miércoles, 27 de mayo de 2009

¿Viene la comunidad internacional?

Es una mañana limpia y azul, de esas suelen devolver el alma al cuerpo y de las que aquí quedan muy pocas. Allí están, después de pasar el antiguo edificio de oficinas ejecutivas Dwight Eisenhower (según Harry Truman, la monstruosidad arquitectónica más grande en los Estados Unidos) y cruzar a la derecha, frente al jardín norte de la Casa Blanca. Son unos setenta u ochenta tamiles, minoría étnica de Sri Lanka. Se extienden a lo largo de esa franja que separa la plaza de Lafayette de la entrada norte a la residencia del mismísimo Barack Obama.

Tienen una batería de fotos, slogans, panfletos, y consiguen hacer un ruido acorde con una cantidad algo mayor de gente. La minoría Tamil en Sri Lanka (18% de la población) ha estado acosada durante 26 años por el gobierno Sinhalese (76%) y sus fuerzas armadas. Las negativas a reconocer sus derechos políticos han alimentado durante todo este tiempo a los Tigres de Liberación, un movimiento armado concentrado al norte del país. Por estos días, la guerra se aproxima a su final: Los Tigres están cercados. Para tratar de esquivar la muerte han secuestrado a más de doscientos mil tamiles, esos mismos que ellos dicen proteger, manteniéndolos como rehenes cerca de una estrecha playa del norte (irónicamente llamada no-fire zone). Los Tigres no sólo utilizan a sus protegidos como escudos humanos, bombarderos suicidas, etc. Ahora, ante lo parece una inminente victoria oficial, han procedido también a bombardearlos. ¡Sí! A bombardear a los propios tamiles, con la idea de culpar al gobierno de Sri Lanka y tratar de obtener apoyo y protección internacional. Todo eso lo supe aquí, mientras leía los panfletos de los protestantes y conversaba con algunos de ellos. ¿Y cuánta gente ha muerto en este conflicto? Según los estimados se han perdido unas 100.000 vidas, 30.000 en los últimos dos años. Como decía Josef Stalin: Una muerte es una tragedia, mil muertes son una estadística.

El grupo consigue opacar a otros protestantes congregados aquí. Hay uno en particular que me llama la atención. Exhibe un enorme cartel que le cubre la parte de adelante y la de atrás del cuerpo, y clama al gobierno la suspensión de la fusión entre Fiat-GM: No dejemos que los países petroleros quiebren a Estados Unidos. Uno puede presenciar todas estas cosas desde la ventana del Old Ebbit Grill, a un lado de la Casa Blanca, mientras digiere una hamburguesa.

De vuelta a La Lafayette. La tragedia de los tamiles, según se ilustra en las fotos y pancartas, es increíble. Está ocurriendo mientras usted lee esto, como se dice en inglés, as we speak. Seguramente muchos de ellos pensaron que “el mundo” (cualquier cosa que eso signifique) no dejaría jamás que ese horror se apropiara del lugar. Seguro a ellos les parece increíble que la comunidad internacional (otro sin-lugar) no haya acudido al rescate. Así es la vida. Es una buena lección para nosotros, simples ciudadanos venezolanos que, aún teniendo más muertos que el propio conflicto de Sri Lanka en bastante menos tiempo (113.912 homicidios entre 1999-2006), no tenemos si quiera la posibilidad de acudir a la vecindad de la casa de gobierno para exigirle protección. Y ni hablar de la hamburguesa.

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Para El Universal, 29/05/2009