sábado, 17 de julio de 2010

Bahía: Días entre los dioses

La misteriosa ceremonia del Candomblé es una herencia que conecta a los habitantes de Bahía con sus ancestros en el oeste de África, en especial Benin, Burkina Faso, Mali y Senegal. Se realiza en unos salones amplios o terreiros, de paredes blancas adornadas con imágenes y motivos de los trece diferentes orixás, o espíritus que conforman el paraninfo del Candomblé. El de esta noche es en la cúspide de uno de los cerros de Bahía, en la rua da mãe menininha. A los asistentes nos han dividido entre hombres (a la derecha) y mujeres (a la izquierda), haciéndose una suerte de rueda natural en el centro. Allí los que celebran el culto, en su mayoría mujeres ataviadas con amplios faldones, bailan en círculos al ritmo de los tambores.
Cada uno de los trece orixás del Candomblé tiene un ritmo diferente, Oxossi, Ogun, Yemanya, Xangó, una cierta cadencia en el batir del tambor que acompaña a los cantos en yoruba. Dentro de cada uno de los trece bailes, algunos participantes son poseídos por el espíritu del ritmo que prevalece. Esos privilegiados son fáciles de distinguir, pues aunque se mantienen de pié, sus movimientos se caracterizan por espasmos y convulsiones, acaso también por cierta baba a simple vista inofensiva que le sale por la boca. Cuando eso ocurre, los iniciados en el culto acompañan al poseído, guiándole a través del ritmo hasta su postración ante la Santa Madre, una figura regordeta sentada en una suerte de trono, que trata a algunos con bastante afecto y a otros con evidente indeferencia, los recibe en sus brazos y hace salir, fluir, a los espíritus buenos que los han ocupado por un rato.
Los ritmos van in crescendo, hasta alcanzar el último, el de Xangó, de lejos el más convulsionado de todos. Al final de la ceremonia, la rueda será ocupada por quienes han tenido la suerte de sentir fluir su orixá. Todos ataviados con la indumentaria, vestidos, collares y máscaras de su respectivo espíritu, tomarán la escena en un último baile que cierra la ceremonia. Son unas tres o cuatro horas, de pié, hasta bien entrada la noche.
Lo más curioso será encontrar a algunos de estos protagonistas en la Iglesia del Señor del Buen Fin, en la península de Itapagipe, al día siguiente, a las seis de la mañana, para celebrar el primer viernes de cada mes. Aquí, más que por la curiosidad, me ha estremecido el fenómeno de la fe. El Señor de Bom fim sólo hace su entrada al final de la misa, y los cientos de asistentes se estiran para tratar de tocar la pequeña esfinge que portan los sacerdotes tras una nube de incienso. En una nave lateral cuelgan miles de velas con formas de partes del cuerpo, curaciones atribuidas al patrono de esta iglesia.
Antes de venir he leído algo sobre el proceso a través del cual los esclavos africanos procuraron confundir dentro de la religión católica el culto a sus propios dioses, que había sido prohibido por los colonos (Jesucristo ha sido fusionado con la figura de Oxalá). Tenía mucha curiosidad por observar el resultado de esa mezcla. En realidad, como me aclararon algunos aquí, la fusión no ocurrió tanto en lo físico, no se encuentra en las iglesias ni en los terreiros, se encuentra dentro del corazón de cada quien.

Para El Universal, 16/07/2010