viernes, 29 de octubre de 2010

Ultimo discurso de Carlos Andrés Pérez como Presidente de Venezuela, 20 de mayo de 1993

Abajo el último discurso de Carlos Andrés Pérez como Presidente de Venezuela. Ayer el ex-Presidente cumplió 88 años. Creo que él nunca imaginó que la miseria de quienes le sucedieron lo reivindicaría a diario como verdadero demócrata. Hay muchas cosas aquí que indican que CAP estaba mucho más claro que muchos, en relación a lo que entonces se nos venía encima. Muchos de los que se empeñaron en sacarlo de la Presidencia a siete meses de culminar su período, y reivindicar a los golpistas de Febrero y Noviembre de 1992, hoy en día son perseguidos por el gobierno de Chávez. Otros han pactado con Chávez, otros han muerto, y aún un grupo está instalado en el gobierno. Hoy en día resulta casi imposible que todos estos personajes en algún momento hicieran una disímil coalición para dar al traste con su Presidencia. En su terco empeño se llevaron consigo a la democracia venezolana.

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Me dirijo a mis compatriotas en uno de los momento más críticos de la historia del país y de los más difíciles de mi carrera de hombre público.  Debo confesar que pese a toda mi experiencia y al conocimiento de la dramática historia política de Venezuela, jamás pensé que las pasiones personales o políticas pudieran desbordarse de manera semejante y que ya Venezuela podía mirar hacia atrás sin el temor a los incesantes desvaríos de la violencia tan comunes en nuestro proceso histórico.

Ha cambiado poco nuestra idiosincrasia. Nuestra manera cruel de combatir sin cuartel. Ha revivido con fuerza indudable un espíritu inquisitorial y destructor que no conoce límites a la aniquilación, sea moral o política. Reconozco con inmenso dolor esta realidad y no solo porque yo sea el objetivo de los mayores enconos, a quien se le declara la guerra y se le quiere conducir al patíbulo, sino porque este es un síntoma y un signo de extrema gravedad, de algo que no desaparecerá de la escena política porque simplemente se cobre una víctima propiciatoria. Esta situación seguirá afectando, de manera dramática, al país en los próximos años.

Yo represento una larga historia política. Una historia que arranca a partir de la muerte de Juan Vicente Gómez y de los primeros gobiernos que sucedieron a la dictadura que demoró por tantas décadas nuestra presencia en el siglo XX. Formé parte de los jóvenes que en 1945 se lanzaron temerariamente a transformar el país. Derrocado Rómulo Gallegos, asumimos todos los riesgos para recuperar para Venezuela su libertad y su dignidad de pueblo libre. Formé parte de quienes desde 1958 combatieron con mayor denuedo por la democracia, contra la subversión que en esos duros años puso en jaque nuestras nacientes instituciones democráticas. En el camino dejamos muchos adversarios vencidos, pero jamás humillados, por el contrario, se les tendió la mano franca cada vez que fue preciso.

Como no soy un acumulador de resentimientos, me equivoqué al suponer que todos actuábamos así y que las diferencias y los duelos políticos nunca serían duelos a muerte. Supuse que la política venezolana se había civilizado y que el rencor y los odios personales no determinarían su curso. Me equivoqué. Hoy lo constatamos.Pido a mis compatriotas que entiendan estas reflexiones no como expresión nostálgica o dolida de quien se siente vencido o derrotado. No. Ni vencido ni derrotado. Mis palabras son una convocatoria a la reflexión de mis compatriotas sobre los duros tiempos que nos esperan y un llamado a los líderes políticos, a los responsables de los medios de comunicación, para que mediten y adecúen su conducta a la gravedad del momento que vivimos. Ojalá que nos sirva la lección de esta crisis. Que se inicie una rectificación nacional de las conductas que nos precipitan a impredecibles situaciones de consecuencias dramáticas para la economía del país y para la propia vigencia de la democracia que tantos sacrificios ha costado a nuestro pueblo.

Como Presidente de la República, antes y ahora, he actuado con mesura y con abierto ánimo de conciliación. No he perseguido a nadie. A nadie he hostilizado. Sin embargo, contra nadie se ha desatado una campaña sistemática, larga y obsesiva, como se ha ensañado contra mí y contra mi gobierno. La he soportado con la convicción de que en las democracias son siempre preferibles los abusos de la oposición que los abusos del gobierno. Los adversarios que quedaron en el camino y los enconos de las luchas políticas pasadas se fueron uniendo poco a poco y todos fueron resucitando agravios que parecían olvidados. Así se ha formado la coalición que tiene en zozobra al país, articulados en esta confabulación que nos abruma. Nunca una coalición fue tan disímil. Cuando se retratan en grupo aparecen señalados con definiciones precisas de diversas etapas de la lucha política de, los últimos cincuenta años. Rostros de derrotados o frustrados que regresan como fantasmas o como espectros, predicando promesas mágicas de resurrección.

Es como la rebelión de los náufragos políticos de las últimas cinco décadas. Los rezagos de la subversión de los años 60. Con nuevos reclutas. Los derrotados en las intentonas subversivas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 se incorporan a la abigarrada legión de causahabientes. Todos los matices, todas las ambiciones y todas las frustraciones juntas de repente. Me resisto a imaginarme a Venezuela en febrero de 1994, cuando los profetas de tan engañosas promesas tengan que enfrentar la realidad del país, en medio de una pugna imaginable, ésta sí, por sus cuotas de poder.

Me siento orgulloso de lo que, acompañado por mis colaboradores a lo largo de mi gobierno, y por la digna y leal conducta de las Fuerzas Armadas, hemos logrado hacer para darle rumbo moderno y definitivo al Estado venezolano. Al propio tiempo que siento la angustia y la pena por la crisis que inevitablemente ha acompañado al proceso de reformas que emprendimos, porque este Gobierno que presidía ha dado contribución decisiva para escribir nuestra historia contemporánea. Historia sencilla, que arranca esta vez, desde 1 989, cuando debimos acometer esta serie de reformas profundas, tanto políticas como económicas.

Puse todo empeño en las reformas políticas. Y así comenzamos por convertir la Presidencia de la República de un poder absoluto a un poder moderado. Cuatro partidos políticos comparten o han compartido el poder a lo largo de este período presidencial. Dos elecciones de gobernadores y de alcaldes han tenido lugar en cuatro años. Reclamo un protagonismo especial en este proceso de reformas que se orientó hacia el logro de la democratización del poder y de una participación nacional inequívoca.

A la par de las reformas política se emprendieron las reformas económicas. Ya no era posible el estatismo, porque el Estado macrocefálico había llegado a su fin. La armonía social financiada de manera ilimitada por el petróleo llegó a su fin. Fue una decisión que requirió voluntad y coraje, no fue fácil, porque implicaba un cambio de rumbo en una historia de un país petrolero de cincuenta años de deformaciones. Asumí la impopularidad de esta tarea. Tenía una alternativa quizás distinta: porfiar hasta el final y comprometer los recursos del Estado, extremando la falsa armonía social. Pero los resultados habrían sido catastróficos. Hemos puesto a Venezuela, con esas reformas económicas y comerciales, en sintonía con lo que ocurre en el mundo y también en nuestra propia región de América Latina.

Nuestra economía, para sorpresa de analistas, creció de manera notable en medio, incluso, de tiempos adversos como los de 1992, cuando se atentó de manera pertinaz contra las instituciones democráticas y contra la estabilidad del régimen, y, desde luego, contra el Presidente de la República, en primer término. El Pacto Andino se hizo posible gracias a estas decisiones que dieron rumbo moderno a nuestra economía. El país tendrá que conocer a plenitud, despojada la realidad de toda esta repudiable campaña de mentiras, calumnias y deformación de la verdad, el claro perfil del proceso que hemos vivido en estos años.

Fue en 1992 que brotó la soterrada conspiración civil, que aprovechó astutamente la conmoción producida por la felonía de los militares golpistas. La misma conspiración de hoy que recurre a otros métodos, porque se agotaron todos los demás, desde la metralla y el bombardeo implacable hasta la muerte moral. Si no abrigara tanta convicción en la transparencia de mi conducta que jamás manchará mi historia, y en la seguridad del veredicto final de justicia, no tengo inconveniente en confesar que hubiera preferido la otra muerte.

Ninguna conspiración, ninguna confabulación por variada y poderosa que sea, ninguna conjura, me arrancarán del alma del pueblo venezolano. Para él he vivido, por él he luchado de manera denodada. Por él continuaré luchando. Más temprano que tarde comprenderán que he actuado con la conciencia más cabal y más plena de que opté por el camino más conveniente. El futuro dirá, y lo dirá muy pronto, si he actuado con razón, si hemos interpretado correctamente el momento y las circunstancias del país.

Jamás he presumido de hombre o de político infalible. Innumerables pueden haber sido mis errores de buena fe, pero, en el balance de una vida política larga y apasionada, estoy persuadido de que se reconocerá mi contribución con equidad y con justicia. Repito lo que ayer dije, el país contempló estupefacto cómo se ejercieron sobre los magistrados del alto tribunal las más desembozadas presiones.

Estas son, compatriotas, manifestaciones de una actitud que ha perdido hasta las normas del recato para lanzarse abiertamente por el camino de las presiones ejercidas sin medir las consecuencias institucionales que tales actitudes comportan. No me perdonan que haya sido dos veces Presidente por aclamación popular. No me perdonan que sea parte consubstancial de la historia venezolana de este medio siglo. No me perdonan que haya enfrentado todos los avatares para salir victorioso de ellos. No se me perdonan ni mis errores ni mis aciertos. Pero aquí estoy: entero y dedicado a Venezuela. Consagrado con pasión hoy, como ayer, al servicio de los venezolanos. De todos. De los que me apoyan, de los que me adversan y de los que tienen duda. Aquí estoy.

En el día de hoy, los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, reunidos en Sala Plena, encontraron méritos para enjuiciar al Presidente de la República y a los ex ministros Alejandro Izaguirre y Reinaldo Figueredo. El pasado 9 de marzo, en mensaje dirigido a la nación, expliqué minuciosamente la forma y las razones por las cuales se tramitó esa rectificación presupuestaria de 250 millones de bolívares, con cargo a los servicios de inteligencia y seguridad del Estado. Fue una explicación precisa y clara. Nada tengo que rectificar o agregar a lo que allí dije. Y una vez más quiero dejar constancia de que no hubo delito alguno. Y jamás podrá presentarse, tampoco, prueba que ponga en tela de juicio la conducta del Ministro de Relaciones Interiores que tuvo a su cargo el manejo de esa partida, como del Ministro de la Secretaría que no tuvo ninguna injerencia en su manejo.

Me dirijo hoy a todos mis compatriotas y a todos los extranjeros que han hecho de Venezuela su patria. Quien como yo, que ha dedicado su vida entera a la conquista, defensa y consolidación de la democracia, no tiene que ratificar que acato esta decisión de la Corte Suprema de justicia. No la juzgo. Será la historia —implacable en su veredicto— la que lo hará más adelante. Y la acato, porque asumo mi responsabilidad como Presidente, como poder y como venezolano. Del mismo modo que tendrán que asumir la suya quienes han conducido al país a esta encrucijada dramática de su historia.

Lo que más me duele es que esta decisión de la Corte Suprema de justicia se produce en el mismo momento en que el país se enrumba positiva y francamente hacia su recuperación política y económica. En lo político, los venezolanos han escogido sus candidatos presidenciales para así cumplir con la renovación democrática de la conducción de la jefatura del Estado. Un aire de satisfacción se respira, hasta este momento, de plena normalización de la vida institucional. En lo económico, comienzan a confirmarse con nitidez los avances sustanciales en el proceso de recuperación productiva después de los inmensos sacrificios que hemos hecho todos para modernizar la economía nacional.

Estábamos viviendo un período de franca tranquilidad que expresaba el apaciguamiento de las tensiones experimentadas por el país desde el año pasado. La decisión de la Corte Suprema de Justicia cambia radicalmente este cuadro.

Ratifico ante mis compatriotas que no he incurrido ni en éste, ni en ningún otro caso, en manejos ilícitos, impropios o irregulares. No me he enriquecido jamás. Mi ambición siempre ha sido contribuir con mi esfuerzo a perfilar un rumbo moderno y promisorio para Venezuela.

De mí se han dicho y se dicen muchas cosas. Se podrán decir todas las que se quieran en el terreno político. Esta es la práctica de una democracia activa y vigorosa. Pero nunca, podrá decirse que me he aprovechado en términos personales de las posiciones que he ocupado por voluntad del pueblo. Tampoco nadie me podrá enrostrar que he propiciado, estimulado o provocado la comisión de hechos ilícitos.

El dinero de la partida secreta, por el cual la Corte Suprema de justicia ha acordado el enjuiciamiento del Presidente de la República, en este y en todos los casos, ha sido utilizado de acuerdo a las disposiciones que la ley prevé. Ahora nos enfrentamos al juicio. No solicitaré de los señores senadores que anulen la decisión de la Corte Suprema de justicia. Sino que les pido reflexionar sobre la insólita e innoble crisis que ahora se le abre al país con la decisión de una Corte que debemos respetar y acatar pero que crea el insólito precedente de actuar como un organismo político que desatiende sus nobles y altos cometidos de darle majestad a la justicia.

Allí iniciaré una nueva etapa de mi vida política que nunca ha dado tregua a sus afanes. Allí anunciaré que más allá de asumir mis enteras responsabilidades en el juicio que se me inicia, me lanzaré al rescate del sentimiento popular. No me defenderé porque no tengo nada de que defenderme. No me agrediré porque no he envilecido nunca el debate político ni con el insulto ni con la calumnia. Tal como lo establece la Constitución Nacional, procederé inmediatamente a entregarle el cargo al Presidente del Congreso, con el fin de que el Parlamento proceda a designar a la brevedad posible a quien ha de encargarse de la Presidencia, mientras se decida el juicio contra el Presidente de la República.

Convoco a las fuerzas políticas, económicas, institucionales y sociales, a los medios de comunicación y a todos los venezolanos, a unirse alrededor del encargado de la Presidencia de la República que designe el Congreso para superar este momento aciago. Mi pasión, mi interés, el incansable quehacer que me ha caracterizado y el coraje que he demostrado en los momentos más difíciles siempre han estado al servicio de Venezuela. A lo largo de toda mi vida, desde que era apenas un adolescente, he consagrado mi existencia a los grandes intereses de nuestro pueblo. A Ustedes he consagrado mi destino.

Quiera Dios que quienes han creado este conflicto absurdo no tengan motivos para arrepentirse.

El tren se va

El Fondo Monetario Internacional presentó hace unos días en Washington su Informe de Perspectivas Mundiales. En términos generales la conclusión es esperanzadora: Entre 2001-2010 los países menos desarrollados crecieron a tasas mucho más altas que los más desarrollados, con lo que se redujo en alguna medida la enorme brecha que separa a unos de otros. Esta realidad ha venido a reivindicar las teorías clásicas de crecimiento económico, y muy particularmente la del nunca bien ponderado Robert Solow. Según Solow, dado que el capital tiene rendimientos mayores en países menos desarrollados, los desplazamientos de un lado a otro tenderían en el largo plazo a equilibrar los niveles de ingreso. De ser así, quizás en la segunda década del nuevo milenio veamos todavía más convergencia, con los capitales huyendo del ciclo de recesión y deflación al que se han ido deslizando los Estados Unidos y Europa, y buscando resguardo en los mercados emergentes.


¿Cómo queda Venezuela dentro de todo este concierto? El informe reporta que ha crecido en los últimos diez años 34,8%, lo que equivale a 3,0% anual. Dado que nuestra población crece a una tasa anual de 1,7%, el ingreso promedio ha crecido 1,3% en cada año. Nada mal, ¿no? Depende. La década que culmina este año ha sido, junto con el gran boom petrolero de los años setenta, una de las más favorables. Pero no sólo es eso. El endeudamiento externo de Venezuela (documentado) ha crecido en más de 100%, ya sea en dólares reales o como porcentaje del tamaño de nuestra economía. Aún así, somos el país de la OPEP de menor crecimiento. Los demás miembros crecieron en promedio 74,5%, algo así como 5,3% anual, prácticamente el doble que nosotros.

Hay más. Durante el próximo quinquenio (2011-2015) Venezuela estará entre las tres economías de más bajo crecimiento en el mundo, junto con Italia y Portugal. Según el pronóstico, nuestro país crecería 5,8% en cinco años, o 1,1% anual, poco más de la mitad del crecimiento poblacional.

Aunque estas cifras son suficientemente dramáticas, es muy probable que el informe haya sido demasiado benevolente con Venezuela. El PIB estimado para 2010 es de 285.214 millones de dólares. Esta cifra duplica los estimados más conservadores de nuestra magnitud. ¿Por qué? Y bueno, aquí vamos. Según mis números de pulpería, el FMI ha hecho los números de la producción venezolana a una tasa aproximada de 3,5 BSF/US$. En el fondo, parte del caos nuestro es que no tenemos ni idea de cuál es la tasa de cambio relevante para el conjunto de nuestra economía, pero se puede decir con cierto grado de certeza que 3,5 no es. Una tasa de cambio más razonable podría lanzar a nuestra economía al sótano de las estadísticas del FMI (a hacerle compañía a Italia, Portugal y Haití). En cualquier caso, es una realidad como un sol y no se puede tapar con un dedo. Si en algo todos están de acuerdo con el polémico modelo de Solow, es que sin inversión de capital no puede haber crecimiento. Y nosotros no hacemos sino asistir al espectáculo diario de la destrucción del capital, de la aniquilación de toda la acumulación de esfuerzos y capacidades que la nación se fue haciendo, mal que bien, con el paso de los años.

Para El Universal, 28/10/2010

viernes, 22 de octubre de 2010

Association Barou Au País Dogon

Junto con nuestro amigo Ogomano Sayeh, hemos establecido una fundación en Mali "Association Barou Au País Dogon". Es un pequeño proyecto de ayuda que tenemos en el Dogon Country, particularmente en la Villa de Tireli. Los fondos bajan directo al Hogon (líder espiritual) de la villa, que los distribuye de acuerdo con un plan previo entre: Materiales para la escuela de Tireli, sacos de fertilizante para aprovechar mejor los períodos de siembra, y bombas de agua para hacer más eficientes la villas. Estas pequeñas cosas hacen una tremenda diferencia! Y no hay burocracia in-between! Anexo un par de fotos del colegio, del director del colegio recibiendo los materiales (los lentes también forman parte del envío!) y de una de las bombas de agua que se adquirieron! Cualquier donación es buena! (como referencia, una bolsa de fertilizante cuesta 78 dólares, y una bomba de agua 580). Si estás interesado en participar déjamelo saber.




La dolarización: El reto de la blancura

Entiendo que el tema viene algo off-hand para lo que está pasando en Venezuela hoy en día, pero he recibido muchos e-mails y comentarios acerca de las posibilidades de dolarizar la economía venezolana, no bajo Chávez, sino como medida conveniente en otros tiempos. De vez en cuando no está de más salirse del terreno de la caimanera diaria (la cascarita, como dirían los mexicanos) sobre el robo, la corrupción, la deuda, la destrucción de la inversión, y pensar en los arreglos de política que nos podrían venir bien (o mal!) en el futuro. Como siempre dice mi amigo Marino González, suponiendo siempre que los que llegan al gobierno son "gente buena". Aquí les va.

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“¿Tú quieres ganar en bolívares o en dólares? Este argumento del tipo “¿tu quieres ver cómo desmancho tu ropa dejándola limpiecita en cinco segundos?” suele estar presente en todas las discusiones sobre los méritos de dolarizar o no la economía venezolana. Claro, así luce muy atractivo. ¿Cómo funcionaría esto?
Cuando un país dolariza, recoge toda su moneda local a cierta tasa de cambio. Esa tasa debe estar cerca de la relación liquidez a reservas, hoy en día 8.9 bolívares por dólar. A partir de ahí, para aumentar el circulante hay que exportar más, recibir más inversión o endeudarnos más. Ahora bien, la volatilidad de nuestras exportaciones es fenomenal. Ya sea calculada en términos reales o nominales, en períodos de 20-40 años, la volatilidad nunca es menor a 50%. Esto es, podemos exportar un año $30.000 millones y el próximo cualquier cosa entre 15.000 y 45.000 (o peor). La dolarización trasmitiría toda esa volatilidad a la economía. ¿Subió el precio del petróleo? Se viene un río de divisas. ¿Bajó? No aparece el circulante por ningún lado. ¿Y si se dolariza y se crea un fondo de estabilización? Ya eso se parece bastante a un banco central (a uno de verdad, no al nuestro de por estos días).
Al contrario de lo que pregonan las cuñas de la dolarización, la inflación no converge de forma inmediata (y en algunos casos nunca converge del todo) con la de Estados Unidos. Eso hace que las cosas a nivel local se hagan más caras y pone presión sobre la cuenta corriente (menos exportaciones, más importaciones). Esa brecha es imposible de corregir a través de mayor productividad local. La única forma de sostenerla es vía deuda. La apuesta es que la mayor credibilidad va a atraer tanta inversión y a generar tanto crecimiento, que los males descritos aquí serían menores. Y la verdad es que aunque al comienzo se observa mayor crecimiento y menor inflación, se hace muy cuesta arriba mantener esa “afluencia” a punta de deuda.
Cuando, tras la primera guerra mundial, muchos países decidieron retomar el patrón oro, algunos lo hicieron a las paridades pre-guerra (Inglaterra, a costa de un enorme sacrificio: deflación y desempleo), mientras otros prefirieron devaluar (Francia). El mercado premió a estos últimos: ese era un compromiso de cumplimiento más probable. El tiempo les dio la razón. Desde entonces la evidencia es amplia: Los mercados no premian a países que adoptan compromisos draconianos, de baja probabilidad de cumplimiento en el mediano plazo.
La dolarización obliga al gobierno a renunciar a la política monetaria y a hacer outsourcing en Estados Unidos. Esto también suena muy atractivo: “¿Tu prefieres a Bernanke o a Merentes?”. El problema está en que, por un lado, el dólar se está devaluando, y por el otro, Bernanke decide la política según las necesidades de Estados Unidos (aunque por estos días uno nunca está seguro), no de las nuestras. La dolarización presupone que el gobierno es por definición incapaz. Siendo así, es mejor quitarle el monopolio de imprimir dinero. Y la verdad es que, si el gobierno es incapaz, jamás va a decidir ponerse esa camisa de fuerza. Y si lo hace, alguna capacidad tiene. En definitiva: no hay atajos. ¡A fregar!

Para El Universal, 22/10/2010

viernes, 15 de octubre de 2010

Esta vez es diferente

Aunque cada vez que ocurren grandes crisis financieras uno escucha que son fenómenos impredecibles que ocurren “una vez cada cien años”, en realidad no es así. Son bastante más frecuentes y aunque no del todo predecibles, es posible diseñar un sistema de indicadores que provea alertas tempranas. Esa es la conclusión de Kenneth Rogoff y Carmen Reinhardt en “Esta vez es diferente” (This time is different, Princeton University Press, 2009). Los autores estudian los episodios de crisis cambiarias, inflación, defaults y financieras que han ocurrido en el mundo en ochocientos años (de particular interés es cuando todas se presentan juntas y los mecanismos de transmisión). Aunque muchos países han conseguido “graduarse” y superar las primeras tres, las crisis financieras son persistentes, y sus consecuencias muy similares entre países desarrollados y sub-desarrollados. Esta es una de las conclusiones más contra-intuitivas, pues cabría esperar que la calidad de las instituciones y las regulaciones típicas del desarrollo provean mejores antídotos contra crisis financieras. No ocurre así.
La naturaleza de la macro-tarea que se proponen las autores obliga a hacer algunas generalizaciones. En ninguna de esas sale Venezuela favorecida. Según el criterio para identificar una crisis de inflación (variación de precios superior a 20%), Venezuela ha estado en crisis en tres de cada cuatro años durante las dos últimas décadas. Según el criterio que define una crisis cambiaria (devaluación o depreciación mayor a 15%) calificamos entre nueve y once de los últimos veinte años. En default (la falla del gobierno para cumplir con un pago de intereses en la fecha acordada) también quedamos mal parados. “Hasta Venezuela, el campeón del default de la era moderna con diez episodios desde su independencia, todavía promedia 18 años entre cada default”. Nuestro país se encuentra caracterizado en eso que los autores llaman “baja tolerancia a la deuda”: países mucho menos endeudados en términos relativos (% del PIB), que caen en default con mayor frecuencia. Tenemos una combinación peligrosa: Pésima calificación de riesgo y niveles de deuda/PIB mayores a 35%. Sacamos todos los números de la rifa.
En términos de lecciones de política me gustaría resaltar dos. De acuerdo con Rogoff-Reinhardt, los países con tipo de cambio flexible, cuyos bancos centrales no están obligados a mantenerse “pegados” a otra moneda o defender un tipo de cambio fijo, tienen mejor capacidad de respuesta y tienden a superar las crisis más rápido. La segunda: La liberalización del mercado de capitales está asociada con una mayor probabilidad de ocurrencia de crisis financieras. Y es que los flujos de capitales terminan acentuando la naturaleza pro-cíclica de las políticas de muchos países en desarrollo. En este sentido, parece mucho más sensato un sistema de penalización a los movimientos de capitales de largo plazo, como el que ha prevalecido en Chile durante ya algún tiempo. Lo demás es conocido: Es necesaria una mayor transparencia y una mejor supervisión (tampoco salimos bien aquí). Buena lectura, y buenas ideas para cuando se trate de crecer y desarrollarnos, y no de destruirnos a nosotros mismos.

Para El Universal, 15/10/2010

jueves, 7 de octubre de 2010

La crisis de los cuarenta (a los doce)

No fue necesario esperar mucho tiempo para conocer la reacción del Presidente ante los resultados electorales del 26S. En poco más de diez días ha quedado claro: No tiene sentido volver al pragmatismo. Seguramente le parece increíble que, tras doce años de gobierno, aún no haya conseguido implantar de forma definitiva su proyecto socialista. ¡Cuánto tiempo perdido! Así, el poder vive su versión muy particular de la crisis de los cuarenta: Empieza la cuenta regresiva, las urgencias, ahora quiere hacer en apenas unos meses lo que no ha sido capaz de hacer en doce años.
Es posible que éste ritmo frenético de confiscaciones (no son expropiaciones, no habrá compensación, ni previa ni oportuna), nuevas leyes, llamadas a las milicias, toda la colosal avanzada socialista, no se mantenga hasta el 2012. Quizás unos meses antes de esa elección Hulk se convierta de nuevo en David Banner. ¡Qué frustración Presidente! ¡Qué difícil empujar una revolución socialista, teniendo que parar cada tanto a repartir electrodomésticos, neveras, lavadoras, secadoras, y hasta tarjetas de crédito! ¡Qué delicado es ese balance entre el látigo y la zanahoria! ¿Es que acaso no son capaces de ver las ventajas del socialismo por sí mismos?
Es curioso que el Presidente, tan perspicaz para otras cosas, no le haya pedido aún a Edmond Saade ese grafiquito en donde aparece el consumo per cápita y su popularidad en el eje vertical (hacen falta dos ejes verticales, eso sí) y el tiempo en el eje horizontal. La correlación es asombrosa. El Chávez invencible corresponde a ese período de bonanza petrolera en donde el consumo por habitante alcanzó unas cotas sin precedentes desde “la Gran Venezuela”. Aún hoy, tras haber caído 4.9% en 2009 y otro 5.7% en el primer semestre 2010 (anualizado), el consumo privado por habitante es 38% mayor que en 1998.
Quizás sí está al tanto, pero se impone su corazoncito socialista. Uno no sabe si se impone por convicción, o porque incidentalmente es la única forma de hacer viable su Presidencia vitalicia. Acaso oyó a Oscar Arias decir, en una Cumbre de las Américas, que los líderes no estaban para decirle a la gente lo que quería oír, sino para convencer, para persuadir. Y puso manos a la obra. Pero hace ya unos cuantos años de eso, y la verdad muy pocos, cada vez menos, lucen persuadidos. La bonanza se acabó, y tampoco es posible endeudarse hasta el infinito (aunque están esforzándose).
La producción por habitante en el primer semestre de 2010 fue 1.1% inferior a la de 1998. ¡Doce años perdidos! Doce años en los que América Latina creció (y sigue creciendo) de forma acelerada y acabó la inflación. Pero el nuestro sigue en sus trece. La aceleración de la destrucción productiva se traerá a rastras al consumo, y con él a su popularidad. El país se aproxima a una especie de “confrontación final”. Una vez allí, o no hay más elecciones, o corre un altísimo riesgo de perderlas. En el camino podría tratar de sacarse de la manga una nueva apertura petrolera, a vender lo que sea, con tal de salvar el escollo del 2012. Pero hasta para eso se está haciendo tarde. Para ese desenlace sí vamos a tener que esperar un poco más.

Para El Universal, 08/10/2010

A video interview of Paul Krugman on America’s Fiscal Choices: Strengthening the Economy and Building for the Future

The Center on Budget and Policy Priorities, The Century Foundation, Demos and The Economic Policy Institute held a conference on October 5, 2010 with some of the nation's leading thinkers to discuss the critical economic choices and challenges confronting the nation. Panelists included Paul Krugman, and represented a range of perspectives on how to facilitate economic growth, spur public investment and reduce the national debt.

viernes, 1 de octubre de 2010

¿Qué nos dejó el 26S?

Desde 2007 han ocurrido cuatro elecciones. Dos de ellas se perdieron por márgenes relativamente pequeños: el referéndum por la reelección indefinida (54%-46%) y las de gobernadores y alcaldes (53%-47%). En las otras dos, el referéndum constitucional de 2007 y el pasado domingo, la oposición superó al gobierno en número de votos. Hasta hace poco, ésta era una tarea ciclópea que se nos antojaba algo menos que imposible.
¿Qué ha cambiado? Es difícil no hacer una correlación entre la incorporación del movimiento estudiantil a la política en 2007 y la primera victoria de la oposición en diciembre de ese mismo año. Si hay algún punto a partir del cual la situación política empezó a cambiar fue aquél. También ha ocurrido una suerte de resurgir de esa fe en el voto que Enrique Krauze identifica en El Poder y el Delirio como una de las principales herencias de los primeros años de nuestra democracia. Por fin el liderazgo opositor asimiló la magnitud de la amenaza y consiguió reconciliar todas sus piezas regadas en un rompecabezas improbable.
Los resultados también nos dejan un aprendizaje esencial. Ha quedado otra vez en evidencia la vacuidad del concepto de los Ni-ni. Esta categoría ha sido presentada por algunos vendedores de ilusiones como el mantra, la clave para entender el panorama político venezolano. Tan es así, que hay encuestadores que llegan al extremo de disputarse con orgullo su acuñación y acusan a los demás de copiones, como si ellos fuesen Jean Francois Champollion y la construcción de los Ni-ni la piedra Rosetta. Ahí está el PPT, que pretendió apelar a esa “enorme masa de ciudadanos” que están insatisfechos y “no se identifican con ninguna de las dos propuestas”. Ahora seguro que la charlatanería de ocasión para intentar explicar la ausencia de los Ni-ni en los resultados del 26S será que “se volvió a imponer la polarización”.
Pero todo queda por hacer. Resta observar cómo reaccionará el Presidente. Podría pensar que el tiempo se acaba y tratar de acelerar la implementación del proyecto socialista (que tanto daño le ha causado a su popularidad). O podría volverse práctico, como tantas otras veces, y avanzar, sí, de una forma menos estridente, mientras se continúa endeudando para seguir financiando el populismo. Pero el 2012 aún está lejos. En cualquier caso, ya la oposición tiene equipo y fuerza suficiente como para darle preponderancia a lo que será su propia estrategia, en lugar de vivir jugando a adivinar qué va a hacer Chávez (por ejemplo, armar un gabinete sombra, para hacer verdadera oposición y a la vez prepararse para gobernar).
Entre la rápida sucesión de imágenes que conforman mis recuerdos del domingo hay una que predomina sobre todas las demás: Es Ramón Guillermo Aveledo, ecuánime, breve, diciéndole a los venezolanos que ya podían irse a dormir tranquilos, porque contaban con una oposición que se iba a quedar a velar por sus votos. Me causó una impresión fortísima. Y pensé que quizás se debía al fuerte contraste entre todos estos años de Chávez, que no es más que un espejo de lo que una gran parte de Venezuela todavía es; y Aveledo, que en esa hora afortunada, surgió como la primera imagen del país que queremos ser.

Para El Universal, 01/10/2010