viernes, 10 de diciembre de 2010

Una tarde con Carmelo Lauría

Uno nunca puede saber cuándo es la última vez. Como escribe Javier Marías: “Es que sólo la última vez es la última”. Confieso que es un tema que me obsesiona, que se me hace presente a diario. Nunca sabemos cuándo es la última vez que vemos a alguien, que atravesamos un camino, que entramos o salimos de algún lugar. Esta preocupación acaso sea inútil. Como decía Cesare Pavese: “Uno piensa en cuando era niño: ‘Hubiera jugado más’. Pero si alguien te lo hubiese dicho entonces, no hubieras sabido por dónde empezar”. No siempre es así. A veces la conciencia de la posibilidad de una última vez nos ayuda a aprovechar mejor cada ocasión. Por esa razón, antes de salir de Venezuela, quise visitar a Carmelo Lauría.


Mi idea era, en principio, que hiciéramos una serie de conversaciones sobre su colosal experiencia en la administración pública venezolana. Tenía, en esencia, tres motivaciones. Estaba interesado en escuchar, de primera mano, cuáles eran las circunstancias, las restricciones institucionales y el proceso de decisión colectiva que regía la política económica durante los más de treinta años de su vida pública. Difícilmente alguien mejor capacitado que él. Esto, a su vez, por otra razón. Existe entre nosotros la mala costumbre de achacar las equivocaciones de los demás a su ignorancia, oscurantismo o alevosía (a veces es así, otras no tanto). En el caso de Carmelo, acaso también de Gustavo Tarre, no creo que se pueda decir que así sea. Y, sin embargo, ambos ocuparon posiciones muy importantes en gobiernos que tomaron pésimas decisiones. Por otro lado, me parece triste que seamos un país tan poco propenso a preservar la memoria, ya no sólo de nuestros presidentes (acaso Rómulo Betancourt sea la única excepción), sino también de los hombres públicos en general. No se trataba de una apología, que no le hacía ninguna falta y ninguna gracia, sino de rescatar de sus recuerdos aquellas cosas que puedan ayudar a entendernos mejor como sociedad.

Aunque llevaba ya bastante tiempo luchando con o contra el cáncer, me recibió en la puerta de su casa con esa mezcla de audacia, temeridad y bonhomía que lo caracterizaba. Era un jueves de los últimos de julio, al final de la tarde. Atravesamos una suerte de sala contrahecha, característica de esas casas que resultan de la unión de otras dos, y llegamos al patio. Nos sentamos en unas sillas de hierro. Prendió un cigarro, no sin antes voltear por encima del hombro (lo tendría prohibido). Conversamos un par de horas. Por la grabadora desfilaron los episodios de renegociación de la deuda, los Brady, el Plan IV de SIDOR, el Cristóbal Colón, el Banco de Venezuela, Tinoco, Lusinchi, Caldera y Carlos Andrés Pérez, las visitas de un joven Felipe González que acudía a Venezuela para formarse (léase "aprender de") en Acción Democrática. Era un extraordinario conversador. No eludía el debate, lo apreciaba, pero no cedía parcela. Con el era casi tan fácil conversar de cualquier cosa, como difícil convencerlo de alguna. Me prometió que vendría más adelante, para complementar aquella conversación inicial, tan general, con mayor detalle y de forma más organizada. Su firme voluntad de vivir hacía imposible referencia alguna a la posibilidad de que aquella fuera la última vez. No le dio tiempo para más. Está enterrado en un pedazo de tierra venezolana. Que descanse en paz.

Para El Universal, 10/12/2010

4 comentarios:

coco4527 dijo...

Sr Santos muy buen articulo en la memoria de un venezolano que como usted lo describe era muy buen conversador y una cultura amplisima
saludos
Alvaro E Peña

Anónimo dijo...

Muy agradable....

Isabel dijo...

Miguel Ángel, estoy de acuerdo contigo y confieso que tengo un gra temor por aquello que dices, que "seamos un país tan poco propenso a preservar la memoria,ya no sólo de nuestros presidentes, sino también de los hombres públicos en general.
Ayer murió Don Mauel Caballero. Hace muy poco Maza Zavala. Otro tanto Caldera...
He expresado antes que temo porque muere una generación. La generación de aquellos que trabajaron por construír las bases de nuestro país, por construír la democracia. Aquellos que, más allá de comulgar con sus ideas o no, se prepararon y son referencia de la lucha y el amor a la patria. Cada día son más los que suman la lista de quienes no están, y nos toca a nosotros continuar con el legado, enmendar lo errores, no por ellos sino por Venezuela. Ahora, que la tendencia parece ser borrar la historia del país, quiénes han participado y cómo lo han hecho.

Gracias, pues, por sus líneas que refrescan la memoria colectiva y resaltan los logros de la sociedad civil.

Sí, está enterrado en un pedazo de tierra venezolana. La que le dio vida.

Su nieta,
Isabel Pérez-Segnnini Lauría

Miguel Ángel dijo...

Hola Isabel,
Lamento mucho el fallecimiento de tu abuelo. Te doy mis condolencias de manera formal, como corresponde. Pero francamente lo lamento también a nivel personal, porque tenía una enorme oportunidad de aprender de él, y lo fuí dejando hasta que se me hizo evidente que podía ser tarde. Tengo una cinta de mi conversación con él. Si les interesa, se las puedo enviar. Me interesaría también conversar con ustedes, por si dejó (como me mencionó varias veces) algo por escrito, algunos archivos relativos con su actividad pública, que me puedan ayudar en alguna medida a reconstruir parte de esa copiosa memoria que tenía, no sólo por los 30 años de servicio público, sino porque además tenía una extraordinaria memoria.
Gracias por haberte tomado la molestia de escribirme,
Sinceramente,