viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Y eso se podía?

Sir Montagu Norman, presidente del Banco Central de Inglaterra entre 1916 y 1944, se encontraba en un trasatlántico cubriendo la ruta de Nueva York a Londres en septiembre de 1931 cuando el gobierno de su país tomó la decisión de abandonar de forma definitiva el patrón oro. Apenas descendió del barco supo la noticia. Yo no sabía que podíamos hacer eso. La sucesión de eventos que han tenido lugar en las últimas semanas en Venezuela me ha traído a la memoria este episodio. A pesar de que ya tenemos años recibiendo noticias impensables todos los días, todavía hay cosas que nos toman por sorpresa. El set de eventos que seguimos considerando impensables se continúa reduciendo, y aún así nuestra capacidad de reacción continúa evaluando las cosas como si toda la secuencia se fuese a detener allí, y el status quo actual fuese a prevalecer de aquí en adelante. En estas últimas dos semanas se han violado algunos de los supuestos básicos: se ha ocupado un conjunto de complejos residenciales privados que estaban en desarrollo (algunos muy cerca de su culminación), y para evitar una reacción rápida de los constructores y propietarios se ha ordenado a los registros no procesar la compraventa de los inmuebles a los que le han puesto el ojo.


Es impresionante cuán fácil resultó todo esto. ¡Con ordenar a los cubanos de nuestros registros que suspendan el procesamiento del protocolo de compraventa es suficiente! Para nosotros, acostumbrados durante tanto tiempo a la existencia de algún tipo de mercado, pensar fuera de nuestra caja, imaginar cómo sería un mundo en donde no podemos comprar y vender nuestros inmuebles es muy difícil. ¿Y ahora qué? Como los cuadros esos en tres dimensiones: una vez que ves la forma ya no la puedes dejar de ver. Basta darse una vuelta por el Paseo del Prado en La Habana para entender cómo funcionará (cuando alcance su máxima expresión). Quienes poseen una vivienda tienen derecho al disfrute de uso, no de disposición. Si se quieren mudar, o la quieren cambiar por una más pequeña, o quieren disponer de ella de alguna manera, tienen que conseguir a alguien que tenga exactamente la necesidad inversa. Eso se hace en el Paseo del Prado: allí se grita a viva voz lo que se quiere cambiar, hasta que aparecen las contrapartes. Puede tomar meses. Una vez logrado, ambas partes se dirigen a un registro que autoriza el canje.

La premisa es que cualquier cosa puede suceder, y mucho más en nuestro caso. Siendo así, en lugar de contratar gente (como yo) que nos ayude a ver mejor el futuro, deberíamos invertir en hacernos menos vulnerables. Los costos de esa decisión podrían ser grandes, pero no sé si mayores que los de una confiscación. Oigo a muchos consultores por ahí venderle a las empresas que los contratan, que si se quedan el premio será grande. Es difícil mantener la honestidad intelectual cuando se le habla al que nos da de comer. Y también es difícil escoger entre una recomendación como consultor y las implicaciones de esa decisión en términos del país en donde uno quiere vivir. Las líneas son muy tenues, y los conflictos de intereses muy visibles.

Para El Universal, 12/11/2010