martes, 8 de junio de 2010

Nadie aprende en cabeza ajena (A propósito de los diarios de Sándor Marai durante le entrada de los soviétivos a Budapest)

“No debió pasar mucho tiempo para que la sociedad descubriera que los misioneros que pregonaban la buena nueva eran, en realidad, la avanzada de los colonizadores. Detrás aparecían los que venían armados e iniciaban sin piedad el saqueo ilimitado”. Estas líneas, sacadas de las memorias de Sandor Marai, corresponden al período de ocupación soviética de Hungría y son un retrato al carbón de lo que nos viene ocurriendo. Una avanzada ideológica sustenta el decreto de expropiación o intervención e inmediatamente después hacen acto de presencia los saqueadores. Los recuentos de aquellos a quienes les ha tocado la triste tarea de ayudar “en la transición” se suceden en fascinante coincidencia. Los hombres nuevos, los estandartes del socialismo, apenas llegar se asignan los sueldos de los altos ejecutivos a quienes han desplazado y reclaman iguales privilegios. Cambian las firmas de las chequeras y empiezan a girar contra los fondos ajenos. También hay recuentos de saqueos en el sentido más literal de la palabra, pérdidas de obras de arte, computadoras y otros objetos valiosos.
El país se ha convertido así en una persecución descarada en donde quienes tienen el poder y las armas persiguen con avidez y cada más desesperación a quienes todavía tienen algo que ceder. Por estos días parecieran no existir límites. “La sociedad se dio cuenta de que el Estado se había transformado en una fuerza enemiga contra la cual había que defenderse de cualquier manera. La ley ya no brindaba protección alguna, el Estado se limitaba a dar órdenes y arrebatarles lo suyo mientras todos trataban de defenderse como mejor podían, el bandidaje se había institucionalizado”. Ese “como mejor podían” durante mucho tiempo aquí se tradujo en una conseja de pisar pasito, una ilusión según la cual hablando en privado con algún funcionario del gobierno o manteniendo un bajo perfil se podría evitar la ocupación o al menos paliar sus efectos. El tiempo ha demostrado que no es así.
Marai también divide a los “hombres nuevos” en tres categorías que hacen mucho sentido aquí. El progresista creyente que tiene fe en la Idea. Los cínicos, los que sabiendo que aquello no era más que una excusa que terminaría por arruinar a esas masas trabajadoras, se aferraban a la Idea porque les permitiría, al menos por un tiempo, “vivir bien sin tener la condición ni el talento para merecerlo”. Cuando leo esto no dejo de pensar en ese Director del Banco Central que por estos días exhorta “moralmente” a los bancos a vender sus dólares al Estado. Y digo yo: ¿Por qué no le vende los dólares de su cuenta de inversión? ¿No cabe el mismo exhorto “moral”? Por último, los intelectuales neuróticos que temen quedarse solos. De esto último habría bastante menos, aunque tampoco falte alguno.
No se puede pasar por alto el hecho de que aquí, con todas sus limitaciones, ese proceso ha sido impuesto a través del voto popular. Es una suerte de harakiri, consecuencia de esa ingenuidad o cinismo que describe Marai, también sustentado en cierta creencia popular de que lo que se tiene ya es poco y que difícilmente se podría estar peor. Nada más lejos de la realidad. Pero nadie aprende en cabeza ajena.

Para El Universal, 04/06/2010