viernes, 7 de agosto de 2009

Guest Columnist: Ricardo Villasmil: ¿De quién nos independizamos hace 200 años?

Doscientos años después, la lucha por la Independencia sigue siendo el único logro venezolano que nos enorgullece a todos. Sus protagonistas acaparan el grueso de la nomenclatura de nuestros estados, municipios, plazas y obras de todo tipo, y ningún otro pedestal está a su altura. En las versiones y revisiones de nuestra historia, todo lo demás está sujeto a cambio. Épocas, hitos, instituciones, grupos y personajes como el Descubrimiento, la época colonial, la Guipuzcoana, la separación de Colombia, Isabel de Castilla, Colón, los mantuanos, los indios, los negros, los pardos, Carlos III, Miranda, Páez, Santander, Zamora, Guzmán, Gómez y la generación del 28, por nombrar tan solo algunos, pueden ser motivo de orgullo o de vergüenza, héroes o villanos. No así la independencia y su principal protagonista. Ellos son nuestras únicas referencias sólidas.

A pesar de ser la más extensa en el tiempo, nuestra etapa prehispánica no parece ofrecer nada digno de recordación. En nuestra historiografía, el espacio dedicado a ella es prácticamente nulo. Oviedo y Baños y Andrés Bello, por ejemplo, toman el Descubrimiento como punto de partida, algo que contrasta enormemente con el caso de pueblos como el mexicano, el peruano o el guatemalteco, que conservan, estudian y celebran con orgullo su pasado precolombino.

Al pasar a nuestra época colonial, encontramos dos corrientes interpretativas extremas: una que la exalta y otra que la repudia. La primera priva durante el dominio español y nos muestra una imagen bucólica de la vida en América bajo el suave y benéfico yugo del Rey. A partir de la independencia, unos pocos intentan hace un balance equilibrado, pero las pasiones generadas por la guerra y la agenda del nuevo régimen inclinan la balanza hacia la elaboración de una leyenda negra.

El esfuerzo rinde frutos más allá de lo esperado. La leyenda negra desplaza a la dorada se instala en los textos escolares y en el imaginario popular. De la escuela salimos con la idea de que al Descubrimiento de América le suceden trescientos años de oscurantismo y opresión por parte del conquistador español. Hartos e indignados, los americanos un buen día dicen ¡basta!, y de la mano de “una generación de semidioses”, desafían y derrotan al gran imperio español. La independencia aparece como el producto del genio y de la tenacidad de unos pocos, y como consecuencia de ello, conocerla se reduce a memorizar natalicios y batallas, y en sus versiones más extremas, al estudio de las hazañas y de las reflexiones de un solo hombre: Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios. ¿El resto de la población? Bien gracias. Al parecer, no jugaba otro papel que el de recibir a su héroe con coronas de flores a su llegada a la ciudad.

Una vez culminada la gesta independentista, sin embargo, esta corriente historiográfica enfrenta el difícil reto de explicar el doloroso contraste entre las promesas de grandeza y prosperidad de sus promotores y la devastadora realidad, contraste que el propio Libertador reconoce en 1830 ante el Congreso Constituyente de Colombia: “Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás.”

Pero lejos de revisar las premisas volcadas en las primeras páginas, la historiografía tradicional prefirió huir hacia delante. De manera infantil, tal y como afirma la aguda crítica de Mario Briceño Iragorry, concluyeron que el problema estuvo en que la generación de semidioses “engendró una enclenque prole de enanos, incapaces de tomar por ejemplo sus acciones heroicas”. Y de allí en adelante, hemos optado por creerles y vivir a la sombra de unos gigantes, acomplejándonos en la medida en que los alabamos.

Mejor tarde que nunca
Conmemorar 200 años pareciera ocasión propicia para revisar la manera en la cual hemos interpretado y asimilado nuestra historia. La historiografía moderna nos ilumina el camino al permitirnos ver la independencia americana como el resultado de una secuencia de hechos precipitados por la invasión napoleónica de España en 1808, invasión que conduce a los españoles americanos, hasta entonces orgullosos integrantes del Reino, a alzar sus pendones en defensa de Fernando VII sólo para descubrir que su patriotismo es respondido con desconfianza, que sus deseos de mayor autonomía son interpretados como intenciones de independencia y que, en definitiva, son considerados por los peninsulares como españoles de segunda. La disolución de la monarquía, y con ella, de las esperanzas de volver atrás, termina por convencer a las élites americanas de que para mantenerse en la cúspide de una sociedad estamental deben tomar el control del proceso. Como es de esperar, este plan no va a contar con el concurso del resto de la población -pardos, negros e indios- que ven a los españoles americanos –y a los mantuanos en particular- y no a los peninsulares como sus verdaderos opresores. Es precisamente esta realidad el factor más característico de nuestra independencia y el que lleva a Bolívar a lamentarse repetidamente de que la mayor parte de las fuerzas españolas esté compuesta por venezolanos, y a Laureano Vallenilla Lanz a concluir que nuestra Guerra de Independencia fue una guerra civil.

Impermeables a estas y a otras reflexiones, sin embargo, seguimos embobados con la epopeya romántica y novelesca creada por la historiografía tradicional. Y por si esto fuera poco, la tomamos como referencia para fabricar la historia del antes y para juzgar la historia del después como una historia de buenos y malos, como decía Cabrujas, una historia que nos impide entender nuestro pasado y construir nuestro futuro. Y una historia que coloca sobre otros hombros -el Imperio, el gobierno anterior o la oligarquía- la responsabilidad que debería estar sobre los nuestros.

2 comentarios:

freddyff07 dijo...

Espectacular el relato de Ricardo Villasmil. Comparto casi al 100% lo que indica.

Anónimo dijo...

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