miércoles, 18 de febrero de 2009

La encuestomancia y otras nuevas profesiones

Fue en ese confuso período entre 2002 y 2004. En las últimas elecciones, varios años atrás, Chávez había vencido a Arias Cárdenas e inaugurado su primer período neo-constitucional, tras dos años en el poder (“la ñapa” del TSJ). El precio del petróleo había empezado a caer y la revolución a trastabillar, pero no había ningún evento electoral a la vista. Se respiraba cierta percepción de cambio en el frágil equilibrio de la preferencia popular, pero no teníamos forma de contarnos.

Esa circunstancia alumbró a un grupo de “nuevas profesiones”, de esas que no se enseñan, ni tampoco se aprenden, en ninguna parte. De todas acaso la más célebre, la menos original, y también una de las que persiste en nuestros días, sería el “analista político”. Pero había más. Quizás la muestra más representativa de nuestra inmadurez haya sido aquél breve fulgor que registraron los “expertos en mediciones de marchas”. Se presentaban en la TV con algunas fotos aéreas. Según discurrían, la concentración no había sido tan apretada, fíjate que aquí va uno y sólo un poco más allá es que aparece otra señora, lo que da una densidad, en este sector de la marcha, de dos personas y media por metro cuadrado… Tomando en cuenta que la avenida tenía dos canales, a cuatro metros por canal, y que había gente también caminando por la acera… restando los carritos de helados y considerando que la marcha se prolongó tantos kilómetros a una velocidad de… y con aire solemne proclamaba… podemos concluir que había 187.942 personas. Y al día siguiente amanecía en los titulares de todos los periódicos de circulación nacional.

El referéndum del 15A 2004 acabó con las marchas por un buen tiempo, dando al traste con la nueva profesión y sus recién estrenados expertos. Ese colapso (en el mejor estilo de Jared Diamond) no le ocurriría a la tercera de las nuevas profesiones: La encuestomancia. Es decir, aquí ya los números eran lo de menos, lo importante es la historieta: Hay un grupo a favor, otro en contra, y un grupo “colchón”, que ayudará luego a los encuestólogos a cuadrar sus predicciones con los resultados. Algunos han tenido más aciertos que otros (hasta los relojes malos aciertan la hora de vez en cuando). Esos otros, sin ninguna vergüenza, se aparecen a la mañana siguiente en los medios, muy orondos, a insistir en que ellos “ya lo habían advertido”, que había una gran volatilidad dada la presencia de un amplio sector que, cuando la pregunta se le hacía al revés y se redactaba en letra roja, cambiaba su respuesta.

Sentado frente al TV el domingo pasado, luego de pasar el día tratando de conjugar los resultados de los exit polls con la inequívoca sensación de derrota, no pude menos que reconocer todo lo que la oposición ha madurado (aunque nos falte), todo lo que esta retahíla de elecciones le ha traído a nuestra manera de asimilar nuestras crisis (aunque algunos siguen pegados en el voto oculto, en la trampa). Siete años después, el petróleo se nos ha venido abajo y la revolución vuelve a trastabillar. Nuestra particular versión de Madoff, nuestro Stanford Bank, nuestra menguada ilusión de armonía, se acerca a su fin. Es la hora de otra profesión de dudosa procedencia: la economía.

Para El Universal, 20/02/2009.