lunes, 10 de agosto de 2009

La otra revolución: El espíritu trabaja por dentro

“¿Cómo quiere modernizar el país, si aprisiona, ahoga y mata a sus intelectuales? Usted lo que quiere es convertirnos en instrumentos dóciles y pasivos, mientras la verdadera modernización consiste en formar hombres en plena capacidad y derecho de elegir y criticar.” Esta cita la he tomado del artículo de Juan Goytisolo la semana pasada en El País. Las pronunció el Ayatollah Ruhollah (“alma de Dios”) Khomeini en 1964, cuando ejercía de clérigo en la mezquita de Qom. Estaban dirigidas al dictador Mohamed Reza Sha. Tres décadas después es posible reconocer esas mismas formas verbales en las protestas callejeras y en los discursos de los líderes que se oponen al régimen Khamenei-Admadinejah. La elocuencia del primer Ayatollah se ha vuelto como una suerte de boomerang sobre sus sucesores.

Es sorprendente la frecuencia con que se suceden los mismos discursos, cómo quienes alcanzan el poder haciéndose o declarándose intérpretes del descontento popular, muy pronto terminan por exhibir maneras muy similares, y en algunos casos (el nuestro) mucho peores a las de aquellos que reemplazaron. Y es que, en el fondo, los códigos que le hacen posible a un pequeño grupo conquistar el poder y mantenerlo de forma indefinida, son los mismos en todas partes.

Basta con haber visto al Presidente depuesto de Honduras en el programa de Aristegui en CNN. Quien declaraba allí no era Zelaya, sino una especie de engendro del Dalai Lama con la madre Teresa de Calcuta. Zelaya, el que se ha valido para mantener su causa de los medios de comunicación, el que llama a los militares a respetar la institucionalidad, el que apela a la comunidad internacional. De no haber pasado por lo que hemos pasado, uno acaso caería en la tentación de sentir cierta empatía. Pero ya es tarde. Todos sabemos que de volver Zelaya, procederá contra todo lo que haya hecho posible su retorno. Preparará esa solución instantánea, la Constituyente, la re-elección indefinida, la reforma a la ley electoral, la asfixia económica de los partidos políticos, la nacionalización de las principales fuentes de riqueza, en fin, toda la receta que el nuestro ha acuñado para tratar de prolongar los ciclos del poder por el mayor tiempo posible.

Eso me trajo a la memoria a Jacob Burckhardt y sus Reflexiones sobre la Historia: “Y ahora el fenómeno central de la historia. Una fuerza histórica, supremamente justificada en su propio tiempo, se constituye; todas las formas posibles de vida, organizaciones políticas, clases privilegiadas, religión, vida secular, grandes posesiones, un código completo de formas, una concepción nueva y definitiva de la ley, todo eso, se desarrolla a partir de esa fuerza o en asociación con ella, con el tiempo llegará a definirse a sí misma como autosuficiente y sus miembros como los únicos exponentes posibles de esa nueva fuerza moral de la época. Pero el espíritu trabaja en las profundidades. Estas formas de poder tratarán de resistirse al cambio, hasta que eventualmente se quiebren, ya sea por la vía de la revolución o de la decadencia, trayendo consigo la ruptura del sistema moral, la caída del poder constituido, y aún el fin del mundo. Pero ese mismo espíritu que trabaja en las profundidades está construyendo una nueva casa, cuyas estructuras, con el paso del tiempo, sufrirán el mismo destino”.

Esas “mudanzas” del poder, en el lenguaje más asequible y menos atávico de nuestra historiadora Inés Quintero, ocurren en Venezuela cada treinta o cuarenta años (Y agrega: “Pero nadie es preso de su propia historia”. ¿No?)

¿Y cómo es posible entonces que las sociedades evolucionen, que los sucesivos ciclos consigan poner la vara cada vez más alta, abriéndole paso así al progreso? Esa consideración que también la hace Burckhardt: “Hay una onerosa responsabilidad puesta en el hombro de nosotros como ciudadanos, y consiste en educarnos para ser seres humanos integrales, para quienes la verdad y la proximidad con las cosas del espíritu sean el bien supremo, capaces de cumplir con nuestra responsabilidad ciudadana a partir de ese conocimiento”. Palabras más, palabras menos, la alternativa a la sucesión monótona de la barbarie por la barbarie, es desarrollar la capacidad de entender nuestra historia y tener el espíritu necesario para actuar en consecuencia.

Por eso mismo esas dos cosas no le interesan demasiado al régimen de aquí. Por un lado, exhibe una forma avanzada de raquitismo espiritual sin precedentes. Si no te ayudamos nosotros, que no te ayude nadie. Que no tengas nada que agradecerle a nadie que no sea yo. Por el otro, la acción del gobierno va orientada a reducir nuestra capacidad de comprender nuestra propia realidad, de interpretarla de forma integral, y de contrastarla con nosotros mismo o con la experiencia de otros. De allí la necesidad de convertir la educación y por encima de todo a los educandos en lo que el Ayatollah Khomeini describía como “seres dóciles y pasivos”.

Pero, como dijera Jacob Burckhardt, el espíritu trabaja por dentro.