jueves, 25 de marzo de 2010

El territorio de los indios kunayala

Tras dos horas en rústico 4x4, luego de atravesar un río con el agua hasta las puertas, la sinuosa trocha de barro y granzón desemboca en una recta mal asfaltada y peor mantenida, una suerte de pista de aterrizaje clandestino al final de la cual se asoma el azul del mar. Después de atravesar las llanuras, ríos y montañas, no deja de ser una sorpresa el encontrarse de repente con el reflejo cegador del sol en el agua.

Ahí, al final, en una churuata de hojas de palma, al lado de un estacionamiento aplanado en la maleza, esperan algunos indios kunayala. "¿El Porvenir?" Sí. Se voltea hacia un grupo de indios y discuten en dialecto. "Ya viene. En camino." Los indios kuna originalmente ocupaban tierra firme, pero buscando protegerse de los horrores del descubrimiento y la conquista huyeron hacia las trescientas sesenta y cinco islas ("una para cada día") que conforman el archipiélago de San Blas, en el Atlántico panameño. A partir de 1953 un estatuto les permite administrarse como región autónoma. Del conjunto de islas, algo más de noventa están pobladas. Cada isla cuenta con un líder de la comunidad o "saila". Cada cinco años los saila eligen al Cacique, que representa a los kunas ante el gobierno central panameño.

Los kuna siguen viviendo aquí, en este paraíso tropical, fieles a su lengua y sus costumbres. El turismo aún es muy incipiente, y ellos lo han acomodado dentro de su estilo de vida con cierta facilidad. Todavía no llegan hasta aquí las hordas de turistas, las islas no cuentan con alojamientos de lujo, agua caliente o aire acondicionado. Las opciones se limitan a espacios verdes para ubicar carpas, una gran churuata con hamacas, y unas modestas habitaciones con baño y sin puertas. Esta oferta convive con las chozas, los botes de pesca, y los coloridos atuendos de las mujeres.

Si hay alguien que le da cuerda al mundo, en San Blas ha impuesto un ritmo diferente. Sobra el tiempo para reflexionar y para acostumbrarse a esa extraña idea de islas tropicales, de arena blanca y aguas cristalinas, habitadas y administradas por tribus indígenas. Predomina una felicidad superficial y casi onírica. El viaje externo y el viaje interno. El frágil equilibrio que caracteriza la belleza. ¿Por cuánto tiempo puede permanecer esto así? ¿Cuánto tiempo antes de que el gobierno decida asfaltar la carretera Llano-Cartí, otorgar licencias de operación a grandes botes, o levantar algunos resort-spa en las islas? ¿Cuánto tiempo antes de que los kuna, en lugar de ver a los visitantes como seres humanos que aprecian y complementan su estilo tradicional de vida y espacio natural, los empiecen a ver como billetes ambulantes en traje de baño? ¿Cuánto puede pasar antes de que se instaure aquí el consabido excuuuuuse-me sir, siir, excuuuuse-me? Es difícil de saber. Hasta ahora no ha ocurrido. Irónicamente, la ausencia de comodidades opera como un extraño pero efectivo mecanismo de selección: Sólo vienen aquí aquellos con mayores probabilidades de apreciar este equilibrio frágil y, por ende, de marcharse dejándolo intacto. Pero uno nunca sabe. El mecanismo de mercado es muy poderoso, siempre está expandiéndose, y cada vez hay más turistas para los mismos lugares.

Para El Universal, 19/03/2010