos tengan menos dinero disponible para prestar), subir la tasa de interés y ponerle un freno al crédito.

¿De dónde salen esos dólares que incrementan la oferta de divisas? De las exportaciones petroleras, por un lado, y de nuevas emisiones de deuda, por el otro. ¿Y por qué hace falta emitir más deuda si el petróleo venezolano hace rato superó los cien dólares? Porque las exportaciones petroleras no son suficientes para satisfacer la demanda de dólares, mezcla de avidez y de necesidades de consumo, de los venezolanos. Ya el año pasado Cadivi liquidó en divisas el equivalente a 63% de las exportaciones petroleras. El monto restante no alcanzó para cubrir los pagos de deuda externa, los traslados al Fonden (y afines), y la salida de capitales privados (que totalizó una cifra sin precedentes desde el gobierno de Luis Herrera, QEPD). Por esa razón, nuestras reservas cayeron 5.742 millones de dólares. Por esa razón es necesario emitir deuda nueva.

Ahora bien, bajar la cotización del dólar en el mercado paralelo a punta de emisiones de deuda no es una buena idea. Es una variante de lo que hizo Luis Herrera (endeudándose para mantener el 4,30) y más tarde Jaime Lusinchi (agotando las reservas internacionales para mantener su sistema de tipos de cambio múltiples). Nada que ver con promover la confianza, el ahorro y la inversión.

Quienes se aferran a los títulos de deuda venezolanos argumentan que los “fundamentos” no han cambiado, y que la caída reciente es “irracional”. Una posible sobre-reacción al veredicto sobre los computadores de las FARC que se dictaría ayer jueves, o acaso también al lanzamiento de Isea para Gobernador de Aragua (¿y ahora quién se va encargar de las finanzas?). Sin duda debe haber algo de eso. Pero no se puede negar también que todo el tinglado que ha tejido el gobierno alrededor de las finanzas públicas hace que muchos de esos “fundamentos” sean invisibles. ¿Cuánto tiene el gobierno acumulado en todos los fondos distintos a reservas internacionales? ¿Cuánto está produciendo Pdvsa, cuáles son sus verdaderos niveles de inversión? Todo esto conforma los “fundamentos”. Y el gobierno ha escondido esos fundamentos, invitando a los inversionistas a hacer una profesión de fe cargando una vela única: El precio del petróleo. Siendo así, la cotización de la deuda venezolana no puede sino exhibir esa volatilidad de la que hemos sido testigos la semana pasada. Como decía Carlitos González (QEPD también): Quien con infantes pernocta, excrementado alborea.

Para El Universal, 16/05/2008

jueves, 8 de mayo de 2008

El Coquito del progreso

Por donde quiera que uno va, en todo lo que uno lee y escucha (otras formas de ir), hay una sensación colectiva de desequilibrio; es como si ese conjunto de experiencias fragmentadas que constituyen nuestra realidad estuviese a punto de caer, sin malla protectora, sin tejido, sin amortiguación. Ocurre en el área social, en la arena política, o en el terreno resbaladizo de la economía. Uno sabe que una sociedad no puede consumir todos los años mucho más de lo que produce. Sabe que es difícil mantener el dólar barato, si en lugar de sujetarlo la confianza, lo hace el gobierno liquidando a manos llenas sus tenencias de divisas. Sabe que ahogar al sector privado es una estrategia suicida y empobrecedora, porque más del setenta por ciento de la producción, más de nueve millones de empleos (formales e informales) y un poco menos de la mitad de la recaudación tributaria, provienen de ese sector. Así, con el conocimiento pleno de lo frágil que resulta nuestro equilibrio, vamos siendo testigos todos los días éstas y muchas de las otras cosas que ocurren en otras áreas (para no pecar de economicista). Es como la lluvia sobre los tejados de zinc de El Coronel no tiene quien le escriba, un ruido sordo, permanente. Un recordatorio.

La mayoría de los consensos sobre los cuales se fundamenta la noción de equilibrio, es decir, los primeros pasitos, el Coquito del progreso, han sido tergiversados durante todos estos años. La autosuficiencia, la creación de riqueza, la eliminación de la pobreza sobre las bases de las capacidades de los individuos para generar ingresos, la eficiencia del sector privado y la necesidad de concentrar la tarea del sector público en aquellas áreas en donde el mercado no provea, en donde el déficit de atención social acumulado así lo exija, ya no forman parte del conjunto de ideas con el que todos estaríamos de acuerdo. Se ha puesto mucho énfasis en la dependencia, la redistribución, la dádiva atada a la complacencia política, la eliminación de la pobreza vía transferencias gubernamentales, la presencia omnipotente de un Estado que aunque no ha sido capaz de proveer salud, vivienda, educación o seguridad ciudadana, pretende ahora fabricar cemento, proveer electricidad y comunicaciones, repartir alimentos, subir y bajar gente en teleférico.

Habrá que empezar de nuevo, acaso con el aliciente de que aquello que se aprende y desaprende con tanta frecuencia nunca termina por encontrar raíz fija. No somos un país rico. En la apoteosis de nuestra bonanza, el ingreso petrolero apenas alcanza para siete dólares diarios por habitante. Con eso no salimos de aquí.

La campaña para elegir autoridades regionales es una excelente oportunidad para promover acuerdos alrededor del tipo de valores que nos podrían conducir por una ruta distinta, la del progreso. Si esos consensos que nos podrían hacer mejores se han debilitado, hace falta un nuevo liderazgo que, más que prometer y complacer, persuada, convenza, y rescate la importancia del esfuerzo y del trabajo. No seguir ese camino, montar la estrategia electoral sobre la misma demagogia, sólo conseguirá reivindicar el estilo de vida y los valores que el chavismo le ha propuesto a Venezuela.

Para El Universal, 09/05/2008