viernes, 25 de diciembre de 2009

José Ignacio Cabrujas, a propósito de Rómulo Betancourt (1987)

José Ignacio Cabrujas, 1987.

–He citado a Bolívar como un personaje víctima de sus admiradores, para referirme a la manera como la sociedad venezolana percibe a sus caudillos. Rómulo Betancourt, me interesa mucho más; desde luego, no porque lo considere más importante que Bolívar, en esta especie de carrera de caballos o de olimpíada en que hemos convertido el análisis histórico, sino porque me atañe más. Yo tuve una gran desgracia, o mejor dicho, una doble desgracia, a la hora de apreciar la figura de Betancourt. Cuando era niño, mi padre, ferviente católico, describía a Betancourt, en nuestras sobremesas, como un comunista que recibía rublos del Kremlin, un enemigo de lo piadoso, prácticamente un espía a las órdenes de la KGB. Cuando ingresé al Partido Comunista, la descripción era tan religiosa como la de mi padre. Betancourt era simplemente un agente de la CIA, un tenebroso personaje a las órdenes del imperialismo, dispuesto a entregar el petróleo, el acero y el aluminio a esa especie de guarida del diablo que era Wall Street. Quiero decir que yo viví dos religiones frente a Rómulo Betancourt. Durante su gobierno, me sentí perseguido. Sobreviví gracias a la piedad del Director de Cultura del Ministerio de Educación, y a la generosidad del director de la Radio Nacional, porque literalmente fui expulsado del Departamento de Teatro Infantil del Consejo Venezolano del Niño, por comunista. Fue necesario un cierto tiempo para que yo pudiese percibir la figura de Betancourt con una relativa serenidad. Durante el gobierno del doctor Leoni, leí por primera vez la reproducción de El Libro Rojo, editado por José Agustín Catalá. Pocas lecturas nacionales me han impactado tanto. Las cartas de inconfundible estilo, enviadas por Betancourt desde Costa Rica, nos describen a un febril muchachón marxista en el trance de descubrir que el marxismo no era una panacea universal. La reflexión de Betancourt sobre las peculiares condiciones socioeconómicas de Venezuela, son, mira tú lo que es la vida, el origen del MAS, sólo que se trataba de un MAS concebido en 1930, cuarenta y un años antes de la aparición de ese grupo político. Betancourt, en su lenguaje no siempre feliz, habla de un socialismo con vaselina, es decir, de una estrategia y de una táctica donde el movimiento revolucionario contra la dictadura de Gómez tiene que tomar en cuenta la realidad concreta de la economía y de la historia de Venezuela. Betancourt distingue matices en la primitiva "burguesía nacional" y esgrime la democracia, como una táctica destinada a crear rebeldía en "las masas". Era un pensamiento. Los comunistas de esa época actuaban, por el contrario, como un club de admiradores de la Unión Soviética, como "fans" de Stalin empeñados en proclamar los logros de la actividad koljosiana en la remota Ucrania. Hablaban de remolachas soviéticas y de campesinos de ropa modesta y almidonada contemplando puestas de sol con música de balalaika. El primer manifiesto del PCV esta escrito en vocativo. "Vosotros obreros sois...", es decir, está escrito en el lenguaje de los curas españoles. Betancourt le puso el "tú" a la moderna política venezolana. Su actividad consiste en visitar cada pueblo, cada caserío, cada conuco y explicar allí la idea de un partido redentor. Betancourt se ata a la cuerda histórica de la Revolución Federal, y, desde luego, le hace la cruz a la candidez de los comunistas. Betancourt llega a definir al Partido Comunista de Venezuela como un partido "pequeño burgués". La democracia, es decir, el país donde hoy vivimos, es su norte. Dudo mucho que Betancourt haya entendido en profundidad las ideas de Marx. ¿Dónde las podía leer integralmente en 1940? La actividad política lo convirtió en un hombre de circunstancias. La formación stalinista le hizo pensar que la democracia era él. Los sucesos en que se vio involucrado, desde el golpe contra Medina, hasta la caída de Rómulo Gallegos, terminaron por convertirlo en un pragmático, en un hombre cauteloso que aprendió a dominar sus rabietas. De allí que hizo amigos, que unió esfuerzos, que le hizo la corte al doctor Caldera, que denunció el sectarismo, que gobernó Venezuela durante los primeros años de la década del sesenta, era un obsesivo de la democracia por la democracia misma. Su política económica es la lógica transición de lo que el perezjimenismo había acumulado y la lógica crítica de lo que el perezjimenismo había dejado de hacer. No se trata de un golpe de timón. Se trata de una corrección de rumbo carente del menor dramatismo. El país en el plano económico sigue siendo más o menos el mismo si se descuenta la feroz posición ante los corruptos, la necesidad de sanear la administración pública y el establecimiento de unas reglas de juego mucho más civilizadas. Habíamos conquistado la democracia y Betancourt aspiraba sinceramente a una efectividad gubernamental que no levantase demasiadas ampollas. La consigna con la cual llega al poder es impresionante. Los Napolitan se habrían llevado las manos a la cabeza. Los estrategas de salón lo habrían tildado de loco o suicida: "Contra el miedo: Vota blanco". Pero, en efecto, su gobierno se hizo "contra el miedo", contra los traumas, contra los que aspiraban, incluso en su propio partido, a una mayor profundización en las reformas sociales. Habíamos conquistado la democracia, y para Betancourt, hombre del 28 al fin y al cabo, la posibilidad de hablar mal del gobierno, la posibilidad de criticar a un ministro ineficaz o a un funcionario ladrón, era una razón de vida. Era una tarea histórica. "Hablar pendejadas del gobierno", es decir, "menos barbarie y más decencia", fue su visión. Betancourt el fiero, había aprendido a vivir en sociedad. Allí estuvo su gloria y, a veces, creo, su infierno. Quién sabe si le agregó azúcar a la vaselina. En todo caso, evitó cuidadosamente "los grandes cambios", hasta que mi papá me dijo, caramba, es verdad, como que el tipo no era comunista.

–Betancourt sí intenta cambios en lo económico. Él inicia la política de sustitución de importaciones...

–No quiero ser mezquino. Pero la política de sustitución de importaciones era una exigencia empresarial, o por lo menos, de un gran sector del empresariado. Existía una capacidad económica para ensamblar automóviles y cigarrillos y laticas de petit-pois. Existía la posibilidad de cerrar gradualmente las importaciones. Betancourt enmendó una política económica, sin eso que los dirigentes adecos suelen llamar "mayores traumas". Insisto en esto, no por disminuir la figura de Betancourt, sino porque resulta ridículo en estos momentos pensar que el 23 de enero de 1958 fue un cambio radical de la sociedad venezolana. No. Todo el mundo tenía miedo. Todo el mundo pensaba que el país se estaba embochinchando y que los militares iban a dar un golpe y que iba a regresar Pedro Estrada con sus "chicos malos". El 23 de enero fue un júbilo, un aire cordial que flotó en el país. Fue la posibilidad de hablar vainas, de criticar al gobierno, y hasta de sustituirlo. Betancourt definió posiciones y jugó al equilibrio. El modelo de país que su gobierno intuía se parecía a ese lugar donde vivían Mickey Rooney y Elizabeth Taylor en las comedias MGM de mitad de los años cuarenta. Era la apoteosis de la clase media. El Cafetal es un museo viviente de esa aspiración. Por eso, duélale a quien le duela, Betancourt no sólo es el fundador de Acción Democrática, sino el artífice supremo, el gran constructor del partido social cristiano. Betancourt fue el gran empresario del partido Copei en esa especie de "trust" democrático que se construyó durante su gobierno. Cuando Gonzalo Barrios perdió las terceras elecciones presidenciales de la democracia, Betancourt debe haber puesto una fiesta, porque, muy por encima de las aspiraciones hegemónicas de su partido, aparecía un concepto de alternabilidad democrática. El caudillo no sólo había inventado el gobierno, había inventado, nada menos, que la oposición. Cuando AD perdió, todos vimos a Betancourt diciendo "We will come back". ¿Alguien vio amargura en su rostro? Por el contrario, yo diría que el hombre que nos hablaba era un hombre feliz. Copei ocupó el lugar que en una época eterna y tormentosa ocupaban las Fuerzas Armadas, o los caudillos alzados: la ilusión de cambio, la misma que excusó la invasión de los sesenta contra el gobierno de Ignacio Andrade. La misma. Sólo que menos espontánea, más cívica y definitivamente constitucional.