miércoles, 25 de junio de 2008

La muerte en la otra esquina

Para Sándor Márai la apatía, “ese estado de ánimo con que la gente responde al peligro constante y agudo con una total indiferencia”, se produce “cuando la población comprende que ha sido abandonada y que no tiene nada más que aguardar”. Cada vez que vuelvo a transitar lenta y automáticamente la subida del boulevard de El Cafetal en ruta hacia el Cementerio del Este, me pregunto si no habrá algo de eso en todo lo que nos está pasando por estos días. Algo de ese sentimiento de abandono, de pérdida de esperanza en una realidad distinta. Hay dentro de nosotros un proceso químico que consigue ahogar esa angustia breve que nos causa el hecho de que las muertes cada vez sean más frecuentes y más próximas.

Según el CICPC en 2007 ocurrieron 12.829 homicidios. Esa cifra se beneficia de la dudosa práctica de excluir las muertes por enfrentamientos con la autoridad. El número más alto de homicidios registrado en Venezuela antes de la revolución fue 4.961 (1996). Por cada cien mil habitantes, el país ha pasado de promediar 20-22 homicidios durante toda la década de los noventa, a una cifra que oscila entre 45-47. Si se agregan las muertes en averiguación y las ocurridas por resistencia a la autoridad (esas a las que el Ministro del Interior y Justicia le suele resaltar sus virtudes profilácticas) la cifra totaliza 65-67 homicidios por cada cien mil habitantes. Tres veces más que hace diez años.

De acuerdo con el conteo realizado por Iraq Body Count (www.iraqbodycount.org), desde que se inició la guerra en Irak hasta el final del año pasado habían ocurrido un total de 88.986 muertes civiles por causa de la violencia. En ese mismo período, las cifras del CICPC para Venezuela arrojan 56.111 homicidios, pero si se agregan las muertes en averiguación y las ocurridas por enfrentamientos con la autoridad se alcanzan los 85.096. Con base en fuentes oficiales, se puede concluir que la violencia nos ha cobrado un número de vidas idéntico al de la guerra en Irak.

Dentro de ese sombrío panorama Caracas ocupa un lugar especial. Aquí la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes alcanzó en 2007 la cifra de 127, casi duplicando el promedio (71) registrado entre 1990-1998. A manera de referencia, cualquier valor por encima de 20 es considerado por estándares internacionales como “zona de peligro”. El promedio de las capitales mundiales es de 11, Ciudad de México registra 28, y Río de Janeiro, otrora considerado como la meca del crimen, 48. Bogotá ha pasado de 80 a 23 en diez años.

Esas estadísticas son casi tan asombrosas como las formas de vida que a raíz de su ocurrencia se van haciendo comunes entre nosotros. Por ejemplo, ese orden de prioridades según el cual la inflación en alimentos es una amenaza electoral capaz de engendrar una gran rueda de prensa, plan nacional y “pacto con la oligarquía” incluido, mientras se mantiene un silencio de sepulcro muy acorde con la muerte a manos llenas de civiles venezolanos. Y más aún, esa apatía que el gobierno le ha logrado contagiar a la sociedad, esa resignación con que observamos cómo la trama de la vida, esa sucesión de imágenes y escenas, se va quebrando en pedazos ante los ojos de los que vamos quedando vivos.

Para El Universal, 27/06/2008

miércoles, 18 de junio de 2008

Propietarios habituales

Escotet desembucha. Mendoza no pongas tus reales en dólares. Tráetelos para acá. Vamos a invertir en Venezuela. Yo creo que tengo moral para pedírselo. Pero eso sí, socialismo. Voy a eliminarles unos requisitos para comprar dólares baratos, pero mosca. Estaré vigilante. Como vea que han fraccionado las solicitudes o que hicieron alguna trampita, se acabó.

Eso es el capitalismo (o el socialismo) para el régimen. El sector privado es un puñado de empresarios. El Presidente viene a pedirles que inviertan, que bajen los precios, que dejen la especulación. Debe haber sido el clímax para Vladimir Villegas, quien vive pregonando aquello del “margen justo de ganancias”. Es decir, gánate algo, pero que no sea mucho, “gánate algo que sea justo”. ¿Quién decide cuánto es “lo justo”? ¿Cuánto se debería ganar un vendedor de perros calientes? ¿Y un productor de leche? ¿Y un banco? ¿Quién decide cuánto se deberían ganar quienes se dediquen a las miles de actividades que conforman nuestra economía? ¿El Estado? ¿El Estado nuestro, el de la inflación de alimentos en 49%, el que provocó la escasez, el que nos vendió el bolívar fuerte y la economía fuerte; ese que diez años después se nos presenta como si fuese un nuevo candidato?

El problema de la especulación es un problema de (falta de) competencia. El propio gobierno ha promovido una situación política y económica que garantiza que no van a surgir nuevos productores. Quienes ya están adentro gozan de una posición privilegiada. Han corrido un enorme riesgo y exigen en contrapartida una ganancia acorde. Para quienes están afuera las barreras a la entrada son infranqueables. Eso no tiene nada que ver con el capitalismo. Llámesele como se le llame, eso fue lo que nos trajo hasta aquí, el telón de fondo del empobrecimiento progresivo.

Venezuela se encuentra en el lugar 172 del último ranking de ambiente de negocios del Banco Mundial (de 178 países). Es decir, sólo hay seis lugares del planeta en donde es más difícil producir que aquí. Ocupamos los últimos lugares en facilidad para abrir un negocio, para contratar trabajadores, para exportar, para ser protegido de violaciones a la propiedad privada, para declararse en bancarrota. Esa es la verdadera radiografía de nuestro sector privado. Si queremos menos especulación, más producción y más trabajo, tenemos que trabajar es ahí, en darle al mayor número de venezolanos posible la oportunidad de ser productor. Eso sí cuesta trabajo, bastante más que las cuatro horas de arenga revolucionaria de hace dos miércoles.

Mientras eso no cambie, el gobierno sólo tendrá que lidiar con un grupo muy pequeño de empresarios. Los revolucionarios no han resultado, no les gusta crear, crecer, producir, tienen una afición desmedida por la riqueza fácil. Nada se crea, todo se transfiere. Este esquema garantiza que dentro de algún tiempo volveremos a tener la misma reunión: El mismo Presidente, los mismos empresarios. Los mismos de siempre.

Por cierto, al salir de aquí, afuera, a la derecha, hay un mini set de televisión, con un enorme lienzo detrás alusivo al reimpulso productivo. Ya ustedes saben. Ahora Venezuela es de todos. De todos los que estamos sentados aquí esta noche.

Para El Universal, 20/06/2008

miércoles, 11 de junio de 2008

Lo nuevo es más de lo mismo (versión ampliada)

Para tener una idea de la clase de atolladero en que estamos metidos es necesario poner las cosas que nos están pasando dentro de cierto contexto. Por ejemplo, en el mes de mayo la inflación en alimentos (7,5%) fue la mayor desde la crisis bancaria del segundo gobierno de Caldera. La variación de precios en ese rubro en los últimos doce meses (49,3%) estuvo apenas por debajo del nivel máximo de la última década, registrado en el delirio pleno del paro nacional. Ya nadie se acuerda del bolívar fuerte, de la economía fuerte, del país fuerte. Armando León, pregonero traslúcido del milagro que representaría la reconversión monetaria, no aparece por ninguna parte.

Todo este caos sin crisis bancaria, catástrofe natural, paro nacional o golpe de Estado de por medio. En los últimos siete meses el gobierno trató de tomar medidas en el único frente de política en el que es capaz de actuar: La demanda. Restringió la liquidez (creció menos de 1% entre enero-mayo). Salió a vender dólares en el paralelo. Procuró ejecutar el gasto con algo de moderación. No ha dado resultado. Los días en que existía una enorme capacidad ociosa y las políticas de demanda tenían efectos sorprendentes en términos de crecimiento e inflación han quedado atrás.

Ahora estamos atrapados en una suerte de callejón sin salida. Seis años sostenidos de alza en los precios petroleros nos han puesto cara a cara con el verdadero demonio venezolano: La ausencia de inversión, de trabajo, de producción. El entorno que rodea al sector privado no podría ser peor. Los pésimos ejemplos de SIDOR y CEMEX tienen a los trabajadores alzados, haciendo peticiones imposibles, cerrando la entrada a las instalaciones y amenazando a sus propietarios privados con el gobierno si no cumplen. Chávez acaba de pedir a los trabajadores de SIDOR más trabajo y menos conflicto. Ya es muy tarde.

En ese contexto el Presidente se le presentó el miércoles pasado a la nación, acompañado de un pequeño grupo de empresarios venezolanos. Llamó a una nueva alianza, sin especificar en ningún momento cuáles serían las bases de ese acuerdo. Mucha necesidad, muy poca convicción. Dijo que el desempleo al cierre de mayo (7,0%), era el más bajo en la historia “desde que se lleva esta estadística”, omitiendo el 4,3% registrado el primer año del gobierno de Herrera, o más aún el 6,9% que prevalecía cuando ocurrió el (su) golpe de estado en 1992. Aseguró que CADIVI había frenado las fuga de capitales “que ocurrían antes”, pero el año pasado el BCV reportó una cifra de acumulación de activos privados en el exterior superior a los 16.500 millones de dólares, sin precedentes desde el gobierno de Herrera (y en muy parte estimulada por el propio gobierno a través de las operaciones de compra de bonos bolívar-dólar). Le echó la culpa de nuestra inflación a la crisis de Estados Unidos, como si nuestra inflación fuese importada: cuando los bienes importados al mayor registran una inflación de menos de la mitad de los bienes nacionales.

De allí pasó a los anuncios. Más subsidios a la producción, ruedas de inversión, plan de “fábricas socialistas adentro”, pero ningún cambio en las condiciones de negocios. Condonación de créditos a los deudores de FONDAFA que “perdieron capacidad de pago”, sin analizar si esa pérdida de capacidad se debió a que el propio gobierno los quebró vía importaciones baratas, decretos, controles o impuestos. Flexibilización del control de cambio, para hacer expeditas importaciones de bienes de capital por debajo de 50.000 dólares (¿qué “bien de capital” cuesta menos de eso?). Más de lo mismo. La única novedad, la eliminación del ITF, nos devuelve a la situación previa a noviembre 2007, habiendo causado en ese breve lapso de seis meses estragos sobre la inflación. Una reducción puntual (one-time-effect). Eso nos ayudará a bajar un peldaño o dos, no a cambiar la pendiente de la escalera.

Para El Universal, 13/06/2008

miércoles, 4 de junio de 2008

Segundo semestre: ¿Ni una dieta más?

Para quienquiera que haya aconsejado la implementación de un paquete de medidas que ayudaran a aterrizar nuestra desbocada economía, los resultados no han podido ser menos alentadores. Es decir, lo levantaste a trotar cinco kilómetros todas las mañanas, le serviste de desayuno y cena cereal sin azúcar y leche descremada (suponiendo que la encontraste), le eliminaste las comidas entre comidas, los dulces, las grasas, las fritangas, y seis meses después continúa engordando.

Entre noviembre y mayo el gobierno se ha dado a la tarea de vender dólares en el mercado paralelo, reduciendo la cotización en 47%. Liquidó activos públicos y, aún más, se endeudó (al mejor estilo de Luis Herrera) para ceder dólares al sector privado. Todo esto a través de un mecanismo ingenioso que disfraza la pérdida patrimonial causada por la inversión en bonos soberanos de otros países latinoamericanos. La liquidez se mantiene estancada (ha crecido 1,2% en 2008). El sistema de encajes incrementales le ha puesto un freno al crédito, subieron las tasas de interés. También se ha notado cierta moderación en el impulso fiscal, algo difícil de predecir ante la inminencia de unas elecciones regionales que el gobierno se empeña en convertir en plebiscito. El crecimiento de la producción y del consumo se ha desacelerado. Todo un soft-landing a-la venezolana.

Y he aquí que, tras ese enorme esfuerzo, la inflación sigue subiendo: 29% en los últimos doce meses a nivel del consumidor y 43% en alimentos. Peor aún, 28% para el 25% más rico de la población; 33% para el 25% más pobre. ¿Y entonces? ¿No era la inflación un fenómeno monetario? ¿Por qué no cede?

Por (al menos) tres razones. Durante los cinco años previos el crecimiento de la liquidez ha sido brutal: 58%, 48%, 52%, 70% y 29%. Ese es un fenómeno económico interesante que amerita más investigación: ¿Por qué esa enorme inyección de circulante no se tradujo en una mayor inflación? Más allá de la respuesta, una fracción de esta inflación de hoy está sustentada en la expansión monetaria de ayer.

En segundo lugar: No se puede hablar de inflación sin hablar de oferta, de productores, de inversión, de clima de negocios, de empleo productivo (aunque bastante que han tratado). Ahora se anuncian nuevas reuniones con el sector privado, se hacen llamadas de cortesía desde el despacho de la Presidencia, se procura un acercamiento. El problema está en que, como diría Javier Marías, el gobierno lleva sus probabilidades en sus venas. Mucha necesidad, mucha urgencia, y muy poca convicción. Y eso nos lleva a la tercera razón: Las expectativas. En economía (y en muchas otras áreas), el problema está en que aún haciendo las cosas bien, si no te creen no da resultado. Y aquí conviven la política monetaria restrictiva con la metralla diaria de declaraciones y actuaciones que deterioran a diario las pésimas expectativas que ya de por sí existen alrededor de la economía (con todo y el petróleo a 115 dólares).

El segundo semestre será interesante. El gordo se está hartando de los sacrificios de la dieta sin resultados. Lleva sus probabilidades en las venas. Cada subida a la báscula es una nueva interrogante. Las elecciones cada vez están más cerca.

domingo, 1 de junio de 2008

Book Reviews: La carretera, Cormac McCarthy

Nombre: La carretera (The road)
Autor: Cormac McCarthy
Nacionalidad: Estados Unidos
Género: Novela
Editorial: Mondadori
Año de publicación: 2006 (original), 2007 (versión en español)
Número de páginas: 210
Premio Pulitzer 2007

"Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado su mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pié envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz hacia el este, pero no lo había".

Así comienza la travesía de un padre y su hijo por un territorio norteamericano sobre el que aún se observan residuos de llamas de un enorme incendio, de una posible hecatombe nuclear. Los dos protagonistas, y aún los pocos sobrevivientes con los que se habrán de topar en el camino (en la carretera), no tienen idea de qué ha sucedido. Del suelo se levantan columnas de humo, nada que comer, no hay agua limpia, hace frío, apenas sobreviven algunas pequeñas colonias o grupos de seres humanos en andrajos, abandonados a su propia suerte, que se canibalizan y persiguen unos a otros en el esfuerzo por prolongar su existencia. "Papá, ¿cuál es nuestro plan de largo plazo?". No es una frase sacada al azar de estas páginas tan áridas, salidas de la boca tiznada de un niño obligado a convivir demasiado pronto con el lado más oscuro, es el leitmotiv de la novela. Leyéndola recordé aquél viejo chiste de Woody Allen, acerca de la conversación entre dos mujeres mientras cenan en un restaurante francés: "¿No has notado que la comida en este restaurant tiene un sabor muy parecido a la mierda?" "Sí, ¡pero eso no es lo peor! Lo peor es que las porciones son super-pequeñas". La vida es así, todos nos quejamos, todos anhelamos una mejor, la mayoría de las veces el mundo no es un lugar demasiado agradable, pero todos vivimos esforzándonos por prolongar nuestra estadía.

Ese es el principal motivo que encuentra el lector para seguir adelante, su identificación, y acaso también su curiosidad por el resultado, con ese enorme esfuerzo por preservar una existencia sin sentido. Ese, claro está, y la extraordinaria forma en que McCarthy describe el transitar de padre e hijo, con algunos pocos víveres y mantas arrumadas en un maltrecho carrito de supermercado, por el paisaje baldío, el mar color de plomo, los peces muertos, los cadáveres mutilados por el holocausto o sus sobrevivientes, las aldeas abandonadas, la carretera.

" - ¿No tienes una historia alegre que contarme?
- Son más bien como la vida real.
- Y las mías no lo son.
- No, las tuyas no.
- ¿La vida real es muy mala?
- ¿Tú qué piensas?
- Bueno, yo pienso que todavía estamos vivos. Nos han ocurrido muchas cosas malas, pero todavía estamos aquí.
- Sí.
- No te parece que eso sea tan estupendo.
- Puede".

McCarthy intercala los pensamientos de los protagonistas, los recuerdos de la infancia del padre, la narración de la travesía, y algunos encuentros fugaces con otros seres vivos, con un conjunto de diálogos en donde no siempre es evidente quién es el padre y quién es el hijo, quién es el hombre, y quién es el niño. Quizás en un entorno tan desprovisto de perspectivas y de contextos, en un escenario en donde el hombre ha sido devuelto a una condición tan primitiva, las diferencias no sean tan evidentes. Así transcurren las 210 páginas. Una prosa extraordinaria para describir una aproximación única, muy distinta a las formas y los moldes tradicionales, al estudio (bastante más frecuente) del motivo de la existencia humana. Porque lo que sí está claro, es que ninguno de nosotros tiene plan de largo plazo. No si el plazo es suficientemente largo.

Mis pasajes favoritos...

"Echaron a andar por el asfalto bajo una luz gris plomo, arrastrando los pies por la ceniza, cada cual el mundo entero para el otro"

"Pensó que si vivía lo suficiente el mundo se perdería por fin del todo. Como el agonizante mundo que habitan los ciegos nuevos, todo él disolviéndose lentamente en la memoria"

"En la carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí sólo, se han llevado consigo el mundo. ¿En qué difiere lo que nunca será de lo que nunca fue?"

"Él pensaba que en la historia del mundo tal vez incluso habría más castigo que crimen pero ese era un magro consuelo"

"Un pantano muerto. Árboles muertos surgiendo del agua gris con colgajos de una turba gris y residual. Las salpicaduras de ceniza sedosa en el encintado. Tal vez en su destrucción sería posible al fin ver cómo estaba hecho el mundo. Oceános, montañas. El fatigoso contraespectáculo de las cosas dejando de existir. La extensa tierra baldía, hidróptica y fríamente secular. El silencio."

" - Quiero estar contigo.
- No puede ser.
- Por favor.
- No. Tienes que llevar el fuego.
- No sé cómo hacerlo.
- Sí que lo sabes.
- ¿Es de verdad el fuego?
- Sí.
- ¿Dónde está? Yo no sé donde está el fuego.
- Sí que lo sabes. Está en tu interior. Siempre ha estado ahí. Yo lo veo."