jueves, 27 de agosto de 2009

Utopía: Un lugar, en ninguna parte

Los resultados de nuestra economía durante el segundo trimestre ya se empiezan a parecer a lo que hemos vivido antes cuando caen los precios del petróleo. En su intervención en el seminario del Centro de Finanzas del IESA el miércoles pasado, Juan Carlos Monedero ha dicho que debería sorprendernos el que, mientras el resto del mundo se ha descalabrado, Venezuela ha tardado casi un año en mostrar algún síntoma.

Durante el segundo trimestre la producción ha caído 2,4%, el consumo por habitante 2,3%, y las importaciones 8,9%. El bolívar en el paralelo se ha depreciado 45%. Que haya tardado algún tiempo no ha tenido mucho que ver con nuestro buen manejo de la crisis. Al contrario. Venezuela decidió apostar por la recuperación del petróleo y mantener la fiesta rodando hasta tanto el Presidente consiguiera la aprobación para presentarse de forma indefinida a la reelección. Para hacer esto posible, se contratará deuda durante 2009 equivalente a dos tercios de la deuda registrada en los cuarenta años previos a Chávez. Visto así, no tiene mucho mérito. ¿Por qué no han hecho esto otros países? Hombre. Ningún congreso en cualquier sistema con algún rastro de democracia y sentido común aprobaría ese brutal nivel de endeudamiento, y menos aún si se contrae para financiar consumo y salidas de capitales.

Juan Carlos ha dicho en IESA muchas cosas interesantes. Ha hecho énfasis en que la falta de institucionalidad, a nivel del Estado, político, empresarial no-clientelar, de ciudadanía; ese entusiasmo breve que nos mueve desde tiempos de la colonia, hizo posible que el “experimento neoliberal de 1989” (que en realidad fue muy, pero muy keynesiano) haya causado estragos. En mi opinión, esa falta de institucionalidad le causó estragos a aquellos y se la causará también a estos. No distingue ideologías. Por otro lado, no hay nada en estos diez años que revele algún esfuerzo u orientación por reforzar instituciones. Al contrario, la asfixia de los partidos políticos, cerrando los mecanismos de financiamiento público y persiguiendo a las empresas que realizaban aportes, no va precisamente en esa dirección.

Hacia el final, las intervenciones y la discusión se precipitaron de forma vertiginosa desde la ideología más abstracta hasta el pragmatismo más puro: Si bien el capitalismo tiene sus fallas, que él expuso allí con bastante detalle y muy buena referencia: ¿Cuál es la alternativa? Según entendí, se propone una transición hacia un modelo distinto, una transición a un lugar que todavía se desconoce, pero que terminará siendo más justo. La expresión más pura de la utopía (del griego ou, que significa no, y topos, lugar: Lugar que no existe). Para Juan Carlos, vivir en el capitalismo a sabiendas de sus enormes carencias no es una alternativa. Hay que salir, moverse, buscar. Me parece una extraordinaria filosofía de vida. A nivel personal. A nivel colectivo, arrastrar a una sociedad, a un país entero, en búsqueda de una sociedad más justa; por una calle que no se sabe a dónde va pero que se parece mucho a las que no llevan a nada bueno, me parece una actitud algo irresponsable. Si en las fallas del capitalismo terminan pagando siempre los más pobres, aquí no será diferente.

En cualquier caso ha sido un encuentro muy útil. Habría que agradecerle a Juan Carlos su apertura y su disposición a escuchar puntos de vista ajenos y a contrastarlos con los propios, a promover una discusión sobre ideas y no sobre la base de los buenos y los malos. En el transcurso de la discusión han salido muchos puntos comunes, muchas áreas de acuerdo (quizás más sobre los qué, que de los cómo). Y eso, en una situación como la nuestra, no es poco decir.

Para El Universal, 28/08/2009