viernes, 1 de octubre de 2010

¿Qué nos dejó el 26S?

Desde 2007 han ocurrido cuatro elecciones. Dos de ellas se perdieron por márgenes relativamente pequeños: el referéndum por la reelección indefinida (54%-46%) y las de gobernadores y alcaldes (53%-47%). En las otras dos, el referéndum constitucional de 2007 y el pasado domingo, la oposición superó al gobierno en número de votos. Hasta hace poco, ésta era una tarea ciclópea que se nos antojaba algo menos que imposible.
¿Qué ha cambiado? Es difícil no hacer una correlación entre la incorporación del movimiento estudiantil a la política en 2007 y la primera victoria de la oposición en diciembre de ese mismo año. Si hay algún punto a partir del cual la situación política empezó a cambiar fue aquél. También ha ocurrido una suerte de resurgir de esa fe en el voto que Enrique Krauze identifica en El Poder y el Delirio como una de las principales herencias de los primeros años de nuestra democracia. Por fin el liderazgo opositor asimiló la magnitud de la amenaza y consiguió reconciliar todas sus piezas regadas en un rompecabezas improbable.
Los resultados también nos dejan un aprendizaje esencial. Ha quedado otra vez en evidencia la vacuidad del concepto de los Ni-ni. Esta categoría ha sido presentada por algunos vendedores de ilusiones como el mantra, la clave para entender el panorama político venezolano. Tan es así, que hay encuestadores que llegan al extremo de disputarse con orgullo su acuñación y acusan a los demás de copiones, como si ellos fuesen Jean Francois Champollion y la construcción de los Ni-ni la piedra Rosetta. Ahí está el PPT, que pretendió apelar a esa “enorme masa de ciudadanos” que están insatisfechos y “no se identifican con ninguna de las dos propuestas”. Ahora seguro que la charlatanería de ocasión para intentar explicar la ausencia de los Ni-ni en los resultados del 26S será que “se volvió a imponer la polarización”.
Pero todo queda por hacer. Resta observar cómo reaccionará el Presidente. Podría pensar que el tiempo se acaba y tratar de acelerar la implementación del proyecto socialista (que tanto daño le ha causado a su popularidad). O podría volverse práctico, como tantas otras veces, y avanzar, sí, de una forma menos estridente, mientras se continúa endeudando para seguir financiando el populismo. Pero el 2012 aún está lejos. En cualquier caso, ya la oposición tiene equipo y fuerza suficiente como para darle preponderancia a lo que será su propia estrategia, en lugar de vivir jugando a adivinar qué va a hacer Chávez (por ejemplo, armar un gabinete sombra, para hacer verdadera oposición y a la vez prepararse para gobernar).
Entre la rápida sucesión de imágenes que conforman mis recuerdos del domingo hay una que predomina sobre todas las demás: Es Ramón Guillermo Aveledo, ecuánime, breve, diciéndole a los venezolanos que ya podían irse a dormir tranquilos, porque contaban con una oposición que se iba a quedar a velar por sus votos. Me causó una impresión fortísima. Y pensé que quizás se debía al fuerte contraste entre todos estos años de Chávez, que no es más que un espejo de lo que una gran parte de Venezuela todavía es; y Aveledo, que en esa hora afortunada, surgió como la primera imagen del país que queremos ser.

Para El Universal, 01/10/2010