jueves, 23 de abril de 2009

La economía, el miedo y la identidad (versión ampliada)

Según escribe Orhan Pamuk el miedo es uno de los factores que definen de forma más clara eso que llamamos la identidad nacional. Se refiere a qué cosas le tiene miedo una sociedad, que no siempre son los mismos miedos que desde el poder se procura sembrar para inhibir la identidad. Se refiere, por ejemplo, al temor que sienten los habitantes de Estambul por los terremotos. Cuando de niño visitaba España, el temor principal era no volver a recuperar la libertad; años después el primer lugar lo llegó a ocupar el temor por los excesos en el ejercicio de la libertad.

En Venezuela es evidente que existen algunos miedos muy compartidos, entre los que se cuentan el miedo a morir (de forma anticipada, se entiende, cualquier cosa que eso signifique) o a ser secuestrado. También está muy presente el miedo a perderlo todo, a verse obligado de repente a cerrar las puertas del pasado, del abasto, el kiosco, el negocio o el apartamento, salir del país, y vivir con la duda inútil de qué pasó con todo aquello, quién entró primero, cómo ocurrió todo, entre quiénes se lo dividieron, etc. Estas últimas imágenes han sido regadas por allí como derivados de la experiencia cubana, por un grupo de ciudadanos marcados por la suerte, que están a punto de empezar a atravesar por ese mismo túnel oscuro. Dos revoluciones en el horizonte de una sola vida es algo así como demasiado.

También hay miedo a quedarse en Venezuela y darse cuenta un día de que “ya es muy tarde”, como si esa línea se fuese a presentar de forma evidente y marcada, y no fuese más la consecuencia de un deterioro gradual y sostenido, a partir del cuál es imposible definir con exactitud en qué momento se nos hizo “demasiado tarde”.

Todo esto me vino a la mente a raíz de los comentarios que surgen cuando me invitan a hablar sobre la economía venezolana en diferentes lugares del país. Por ejemplo, ya es común que, al poco rato de empezar, alguien se levante y comente, con un tono cordial que va mudando poco a poco, qué hacemos hablando de economía, de curvas y de importaciones, en medio de las cosas tan graves que están ocurriendo en el país. Tengo la certeza de que este personaje asiste no tanto para dirigirse a mí, sino a los demás, acaso también a sí mismo. También ya es bastante común cierto personaje macabro, que ya cerca del final, comenta (en volumen intermedio, como quien se dirige a alguien al lado con la intención no demasiado oculta de ser escuchado por todos): “¡Ahora sí se va a poner bueno esto!” No tengo ni idea de a qué se refiere. La caída del petróleo en nuestro caso equivale al fin del apoyo soviético a Cuba, y lo que se nos aproxima es nuestro propio “período especial”. Hay gente que recibe eso con cierta satisfacción, como si hubiesen esperado por años, porque piensan que esas dificultades podrían dar al traste con la revolución. Se olvidan de que en la mayoría de los casos esas crisis han dado al traste con la oposición.

Tampoco falta el optimista a ultranza, el que se levanta y comenta que "ustedes los economistas tienen años diciéndonos que viene una crisis, que viene una crisis, y la crisis no termina de llegar, ¿cuándo va a llegar esa crisis?". La verdad es que cuando escucho estos comentarios pienso que todo depende de qué considera una "crisis" cada quien. Para mí, que el bolívar en el mercado paralelo se haya depreciado 100% en doce meses, que la inflación en alimentos supere el 40%, que los retrasos y la indecisión de CADIVI hayan acostumbrado a nuestra economía a vivir con una escasez de 14% (que en otra época se consideraba escandalosa), ya es de por sí toda una crisis. Eso por hablar nada más de los factores económicos y no caer en otros terrenos, donde la crisis (que no es del todo independiente de la situación económica) es mucho más evidente.

Hay otros, acaso más sensatos, a quienes la caída del petróleo les angustia; hubieran preferido seguir viviendo la bonanza (2004-2008), aunque eso podría significar (a su entender) el fortalecimiento de Chávez. Peor aún, hay gente que salta de un lado a otro, personas a quienes he sorprendido celebrando la caída del petróleo en algún escenario, y lamentándose (y criticando a quienes la celebraban) en otro no muy distante. Ese enorme focus group en el que nos movemos a diario todavía no sabe qué posición tomar ante la caída en los precios del petróleo, no sabe qué significa eso para ellos, no es capaz de distinguir (yo tampoco) entre los efectos que eso podría tener a diferentes plazos. En ese sentido, todavía no tiene una identidad propia, más allá del set de miedos iniciales básicos, no sabe todavía cómo va a vivir su crisis.

Si quieres evaluar u opinar sobre este artículo puedes hacer click aquí

Para El Universal, 23/04/2009