jueves, 24 de junio de 2010

Saramago: Rumbo a la isla desconocida

La ida de José Saramago ha reavivado las polémicas que el propio escritor se encargó de atizar a lo largo de su vida. Se podrá decir cualquier cosa, pero no que ha pasado inadvertido. El gobierno portugués, que vetó en 1992 la postulación de “El evangelio según Jesucristo” al Premio Literario Europeo por considerar que “ofendía la moral católica”, ha decretado dos días de luto nacional. Bandera a media asta. Su cuerpo ha sido traído de vuelta a Portugal y velado en el Ayuntamiento de Lisboa. Y es que Saramago desde entonces había abandonado Portugal en acto de protesta, exilándose en Lanzarote, Islas Canarias.
El Observador Romano, diario oficial del Vaticano, no ha dejado enfriarse el cuerpo del escritor y ha subrayado “la ideología antirreligiosa de Saramago… un hombre sin capacidad metafísica, que vivió aferrado hasta el final a su pertinaz fe en el materialismo histórico”. Por coincidencia, “El Evangelio según Jesucristo” es una de las pocas cosas escritas por él que pude leer completas. Saramago nunca me ha resultado de fácil lectura. Y sí, tendría que reconocer que la imagen de Jesús manteniendo relaciones sexuales con los animales que pastoreaba era ya la apoteosis de la banalización de lo sagrado. Otro aspecto polémico de la vida pública del escritor fue su simpatía por el régimen cubano, al que apoyó hasta los últimos años, cuando pudo más el desencanto. En ese terreno fértil a la crítica ha arado el Vaticano, señalando que Saramago “se declaraba insomne por las cruzadas, o por la inquisición, dejando atrás la imagen y el recuerdo de los gulags, las purgas, los genocidios” cometidos en nombre de la justicia marxista.
Sí quisiera decir que hay un pequeño cuento de Saramago que me ha causado una profunda impresión: “El cuento de la isla desconocida”. Un pobre hombre pasa días enteros ante la puerta de peticiones al rey, para solicitarle un barco y tripulación para poder zarpar a la conquista de la isla desconocida. ¿Y dónde está?, pregunta el rey, disimulando la risa. No lo sé, es desconocida. Pero aquí están nuestros mapas reales, los geógrafos se hicieron a la mar e inventariaron todas las islas. No está ahí, si estuviera en los mapas ya sería conocida. ¿Y cómo puedes estar tan seguro de que existe? Porque es imposible que ya todas las islas hayan sido descubiertas. Nosotros sólo conocemos las que hemos descubierto. Así, la tenacidad del hombre hace que el rey se decida a poner a su disposición un pequeño barco, sin tripulación. El hombre, caminando por el pueblo, consigue reclutar a una mujer que lo ayude a ponerlo a punto para zarpar. Ambos se vienen a vivir al barco, uno en babor y otro en estribor. El barco jamás llegará a zarpar. Pero en ese proceso, el hombre y la mujer efectivamente llegarán a descubrir una nueva isla, una nueva realidad y un nuevo mundo, que les había sido esquivo hasta entonces. Y es que el barco con rumbo a la isla desconocida, siempre va en rumbo a conocerse a sí mismo. ¡Hay tantas cosas en esta sencilla parábola que capturan la esencia de nuestra propia y huidiza realidad! Hace unos días el escritor partió en rumbo a su propia isla desconocida. Ojala haya dado con ella, y descanse ahora en paz.

Para El Universal, 25/06/2010

1 comentario:

cibersan dijo...

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