sábado, 3 de octubre de 2009

Sobre la identidad, Orhan Pamuk y los impostores: Hace tiempo que ya no somos los que éramos

Las sociedades, al igual que las personas, suelen tener ciertos temas alrededor de las cuales tejen su propia historia. Así como los individuos antes de los veinte, cuando las actitudes y reacciones apenas conforman una masa amorfa que hace difícil discernir quiénes somos, o a los cuarenta, cuando ya muchos saben quienes son y deciden salir de sí mismos buscando ser otros, las sociedades también se revuelven alrededor de ciertos elementos que las definen y las hacen sentirse frágiles frente a otros. Y es ahí en donde el rol de un escritor de ficción es esencial para retratar el espíritu de la época. El escritor que perdura es aquél capaz de presentar un conjunto de situaciones y personajes articulados por esos arquetipos subyacentes particulares de cada sociedad.

En nuestro caso estos elementos son evidentes en la obra de José Ignacio Cabrujas. Todos sus trabajos giran en torno a nuestra improvisación, nuestra incapacidad para asumir la grandeza, nuestro esfuerzo por aparentar algo que en el fondo no somos o no vamos a llegar a ser, pero que percibimos con suficientes méritos como para representarlo (El Estado del disimulo). Las nacionalidades de los músicos rara vez se conocen, no son tan importantes, los escritores siempre llevan por delante su lugar de origen. Eso no significa que el ámbito de influencia de la novela o el teatro sea necesariamente local. A veces esos arquetipos están tan bien representados, o son tan comunes a la propia naturaleza humana, que le permiten al público identificarse con el autor, aunque éste y su obra tengan un origen completamente diferente.

Este es el caso de Orhan Pamuk, cuya novela, El castillo blanco, acabo de terminar de leer. Un joven científico italiano es capturado por piratas y vendido como esclavo en Estambul, a donde va a parar a manos de un sabio consejero del sultán, con el que guarda un asombroso parecido físico. Ambos se ponen a trabajar juntos en proyectos científicos destinados a fortalecer al imperio otomano, ya sea un cañón, un remedio para la peste que azota la ciudad, o una nueva forma de adivinar el futuro del imperio a través de la lectura de los astros. Ambos pasan juntos una enorme cantidad de tiempo y despliegan un juego psicológico en donde comparten su pasado, sus orígenes, su vida, sus miedos y sus pecados. En su condición de esclavo, el italiano jamás es llevado frente al sultán, ese es un privilegio exclusivo del consejero turco. Y he aquí que, en un momento dado de la novela, éste último se obstina de las frivolidades e intrigas que rodean al poder y cede su lugar al joven italiano, quien se hace pasar por él y entabla una relación muy cercana con el sultán.

A partir de aquí, lo que sigue es Pamuk en su máxima expresión. El joven italiano contesta las preguntas del sultán acerca de su propio pasado como si fuese el científico turco, que se encuentra en casa enfrascado en el estudio de una nueva y poderosa arma. Eventualmente, ambos personajes llegan a confundir su identidad de una forma tal, que ya no serán capaces de distinguir, ni ellos ni los lectores, quién es quién. Hacia el final, será el científico turco regrese a Italia, se reúna con los familiares y se apropie del pasado del italiano, quien a su vez representará a aquél hasta el final de sus días. Pero no se trata simplemente de un intercambio de roles. Se trata de que después de tantos años ya no son capaces de distinguirse, de diferenciarse, ya ninguno sabe si es mejor seguir siendo el que ahora es o hacer un último esfuerzo por mantenerse fiel a quien alguna vez fue. La estrategia desplegada para engañar al sultán terminará por extraviar a ambos en el laberinto de sus propias identidades. El sultán, no hace falta decirlo, les asoma hacia el final del libro que siempre estuvo al tanto de aquél juego: “¿Acaso es necesario ser sultán para comprender que la gente se parece en los cuatro climas y siete confines del mundo? El que los hombres pudieran ocupar uno el lugar del otro, ¿no es la mejor prueba de que hay una parte de nosotros que es igual en todas partes?”.

Este tema ya había sido motivo de una novela anterior del mismo autor, El libro negro. Galip, joven abogado y columnista frustrado, descubre al llegar a casa un día cualquiera una nota de diecinueve palabras de su esposa Ruya que cambiará su vida. No volverá a verla nunca más. Los indicios apuntan a que podría haber huido de Estambul con Jelal, su tío, famoso columnista de prensa. Galip consigue abrir el apartamento de Jelal, decide permanecer allí y hacerse pasar por él mientras procura dar con el paradero de ambos. Ese período de tiempo habrá de prolongarse mucho más de lo que pensó en un principio y Galip, haciéndose pasar por Jelal, consigue alcanzar la fama como columnista que hasta entonces le había sido negada. Para hacerlo, se verá obligado a mantener la línea editorial que había seguido su tío hasta entonces, sus columnas (que forman parte esencial del texto) deberán versar también sobre el origen y la vida de los hombres, sobre aquellos que se pierden en las calles de Estambul, sobre los objetos abandonados en el fondo del Bósforo, en fin, sobre todas las cosas y personas que en el transcurso de su existencia se pierden a sí mismas. En la representación de su tío Galip descubre una nueva identidad.

Toda esta narrativa se deriva de esa especie de aprensión que exhiben los ciudadanos de Estambul, en cierta forma orgullosos de haber sido tocados e influidos por la vara de Occidente y, al mismo tiempo, temerosos de ver extraviada su propia identidad nacional. Buena parte de la obra de Pamuk (también es el caso de Nieve) juega con ese conflicto que resulta de la convivencia entre la aspiración de ser más “civilizado” y parecerse más a Occidente, y el temor de ser acusado de no ser auténtico.
Esta cuerda de la identidad, tan sonora en Estambul, es lo suficientemente universal como para haber convertido a Pamuk en uno de los autores más leídos a nivel mundial. Le ha valido el Premio Nobel de Literatura, a pesar de que su obra es pequeña, si se le compara con la de otros que han conseguido el premio: Siete novelas (la primera de las cuales, Cevdet Bey y sus hijos, no ha sido aún traducida del turco), un libro de memorias y una compilación de ensayos, entrevistas y extractos de sus diarios personales.

Empecé a escribir esta nota pensando en resaltar la importancia de identificar esos arquetipos alrededor de los cuales se tejen, se revuelven las sociedades, y queriendo estimular a buscarlos en esa tan particular como lo es la nuestra de estos días. En el camino, ya es evidente, me resbalé en esa tierra movediza de la identidad y me dejé llevar por lo que en principio ha debido ser apenas un ejemplo. Y es que es difícil no resonar con ese deseo por representar a alguien distinto, por separarse de quien uno ha sido, por esa mezcla del entusiasmo ante lo nuevo con el miedo a perderse a sí mismo en el camino, y no terminar por ser nadie.

Para El Universal, 04/10/2009

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Miguel. Me llamó la atención lo que escribiste sobre Ohram Pamuk y El Castillo Blanco. La referencia al Estado del Disimulo me llamó la atención porque me acuerdo de que esos títulos y formalidades que a veces nos ponemos para parecer serios no ocultan la mentalidad de bochinche que siempre tenemos. Si en algún caso te interesa algo más sobre este tema de la identidad venezolana, me atrevo a sugerir lo escrito por Elias Pino Iturrieta en Ideas y Mentalidades de Venezuela. Señala con lucidez cosas que se ven desde hace tiempo sobre el culto al héroe y muchas otras más. Y bueno, la primera parte del Buen Salvaje al Buen Revolucionario me gustó mucho, creo que ahora tiene gran vigencia.