viernes, 23 de julio de 2010

El simulacro: Qué fácil es reinventar a los muertos!

Venezuela nunca ha sido un país obsesionado con sus muertos. Jamás prestamos demasiada atención a los cadáveres, nunca atribuimos propiedades a sus huesos y cenizas. Hasta aquí nuestra sociedad no se satisfizo en hurgar en las entrañas de los muertos para buscar ahí sus propias entrañas. Nuestro caso no era el de Argentina, donde es imposible concebir la historia sin las grandes hazañas de los muertos. Literalmente, con las hazañas y los acontecimientos posteriores a las muertes de sus héroes, que suelen ser más poderosos que los realizados en vida. Allí parece que todos debieran resignarse a morir en el exilio, como si la propia grandeza ya fuese todo un impedimento para descansar en el suelo de la patria, o aceptar ser desmembrado y exhibido de forma pública tras la muerte.

En el primer grupo se encuentra San Martín, fallecido en el exilio francés y repatriados sus restos (descansan en una bóveda bajo el muro derecho de la catedral, los obispos se negaron a enterrarlo adentro por masón); Domingo Faustino Sarmiento, el maestro, muerto en Paraguay; Carlos Gardel, muerto en un accidente aéreo en la vecindad de Medellín, sus restos calcinados, separados de los escombros al ojo por ciento, enterrados con honores en La Chacarita; y Jorge Luis Borges. Este último decidió irse a morir a Europa, el sabio ya conocía el extraño destino que espera a los cadáveres en Argentina. En el segundo grupo resalta el caso de Perón, cuyas manos fueron mutiladas y extraídas de su tumba durante el gobierno de Alfonsín, o la enorme peregrinación que tras su muerte hiciera el cadáver de Eva Perón, de Argentina a Europa y décadas después de vuelta a Argentina, con dedos, trozos de su nariz y orejas mutilados. Al Che Guevara le tocó el peor de los dos mundos.

Toda esta obsesión argentina con la muerte fue recogida por el propio Borges en El simulacro. Cuenta la historia de un extraño personaje que aparece un día en un pueblito del Chaco, trajeado de gris, lúgubre, y tras encender cuatro cirios y dejar caer algunas flores, abre una caja que hace las veces de ataúd, en cuyo interior se encuentra una muñeca rubia. Los habitantes acuden al lugar, retirado, cerca del río. Mi sentido pésame, General. Y el personaje, compungido, junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, contesta con entereza: Era el destino. Se ha hecho todo lo posible. "Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos".

A ese mismo abismo, hasta ahora ajeno, nos hemos asomado esta semana. Un madrugonazo nos ha colocado frente a unos astronautas (la expresión es de los descendientes de María Antonia Bolívar) hurgando huesos y cenizas, y dando vivas a la patria. Cabrujas solía decir que Bolívar se sentiría muy triste si fuese testigo del manoseo y la referencia constante que de él se hacía en nuestra asombrada modernidad. No podría haber servido para mucho el padre, si los hijos seguían invocándolo, décadas después, mientras deambulaban sin rumbo por los pasillos de la historia. ¿Qué se podría decir hoy en día? Es tan fácil reinventar a los muertos. Ponerles palabras en la boca, tomar su lugar y decir lo mucho que nos hubiesen querido, jugar al simulacro. Y cobrar, por supuesto. Cobrar.

Para El Universal, 23/07/2010