lunes, 28 de diciembre de 2009

¿Qué tan felices podemos ser en 2010?

A propósito, estacioné mi carro a unas pocas cuadras de aquí. Los Palos Grandes es uno de esos lugares en Caracas donde aún existe cierto sentido de comunidad, donde se puede caminar, donde aún se consigue mucha gente por la calle con las bolsas del abasto, la panadería, la farmacia. Aquí y allá es posible dar con alguien leyendo en sus cafés, ausente, subrayando, abstraído en algún libro de ocasión. En un país en donde lo que es de todos (los espacios públicos) suele ser tierra de nadie, aquí hay un conjunto de avenidas, calles y plazas que tienen un pulso, que cuentan con su propio ritmo, y que exhiben, con una mezcla de orgullo y en señal de desafío, su propia cotidianeidad.

Es una de las últimas mañanas de diciembre. Desde hace algunas semanas una brisa suave ha descendido sobre la capital, que convive con el sol radiante y trae cierta reminiscencia vacacional. A ratos uno tiene el sentimiento de estar de vacaciones en su propia tierra. Al menos yo soy de esos que se hacen con frecuencia la pregunta: ¿Qué diría yo de nosotros si no fuera yo, si estuviera de visita, si ya no estuviera irremediablemente inmerso en estos rincones, tan encarcelado en sus matices? ¿Qué me llamaría más la atención? Con frecuencia, me siento a tomar café en esta esquina y ensayo alguna respuesta, al menos sus primeros compases, con la esperanza de que la creatividad se despierte en mí y tome el relevo de allí en adelante. Y digo: “Y he aquí que vine a una tierra en donde…”. Pero las frases que siguen, además de poco consistentes, no tienen nada de original. A poco iniciar el ejercicio me descubro repitiendo como si fuesen mías las frases de José Ignacio Cabrujas sobre nuestro afán por destruir, por demoler, lo que existe, nuestra urgencia por dinamitarlo y reiniciarlo todo, nuestro entusiasmo breve por lo nuevo. Es eso, o me descubro recontando uno de esos episodios muy precisos que caracterizan nuestra cotidianeidad. “Con su presencia es más que suficiente… Si aún así quisiera hacernos algún otro regalo adicional, le agradecemos que se haga en efectivo”. Tengo la certeza de que estas pequeñas tarjetas, insertadas de forma casi clandestina dentro de las invitaciones de matrimonio, formarán parte integral de nuestros libros de sociología en el futuro. Por diseño o por costumbre, estas tarjetas no forman parte de la invitación “formal”, la más grande, la de las letras inclinadas y los caracteres afrancesados. La solemnidad de esta última, el espíritu encumbrado que le procuran inspirar los contrayentes, tiene muy poco que ver con la practicidad y la vulgaridad que caracteriza a las solicitudes de efectivo. Por esa razón viene siempre aparte, mucho más pequeña, la tarjeta con los poemas de mal gusto, los dibujitos de los dólares o las frases hechas. Es algo así como un susurro: “Lo nuestro nos los das en efectivo”. Me suele despertar de ese trance una manifestación de conciencia: Rara vez un viajero tiene acceso a una ceremonia matrimonial y prácticamente ninguno recibe invitación. Así que por ahí tampoco va.

De todas maneras, esta mañana se trataba de ser feliz. La idea era escribir algo que transmitiera a los lectores de los últimos días de 2009 cierta frescura, optimismo, ganas de hacer las cosas mejor. No podía tratarse de economía, menos aún de política. Escribir algo así no ha sido tan difícil como muchos podrían anticipar (acaso por mi background de economista). Después de todo, la adversidad que en teoría debo esquivar aquí ha conseguido parir toda una suerte de manifestaciones creativas, sin precedentes en mis dieciséis años en la capital: El ámbito de quienes hoy se oponen al oscurantismo es muy amplio. Hablo aquí de nuestro poeta Rafael Cadenas. Me refiero a Isabel Palacios, Mariana Ortiz y la Camerata Bárroca de Caracas, que hace poco han tomado (la palabra no puede ser más adecuada) la Sala José Félix Ribas del TTC para presentar un tributo a George Haendel, acompañados por nuestros primeros actores Alejo Felipe y Javier Vidal. Me refiero al grupo Rajatabla, que ha tenido el coraje y la virtud de montar la obra Ubú Rey (Alfred Jerry, 1896) para denunciar al monstruo desde su mismo vientre. Me refiero a las agrupaciones de teatro que han sido desalojadas de los espacios que les había entregado el Estado en comodato, pero que siguen vivas. Para la memoria de esta época quedará la representación del Infierno de Dante que hiciera el Grupo Theja en su última función en el Teatro Alberto de Paz y Mateos. Hablo también de María Guinand y del maestro Abreu, pero poco, porque son los más conocidos. Aunque todos existían hace ya mucho tiempo, hoy en día existe una conciencia colectiva mayor acerca de lo importantes que pueden llegar ser para nosotros como país. O al menos yo quiero pensarlo así. Hablo también de los cientos de escritores venezolanos, algunos con más éxito que otros, cuyas obras abarrotan las estanterías de nuestras cada vez más numerosas librerías (me refiero aquí a las librerías atendidas por sus dueños, con verdadera pasión, a las Lectura, El Buscón, Kalathos, Libroría, Templo Interno, e inclusive a La Pulpería del Libro de Caracas, a pesar de la escasa disposición de su dueño a atender a quienes desconoce, a encenderles las luces, a dejarlos pasar al sótano sin insistir antes: "pero qué quieren, qué quieren". No me refiero aquí a quienes venden libros como quienes venden commodities, kilos de queso blanco, papel toilet o toallas sanitarias, nada que ver con Tecniciencias, Nachos o Las Novedades, cuyos dueños no tienen la menor idea, ni la menor intención de aprender, acerca de lo que venden). Son ellos, sí, pero también son aquellos que retan a las circunstancias y se esfuerzan por ofrecernos espacios en donde podamos ser libres. En este sentido, tienen un mérito similar al de nuestros artistas quienes han conseguido levantar Los Galpones de Los Chorros, o las muchachas que han puesto en plena acera del casco histórico de Chacao el pequeño Chacao Bistro (esquina de Miranda y Urdaneta). Y esto por nombrar sólo algunos de los lugares y de las personan que son capaces de inspirarme a mí, aún en medio de las circunstancias más adversas. Como decía Rudyard Kipling (If): Por todas partes la vida está llena de heroísmos.

¿Y qué tienen que ver todo esto con la felicidad, la frescura, y el optimismo? Bastante. Después de todo, ¿Qué significa ser feliz, o qué es llevar una “buena vida”? Aristóteles, que se hizo esta pregunta hace más de dos mil quinientos años (las buenas preguntas son siempre las mismas), llegó a la conclusión de que la felicidad (eudaimonia) no tiene que ver con los placeres de los sentidos, sino que es el territorio de la buena acción, de la conducta consistente con el buen propósito, del ejercicio de la fortaleza individual y de la virtud. Concebir la felicidad en esta dimensión, mucho más allá de (¡sin excluirlos!) los placeres que nos proporcionan los sentidos y el dinero (otra vez esas pequeñas tarjetas de matrimonio), es acaso uno de los acuerdos que más nos urge construir, en una sociedad a la que le cuesta cada vez más ponerse de acuerdo.

Hay gente que me pregunta por ahí cómo veo a Venezuela. Yo también me lo pregunto. No tengo una visión consistente. A ratos la veo secuestrada por la barbarie, presa del oscurantismo, atrapada dentro de sus propias contradicciones y convencida de una serie de ideas que nos condenan a la servidumbre y a la pobreza. Pero a ratos la veo distinta. Ya a punto de terminar de escribir, recordé una cita que escuché hace muchos años de Asdrúbal Baptista. Según recuerdo, y ya veremos qué tantos puentes ha tendido mi memoria, se refería a una carta que Mirabeau le escribiera a una cortesana antes del estallido de la revolución francesa: “Veo a Francia más fuerte en sus cimientos que nunca antes”. Llamé a Asdrúbal. La podía haber citado hace unos doce o trece años, pero no recordaba exactamente de dónde. Me prometió buscarla. A la hora de entregar estas líneas aún no sabía nada de él. Me lo imagino, en su oficina del IESA, paseando su mirada por sus organizadas estanterías mientras espera una súbita iluminación, un relámpago que desvele la memoria fotográfica de la página de donde salió la frase. Pero no importa, vale igual. A ratos, en estos días de sol y brisa de diciembre, me invade una poderosa sensación de posibilidad (qué es la juventud y la felicidad si no eso, la posibilidad). Y es entonces, cuando veo a Venezuela más fuerte que nunca. Feliz Año 2010.

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P.D. Una versión más breve y menos libre de este artículo será publicada en El Universal, 31/12/2009.