lunes, 28 de diciembre de 2009

¿Qué tan felices podemos ser en 2010?

A propósito, estacioné mi carro a unas pocas cuadras de aquí. Los Palos Grandes es uno de esos lugares en Caracas donde aún existe cierto sentido de comunidad, donde se puede caminar, donde aún se consigue mucha gente por la calle con las bolsas del abasto, la panadería, la farmacia. Aquí y allá es posible dar con alguien leyendo en sus cafés, ausente, subrayando, abstraído en algún libro de ocasión. En un país en donde lo que es de todos (los espacios públicos) suele ser tierra de nadie, aquí hay un conjunto de avenidas, calles y plazas que tienen un pulso, que cuentan con su propio ritmo, y que exhiben, con una mezcla de orgullo y en señal de desafío, su propia cotidianeidad.

Es una de las últimas mañanas de diciembre. Desde hace algunas semanas una brisa suave ha descendido sobre la capital, que convive con el sol radiante y trae cierta reminiscencia vacacional. A ratos uno tiene el sentimiento de estar de vacaciones en su propia tierra. Al menos yo soy de esos que se hacen con frecuencia la pregunta: ¿Qué diría yo de nosotros si no fuera yo, si estuviera de visita, si ya no estuviera irremediablemente inmerso en estos rincones, tan encarcelado en sus matices? ¿Qué me llamaría más la atención? Con frecuencia, me siento a tomar café en esta esquina y ensayo alguna respuesta, al menos sus primeros compases, con la esperanza de que la creatividad se despierte en mí y tome el relevo de allí en adelante. Y digo: “Y he aquí que vine a una tierra en donde…”. Pero las frases que siguen, además de poco consistentes, no tienen nada de original. A poco iniciar el ejercicio me descubro repitiendo como si fuesen mías las frases de José Ignacio Cabrujas sobre nuestro afán por destruir, por demoler, lo que existe, nuestra urgencia por dinamitarlo y reiniciarlo todo, nuestro entusiasmo breve por lo nuevo. Es eso, o me descubro recontando uno de esos episodios muy precisos que caracterizan nuestra cotidianeidad. “Con su presencia es más que suficiente… Si aún así quisiera hacernos algún otro regalo adicional, le agradecemos que se haga en efectivo”. Tengo la certeza de que estas pequeñas tarjetas, insertadas de forma casi clandestina dentro de las invitaciones de matrimonio, formarán parte integral de nuestros libros de sociología en el futuro. Por diseño o por costumbre, estas tarjetas no forman parte de la invitación “formal”, la más grande, la de las letras inclinadas y los caracteres afrancesados. La solemnidad de esta última, el espíritu encumbrado que le procuran inspirar los contrayentes, tiene muy poco que ver con la practicidad y la vulgaridad que caracteriza a las solicitudes de efectivo. Por esa razón viene siempre aparte, mucho más pequeña, la tarjeta con los poemas de mal gusto, los dibujitos de los dólares o las frases hechas. Es algo así como un susurro: “Lo nuestro nos los das en efectivo”. Me suele despertar de ese trance una manifestación de conciencia: Rara vez un viajero tiene acceso a una ceremonia matrimonial y prácticamente ninguno recibe invitación. Así que por ahí tampoco va.

De todas maneras, esta mañana se trataba de ser feliz. La idea era escribir algo que transmitiera a los lectores de los últimos días de 2009 cierta frescura, optimismo, ganas de hacer las cosas mejor. No podía tratarse de economía, menos aún de política. Escribir algo así no ha sido tan difícil como muchos podrían anticipar (acaso por mi background de economista). Después de todo, la adversidad que en teoría debo esquivar aquí ha conseguido parir toda una suerte de manifestaciones creativas, sin precedentes en mis dieciséis años en la capital: El ámbito de quienes hoy se oponen al oscurantismo es muy amplio. Hablo aquí de nuestro poeta Rafael Cadenas. Me refiero a Isabel Palacios, Mariana Ortiz y la Camerata Bárroca de Caracas, que hace poco han tomado (la palabra no puede ser más adecuada) la Sala José Félix Ribas del TTC para presentar un tributo a George Haendel, acompañados por nuestros primeros actores Alejo Felipe y Javier Vidal. Me refiero al grupo Rajatabla, que ha tenido el coraje y la virtud de montar la obra Ubú Rey (Alfred Jerry, 1896) para denunciar al monstruo desde su mismo vientre. Me refiero a las agrupaciones de teatro que han sido desalojadas de los espacios que les había entregado el Estado en comodato, pero que siguen vivas. Para la memoria de esta época quedará la representación del Infierno de Dante que hiciera el Grupo Theja en su última función en el Teatro Alberto de Paz y Mateos. Hablo también de María Guinand y del maestro Abreu, pero poco, porque son los más conocidos. Aunque todos existían hace ya mucho tiempo, hoy en día existe una conciencia colectiva mayor acerca de lo importantes que pueden llegar ser para nosotros como país. O al menos yo quiero pensarlo así. Hablo también de los cientos de escritores venezolanos, algunos con más éxito que otros, cuyas obras abarrotan las estanterías de nuestras cada vez más numerosas librerías (me refiero aquí a las librerías atendidas por sus dueños, con verdadera pasión, a las Lectura, El Buscón, Kalathos, Libroría, Templo Interno, e inclusive a La Pulpería del Libro de Caracas, a pesar de la escasa disposición de su dueño a atender a quienes desconoce, a encenderles las luces, a dejarlos pasar al sótano sin insistir antes: "pero qué quieren, qué quieren". No me refiero aquí a quienes venden libros como quienes venden commodities, kilos de queso blanco, papel toilet o toallas sanitarias, nada que ver con Tecniciencias, Nachos o Las Novedades, cuyos dueños no tienen la menor idea, ni la menor intención de aprender, acerca de lo que venden). Son ellos, sí, pero también son aquellos que retan a las circunstancias y se esfuerzan por ofrecernos espacios en donde podamos ser libres. En este sentido, tienen un mérito similar al de nuestros artistas quienes han conseguido levantar Los Galpones de Los Chorros, o las muchachas que han puesto en plena acera del casco histórico de Chacao el pequeño Chacao Bistro (esquina de Miranda y Urdaneta). Y esto por nombrar sólo algunos de los lugares y de las personan que son capaces de inspirarme a mí, aún en medio de las circunstancias más adversas. Como decía Rudyard Kipling (If): Por todas partes la vida está llena de heroísmos.

¿Y qué tienen que ver todo esto con la felicidad, la frescura, y el optimismo? Bastante. Después de todo, ¿Qué significa ser feliz, o qué es llevar una “buena vida”? Aristóteles, que se hizo esta pregunta hace más de dos mil quinientos años (las buenas preguntas son siempre las mismas), llegó a la conclusión de que la felicidad (eudaimonia) no tiene que ver con los placeres de los sentidos, sino que es el territorio de la buena acción, de la conducta consistente con el buen propósito, del ejercicio de la fortaleza individual y de la virtud. Concebir la felicidad en esta dimensión, mucho más allá de (¡sin excluirlos!) los placeres que nos proporcionan los sentidos y el dinero (otra vez esas pequeñas tarjetas de matrimonio), es acaso uno de los acuerdos que más nos urge construir, en una sociedad a la que le cuesta cada vez más ponerse de acuerdo.

Hay gente que me pregunta por ahí cómo veo a Venezuela. Yo también me lo pregunto. No tengo una visión consistente. A ratos la veo secuestrada por la barbarie, presa del oscurantismo, atrapada dentro de sus propias contradicciones y convencida de una serie de ideas que nos condenan a la servidumbre y a la pobreza. Pero a ratos la veo distinta. Ya a punto de terminar de escribir, recordé una cita que escuché hace muchos años de Asdrúbal Baptista. Según recuerdo, y ya veremos qué tantos puentes ha tendido mi memoria, se refería a una carta que Mirabeau le escribiera a una cortesana antes del estallido de la revolución francesa: “Veo a Francia más fuerte en sus cimientos que nunca antes”. Llamé a Asdrúbal. La podía haber citado hace unos doce o trece años, pero no recordaba exactamente de dónde. Me prometió buscarla. A la hora de entregar estas líneas aún no sabía nada de él. Me lo imagino, en su oficina del IESA, paseando su mirada por sus organizadas estanterías mientras espera una súbita iluminación, un relámpago que desvele la memoria fotográfica de la página de donde salió la frase. Pero no importa, vale igual. A ratos, en estos días de sol y brisa de diciembre, me invade una poderosa sensación de posibilidad (qué es la juventud y la felicidad si no eso, la posibilidad). Y es entonces, cuando veo a Venezuela más fuerte que nunca. Feliz Año 2010.

MAS

P.D. Una versión más breve y menos libre de este artículo será publicada en El Universal, 31/12/2009.

viernes, 25 de diciembre de 2009

José Ignacio Cabrujas, a propósito de Rómulo Betancourt (1987)

José Ignacio Cabrujas, 1987.

–He citado a Bolívar como un personaje víctima de sus admiradores, para referirme a la manera como la sociedad venezolana percibe a sus caudillos. Rómulo Betancourt, me interesa mucho más; desde luego, no porque lo considere más importante que Bolívar, en esta especie de carrera de caballos o de olimpíada en que hemos convertido el análisis histórico, sino porque me atañe más. Yo tuve una gran desgracia, o mejor dicho, una doble desgracia, a la hora de apreciar la figura de Betancourt. Cuando era niño, mi padre, ferviente católico, describía a Betancourt, en nuestras sobremesas, como un comunista que recibía rublos del Kremlin, un enemigo de lo piadoso, prácticamente un espía a las órdenes de la KGB. Cuando ingresé al Partido Comunista, la descripción era tan religiosa como la de mi padre. Betancourt era simplemente un agente de la CIA, un tenebroso personaje a las órdenes del imperialismo, dispuesto a entregar el petróleo, el acero y el aluminio a esa especie de guarida del diablo que era Wall Street. Quiero decir que yo viví dos religiones frente a Rómulo Betancourt. Durante su gobierno, me sentí perseguido. Sobreviví gracias a la piedad del Director de Cultura del Ministerio de Educación, y a la generosidad del director de la Radio Nacional, porque literalmente fui expulsado del Departamento de Teatro Infantil del Consejo Venezolano del Niño, por comunista. Fue necesario un cierto tiempo para que yo pudiese percibir la figura de Betancourt con una relativa serenidad. Durante el gobierno del doctor Leoni, leí por primera vez la reproducción de El Libro Rojo, editado por José Agustín Catalá. Pocas lecturas nacionales me han impactado tanto. Las cartas de inconfundible estilo, enviadas por Betancourt desde Costa Rica, nos describen a un febril muchachón marxista en el trance de descubrir que el marxismo no era una panacea universal. La reflexión de Betancourt sobre las peculiares condiciones socioeconómicas de Venezuela, son, mira tú lo que es la vida, el origen del MAS, sólo que se trataba de un MAS concebido en 1930, cuarenta y un años antes de la aparición de ese grupo político. Betancourt, en su lenguaje no siempre feliz, habla de un socialismo con vaselina, es decir, de una estrategia y de una táctica donde el movimiento revolucionario contra la dictadura de Gómez tiene que tomar en cuenta la realidad concreta de la economía y de la historia de Venezuela. Betancourt distingue matices en la primitiva "burguesía nacional" y esgrime la democracia, como una táctica destinada a crear rebeldía en "las masas". Era un pensamiento. Los comunistas de esa época actuaban, por el contrario, como un club de admiradores de la Unión Soviética, como "fans" de Stalin empeñados en proclamar los logros de la actividad koljosiana en la remota Ucrania. Hablaban de remolachas soviéticas y de campesinos de ropa modesta y almidonada contemplando puestas de sol con música de balalaika. El primer manifiesto del PCV esta escrito en vocativo. "Vosotros obreros sois...", es decir, está escrito en el lenguaje de los curas españoles. Betancourt le puso el "tú" a la moderna política venezolana. Su actividad consiste en visitar cada pueblo, cada caserío, cada conuco y explicar allí la idea de un partido redentor. Betancourt se ata a la cuerda histórica de la Revolución Federal, y, desde luego, le hace la cruz a la candidez de los comunistas. Betancourt llega a definir al Partido Comunista de Venezuela como un partido "pequeño burgués". La democracia, es decir, el país donde hoy vivimos, es su norte. Dudo mucho que Betancourt haya entendido en profundidad las ideas de Marx. ¿Dónde las podía leer integralmente en 1940? La actividad política lo convirtió en un hombre de circunstancias. La formación stalinista le hizo pensar que la democracia era él. Los sucesos en que se vio involucrado, desde el golpe contra Medina, hasta la caída de Rómulo Gallegos, terminaron por convertirlo en un pragmático, en un hombre cauteloso que aprendió a dominar sus rabietas. De allí que hizo amigos, que unió esfuerzos, que le hizo la corte al doctor Caldera, que denunció el sectarismo, que gobernó Venezuela durante los primeros años de la década del sesenta, era un obsesivo de la democracia por la democracia misma. Su política económica es la lógica transición de lo que el perezjimenismo había acumulado y la lógica crítica de lo que el perezjimenismo había dejado de hacer. No se trata de un golpe de timón. Se trata de una corrección de rumbo carente del menor dramatismo. El país en el plano económico sigue siendo más o menos el mismo si se descuenta la feroz posición ante los corruptos, la necesidad de sanear la administración pública y el establecimiento de unas reglas de juego mucho más civilizadas. Habíamos conquistado la democracia y Betancourt aspiraba sinceramente a una efectividad gubernamental que no levantase demasiadas ampollas. La consigna con la cual llega al poder es impresionante. Los Napolitan se habrían llevado las manos a la cabeza. Los estrategas de salón lo habrían tildado de loco o suicida: "Contra el miedo: Vota blanco". Pero, en efecto, su gobierno se hizo "contra el miedo", contra los traumas, contra los que aspiraban, incluso en su propio partido, a una mayor profundización en las reformas sociales. Habíamos conquistado la democracia, y para Betancourt, hombre del 28 al fin y al cabo, la posibilidad de hablar mal del gobierno, la posibilidad de criticar a un ministro ineficaz o a un funcionario ladrón, era una razón de vida. Era una tarea histórica. "Hablar pendejadas del gobierno", es decir, "menos barbarie y más decencia", fue su visión. Betancourt el fiero, había aprendido a vivir en sociedad. Allí estuvo su gloria y, a veces, creo, su infierno. Quién sabe si le agregó azúcar a la vaselina. En todo caso, evitó cuidadosamente "los grandes cambios", hasta que mi papá me dijo, caramba, es verdad, como que el tipo no era comunista.

–Betancourt sí intenta cambios en lo económico. Él inicia la política de sustitución de importaciones...

–No quiero ser mezquino. Pero la política de sustitución de importaciones era una exigencia empresarial, o por lo menos, de un gran sector del empresariado. Existía una capacidad económica para ensamblar automóviles y cigarrillos y laticas de petit-pois. Existía la posibilidad de cerrar gradualmente las importaciones. Betancourt enmendó una política económica, sin eso que los dirigentes adecos suelen llamar "mayores traumas". Insisto en esto, no por disminuir la figura de Betancourt, sino porque resulta ridículo en estos momentos pensar que el 23 de enero de 1958 fue un cambio radical de la sociedad venezolana. No. Todo el mundo tenía miedo. Todo el mundo pensaba que el país se estaba embochinchando y que los militares iban a dar un golpe y que iba a regresar Pedro Estrada con sus "chicos malos". El 23 de enero fue un júbilo, un aire cordial que flotó en el país. Fue la posibilidad de hablar vainas, de criticar al gobierno, y hasta de sustituirlo. Betancourt definió posiciones y jugó al equilibrio. El modelo de país que su gobierno intuía se parecía a ese lugar donde vivían Mickey Rooney y Elizabeth Taylor en las comedias MGM de mitad de los años cuarenta. Era la apoteosis de la clase media. El Cafetal es un museo viviente de esa aspiración. Por eso, duélale a quien le duela, Betancourt no sólo es el fundador de Acción Democrática, sino el artífice supremo, el gran constructor del partido social cristiano. Betancourt fue el gran empresario del partido Copei en esa especie de "trust" democrático que se construyó durante su gobierno. Cuando Gonzalo Barrios perdió las terceras elecciones presidenciales de la democracia, Betancourt debe haber puesto una fiesta, porque, muy por encima de las aspiraciones hegemónicas de su partido, aparecía un concepto de alternabilidad democrática. El caudillo no sólo había inventado el gobierno, había inventado, nada menos, que la oposición. Cuando AD perdió, todos vimos a Betancourt diciendo "We will come back". ¿Alguien vio amargura en su rostro? Por el contrario, yo diría que el hombre que nos hablaba era un hombre feliz. Copei ocupó el lugar que en una época eterna y tormentosa ocupaban las Fuerzas Armadas, o los caudillos alzados: la ilusión de cambio, la misma que excusó la invasión de los sesenta contra el gobierno de Ignacio Andrade. La misma. Sólo que menos espontánea, más cívica y definitivamente constitucional.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

¿Qué leer (o qué regalar) en Navidad? (versión ampliada)

Harold Bloom decía que la lectura nos devuelve la otredad, ya sea la de uno mismo, o la de los demás. Eso equivale a decir nos abre la posibilidad de vivir otras vidas. Estoy convencido de que ese hábito de sentarnos a escuchar en silencio el pensamiento de los demás guarda en sí la esencia de la virtud que nos hace falta para hacerle frente a las dificultades de nuestros días. Lo que sigue no me lo ha pedido nadie “con verdadera devoción” (como escribe uno de nuestros ilustres recomendadores de libros), ni tampoco un recuento exhaustivo de todo lo que hay en el mercado; es apenas una pequeña memoria de lo mejor de lo poco que he sido capaz de leer.

El Tigre Blanco (Aravind Adiga) es de lejos lo mejor que he leído este año. Adiga, nacido en Delhi en 1974, criado en Australia y graduado de las universidades de Columbia y Oxford, ha escrito un extraordinario retrato de esa enorme masa de contradicciones que es India. La historia está contada por Balram Halwai, filósofo y asesino, que ha logrado salir de la casta de los sirvientes y convertirse en un exitoso empresario. Una noche, Balram lee en la prensa que el Presidente de China hará una visita de Estado a la India, para aprender cómo sus habitantes han desarrollado su vibrante espíritu empresarial. Decide entonces escribir una serie de siete cartas, en donde repasa su vida y le explica al premier chino el origen de la “capacidad emprendedora” india. No se encuentra allí donde el gobierno lo llevará durante su visita: “Un hecho cierto sobre India es que usted puede agarrar todo lo que le diga nuestro primer ministro durante su visita y voltearlo por completo, y entonces encontrará la verdad acerca de ese hecho”.

También me ha impresionado mucho mi primera lectura de Aruki Murakami: La caza del carnero salvaje. El ritmo aquí es menos trepidante, predomina ese estilo hipnótico y hasta opiáceo (Rodrigo Fresán dixit) de Murakami. Un joven publicista utiliza en una de sus campañas una imagen idílica e inofensiva en donde se encuentran unas ovejas pastando en la montaña, y entre ellas, un carnero. Esta imagen lo coloca en la mira de un poderoso grupo industrial, que se encuentra tras la pista del carnero. Y es que el animal, una suerte de santo grial que encierra el secreto del poder, sólo se deja ver por aquellos a quienes él escoge. A partir de aquí el joven se lanza a la búsqueda del carnero y del lugar de la fotografía. Tiene apenas un mes. No tiene margen para el fracaso: El grupo tras el carnero tiene fuerza para aniquilarlo física y emocionalmente.

He leído también un par de fascinantes libros de Orhan Pamuk (Otros colores y El castillo), aunque para los no iniciados en su obra siempre es mejor tratar de entrar de la mano de Nieve. Entre los libros de no-ficción (non-fiction), lo mejor que cayó en mis manos es La era de lo impensable: Por qué el nuevo desorden económico mundial nos continúa sorprendiendo y qué podemos hacer al respecto (Joshua Cooper Ramo). Uno más, antes de la recomendación final: No hay nada más conveniente para ser utilizado como literatura de poceta que la recopilación de artículos, escritos libres, opiniones y ensayos El mundo según Cabrujas.

Y no se puede dejar por fuera a Rafael Cadenas, la mejor noticia, de las muy pocas buenas, que recibimos este año. Aunque la poesía es un terreno resbaladizo en donde no se encuentran a gusto la mayoría de los lectores, quienes quieran aproximarse a Cadenas lo pueden hacer a través de En torno al lenguaje, Conversaciones con Walt Whitman, o mejor aún, Entrevistas con Rafael Cadenas. Este último es una extraordinaria recopilación de las pocas entrevistas que ha dado el poeta a lo largo del tiempo, contiene su filosofía, sus propósitos, y también su forma de aproximarse al hecho de vivir. “Cada quien parece que gritara: ‘No me quiten mi mentira que me derrumbo’. Cuando alguien, un aguafiestas, un hombre del subterráneo, sale desde la oscuridad con sus revelaciones lo tachan de loco. ‘Echemos al desadaptado que viene a perturbar… Aquí sólo se aceptan personas que se guíen por ese sólido sentido común sobre el cuál se asienta nuestra civilización’. Mientras exista alguien que no esté contento consigo mismo y con el mundo, hay esperanza de redención”. Maestro, vaya su palabra por delante.

Para El Universal, 18/12/2009

jueves, 10 de diciembre de 2009

¿Cuál será el escenario económico 2010? Hala, todos a hacer pronósticos! (versión ampliada)

Hay un aspecto que llama mucho la atención de los pronósticos de los analistas nacionales e internacionales sobre Venezuela: Ya no tienen dos decimales, y rara vez más de uno. Desde hace algunos años, las cifras exhiben una redondez asombrosa. Lo curioso es que, en el caso de los analistas internacionales, siguen utilizando con nosotros el mismo formato de reporte que aplican a los demás países (dos decimales), por lo que cuando uno se asoma a los pronósticos sobre Venezuela, lo primero que observa es una enorme cantidad de ceros. ¿Crecimiento? Según Barclays Capital: 2,00%, Datanálisis: 2,00% (¿?), The Economist: -3,40%. ¿Inflación? Según Deutsche Bank 30,00%; Ecoanalítica: 36,00%. Los analistas han tirado ya la toalla en relación con el uso de modelos econométricos para describir y predecir el comportamiento de la economía. No tiene sentido utilizar unos modelos cuya efectividad depende de la lógica, de la normalidad y de la regularidad, para explicar los movimientos frenéticos que ocurren aquí todos los años. Por esa razón ahora se impone el estómago, la corazonada, o como diría mi buen profesor de Contabilidad Rafael Bornás, uno ya “no le agrega costo, a lo que no agrega precio”.

Dicho esto, vale la pena considerar cuál será el escenario 2010 en Venezuela. Después de todo, algo tendrán que poner los bancos, las empresas y las personas en sus hojitas de Excel. El año estará marcado por las elecciones legislativas. El gobierno ha decidido acelerar el estímulo fiscal, lo que (según las premisas que están utilizando en el BCV) provocará un crecimiento aproximado de la liquidez de 40%. Ahora bien, ya en 2008 nuestra economía se encontraba operando a plena capacidad instalada. Ya los estímulos fiscales producían cada vez menos crecimiento, cada vez más inflación. En lo que va de 2009, la liquidez ha crecido 29%, uno a uno con la inflación (30%). La caída en la producción de este año podría abrir algo de espacio para el crecimiento, pero también hay que pensar que el país ha perdido capacidad instalada. La caída de la inversión privada por debajo de la línea de la depreciación, las estatizaciones, y la improbable capacidad destructiva demostrada por el gobierno (acabar con La Previsora en doce meses es todo un hito) han mermado mucho eso que los economistas llaman el producto potencial. Estamos en el escenario ideal para los neoliberales radicales (¡arriba Carlos Zuloaga!): Los aumentos en la cantidad de dinero tendrán un espejo fiel en la inflación. Siendo así, la meta oficial de 0,50% de crecimiento (coincide con el promedio de los analistas) podría ser realista, y venir acompañada de una inflación de 40% (el consenso aquí está alrededor de 34%).

En un escenario así, es muy probable que el gobierno se aferre al 2,15 para tratar de llevar a su base de apoyo una inflación menor. Es bastante más fácil decirle que hacerlo. Todo lo que haga el 2010 más fácil (menos difícil) atenta contras las posibilidades de recuperarnos en el futuro. Las emisiones de deuda y las ventas de petróleo a futuro vendrán a tratar de promover el consumo y contener el paralelo aún en presencia de la significativa expansión de liquidez. No será posible. Siendo el gobierno el emisor, el efecto de absorción de liquidez se restringe al período que transcurre desde que se levantan los fondos (se liquidan los bonos) y el momento en que se empieza a girar (gastar) contra ellos. Hasta ahora ese período ha sido entre 10-12 semanas, en un año electoral será mucho menor. No será un año fácil. Pero bueno, no había que tener un modelo muy sofisticado, ni tampoco un estómago bien educado para saberlo. Así que, hala, ¡todos a hacer pronósticos!

Para El Universal, 11/12/2009 (versión ampliada)

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Con la banca es diferente (versión ampliada)

Quizás se puede trazar el comienzo de todo a los meses posteriores a la huelga general y el paro petrolero de 2002-2003. Quizás a partir de entonces el gobierno se convenció de que podía prescindir de la ciencia, de la capacidad gerencial, de la experticia, acaso también de la honradez. Quizás fue ahí que le perdió el miedo a ocuparse de todo y se sintió omnipotente: Todos los años de estudio y experiencia de aquellas dieciocho mil personas, después de todo, no eran tan necesarios. Surgió el deprecio por el conocimiento y ese vano sentimiento de posibilidad, exteriorizado con la socarronería característica del incrédulo venezolano: “Fíjate tu, todo lo que decía esta gente del petróleo, ¿y qué paso? ¡Nada! Ahí esta PDVSA sacando petróleo y Chávez tan campante”. Lo curioso es que estas expresiones, en una época de muy pocas coincidencias, se podían escuchar de igual forma en el gobierno o en la oposición.

Luis Pacheco, uno de esas “gentes del petróleo”, lo ha puesto esta semana en su blog en los siguientes términos: “el tiempo ha demostrado que la corporación (PDVSA) tenía mas resiliencia de lo que la mayoría pensaba”. De todas las definiciones que existen acerca de esa palabra hoy tan de moda, es evidente que Luis se refiere aquí a la capacidad de acomodar golpes, qué otra cosa sino eso es lo que ha recibido nuestra industria petrolera desde entonces. No se refiere a la versión más amplia y más aceptada por estos días, la capacidad de hacerle frente a los imprevistos y absorber las peores dificultades, y salir con los atributos básicos de nuestra libertad intactos. Esta última concepción de resiliencia, que he tomado de Joshua Ramo, es también la que más falta nos hace por estos días.

El que no haya “pasado nada” es más que discutible. Desde entonces la industria ha perdido 35% de su capacidad productiva y le ha caído encima una deuda colosal, que mantiene su percepción de riesgo a nivel de bonos basura. Tras el petróleo vino el directorio del BCV, la telefonía fija y móvil, SIDOR, la electricidad, el agua, las compactadoras de cemento. De todos estos espacios fue desalojado el conocimiento, imponiéndose la ignorancia, la soberbia autocomplaciente, a ratos también el saqueo. Ahora parece haberle tocado el turno al sistema financiero.

El gobierno decidió intervenir, a puertas abiertas primero y cerradas después, cuatro bancos. Ese cambio tan drástico en apenas cuatro días ha sido atribuido por algunos a la necesidad de darle tiempo a los entes del Estado, que representan 72% de los depósitos del conjunto, de retirar su dinero. Pero esta explicación a ratos suena demasiado ingenua para ser verdad. Cuesta pensar que para recuperar su dinero el Estado necesite mantener el banco abierto, como si no hubiera otros mecanismos menos transparentes y más efectivos de llegar a lo mismo. Me inclino a pensar que los intervinieron sin una idea clara del desfalco que allí se había gestado. Uno de esos bancos (Canarias), era la única institución privada a través de la cual se podían realizar los pagos por importes de registros y notarías públicas. Este episodio parece ser, más que un caso de saqueo de los bancos por partes de sus accionistas privados (como ocurriera en 1994), uno de utilización de varios bancos para vaciar la Hacienda Pública.

El cierre de los bancos ha desatado una ola de pánico que ha puesto en riesgo a otras instituciones. Los 10.000 Bs.F. en depósitos que garantiza FOGADE equivalen a sólo 1.754 dólares a tasa paralela; en contraste con los 16.770 de 2001 o los 34.400 de 1994 (ambas cifras en dólares de hoy). Si esta crisis se circunscribe a esas cuatro instituciones o se extiende a través de la banca y desemboca en la nacionalización del sistema financiero, es algo que vamos a poder ir midiendo en los próximos días. Según se comporte el gobierno en el proceso de auxilio y apoyo a las instituciones que han sufrido fuertes corridas de depósitos se podrá prever cuál fue la verdadera intención inicial. Sólo entonces vamos a saber si esto ha sido un accidente o una política. En cualquier caso, vale la pena tener en cuenta que la banca es diferente. Si bien es cierto que en las demás áreas que ha ocupado el Estado se ha beneficiado de cierta inercia operacional, también es verdad que hemos subestimado su capacidad de destrucción y que ahora las crisis se presentan cada vez más rápido, de forma simultánea, como una sola voz. La banca es diferente: sacudir de aquí a la experticia técnica, la experiencia y el conocimiento tendrá consecuencias inmediatas.