jueves, 16 de julio de 2009

El Monedero Socialista (versión ampliada)

Ya me ha pasado varias veces, mientras paseo por las hojas de un texto cualquiera y aspiro el olor a pulpa de papel y a novedad que jamás tendrá el Kindle Book de Amazon, que algún otro cliente ocasional pregunta si no ha llegado algo nuevo de Dai Sijie. Del cineasta y escritor nacido en China en 1954, residente francés desde hace más de 25 años, llegaron a Venezuela Balzac y la joven costurera china (2000) y El complejo de Di (2005). El primero es también la base de uno de sus cinco largometrajes (ninguno ha llegado hasta aquí), rodado y prohibido en China. Es difícil inscribir la obra de Sijie dentro de algún género en particular: Describe, desde una óptica surrealista y con una comicidad muy sutil, el absurdo del ideario socialista y su huella dentro de la historia y de la cultura china. Con ambos, el surrealismo, heredado de Buñuel, y la comedia, ya estamos aquí bastante familiarizados.

La última obra de Sijie ha sido publicada en francés en 2007 y su edición en español está en las librerías del mundo desde octubre del año pasado: Una noche sin luna. Hay una escena allí que descubre por qué la obra de Sijie podría haber hecho eco en ese pozo profundo que guarda el ánimo de los lectores venezolanos por estos días. Ocurre en una tienda de verduras comunista propiedad del Estado, pero administrada por funcionarios del régimen. En apariencia todo procede de forma pulcra, las transacciones se anotan en uno de los cuadernos de la revolución con tinta indeleble, con los trazos finos de los dependientes, típicamente ex-oficiales del ejército. El dinero recogido en el día se guarda en una especie de monedero o caja chica. Según el escritor, en una tienda de verduras siempre existe cierto margen de error. Los productos sufren ciertos daños en el traslado y aún durante el día existe cierta merma. Lo que abre, cómo no lo vamos a saber nosotros, cierto margen de maniobra.

De acuerdo con el narrador de esta fase del libro, un joven dependiente recién incorporado a la tienda, “había que ser de los íntimos para arrancarles la verdad sobre el ritual que se celebraba allí todas las tardes, entre el cierre y la reapertura de la persiana metálica”. Prosigue: “¡Qué exaltación! Temblaba de alegría y de miedo… Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, mis manos, mezcladas con las de los otros, arramblaron a ciegas con lo que había sobre la mesa: El dinero del Estado, el monedero del día. Nuestros movimientos eran tan bruscos que el cajón se deslizó por las guías y creí que volcábamos la mesa. Las máscaras habían caído, todos nos habíamos liberado de nuestra fingida obediencia y nuestra confesada culpabilidad; los buenos trabajadores socialistas habían desaparecido; en la oscuridad estábamos al desnudo, como animales sedientos, famélicos, ávidos de dinero. La pequeña verdulería se había transformado en una especie de cubil: Ya no nos veíamos, pero oíamos nuestros jadeos, nuestros resoplidos de animales. Cuando la luz volvió a encenderse… allí estaban todos, fingiendo contar las monedas que habían quedado sobre la mesa, tranquilos, impasibles, tan serios como contables auténticos”.

Este párrafo me ha venido a la mente a raíz del debate creado dentro del chavecismo tras las denuncias de otro Monedero, Juan Carlos, acerca de los vicios del régimen que inhiben el florecimiento del sistema socialista que se procura implantar: El hiper-liderazgo, la burocracia, la corrupción, el militarismo (específicamente la conversión de las cooperativas en milicias), el rentismo. En una conversión muy cordial que he sostenido con él recientemente ha ido un poco más allá: Hay cosas en el ideario venezolano que no son consistentes con las premisas socialistas. Sería interesante preguntarse cómo Juan Carlos ha tardado tanto tiempo en darse cuenta de los unos (los que utilizan la mampara socialista para acumular fortuna) y lo otro (que existe un divorcio evidente entre nuestros valores y la propuesta socialista). Pero ese no es el punto principal. En cualquier caso, para su desgracia o fortuna (está por verse), Juan Carlos ha encontrado cierto eco en una fracción nada despreciable de la militancia socialista. Leyendo a Sijie, uno no puede sino concluir que su decepción con Venezuela no es cosa nuestra, no es específica (aunque sin duda en nuestro caso el rentismo es un enorme agravante). Eso es así en todas partes. Como se decía cuando yo era pequeño: Aquí, en Letonia y en Pekín. Eso sí, una diferencia clave entre el texto y la realidad nuestra es que allá al menos había cierto esfuerzo por disimular, por guardar algunas de las apariencias.

Para El Universal, 17/07/2009