jueves, 30 de diciembre de 2010

La última batalla de Carlos Andrés Pérez (versión ampliada)

La historia tiene sus ironías. A veces son apenas coincidencias, meras asociaciones libres hechas con puentes que tiende la mente entre dos sucesos no necesariamente conectados. En otros casos esas coincidencias parecieran tener vida propia, ser más causales que casuales, aparecidas allí como un fantasma que señala, que nos advierte con énfasis particular acerca de la ocurrencia de un hecho o el fin de una época. Durante los días que rodearon a la pasada Navidad, en la medida en que el ex-Presidente Carlos Andrés Pérez se acercaba lentamente a su fin, aquí en Venezuela Chávez terminaba de retocar un conjunto muy particular de leyes que efectivamente clausuran la democracia venezolana. Y uno no puede dejar de pensar que la historia le ha jugado una broma macabra al país: Dieciocho años después de aquél golpe, diecisiete después de que las élites se asomaran a aquella inmensa hoguera para atizarla con sus propias brasas, Chávez, ahora Presidente, termina de desarmar la democracia, que cae inerte casi al unísono con la última respiración de CAP. Visto así, este acto de nuestra historia culmina con un desenlace de corte shakesperiano, un final común que nos revela que en aquella pira de 1992-1993 se estaba cocinando algo mucho más grande que la propia figura de CAP, allí se empezó a consumir a fuego lento la propia democracia venezolana.

Pero no se trata de volver aquí sobre aquella conspiración y sus consecuencias. Por el contrario, más allá de la conocidísima trayectoria de Carlos Andrés Pérez, quería repasar y ordenar en mi pensamiento, haciendo uso de la disciplina de la escritura, algunos ratos compartidos con el ex Presidente. En 1995 un grupo de estudiantes de la Maestría del IESA decidimos organizar nuestra tertulia mensual con CAP. Debido a que ya para entonces tenía su casa de Oripoto por cárcel, nos trasladamos hasta allá. Tras tres horas de conversación, ya entrada la noche, el ex Presidente desapareció, dándole paso a su secretario privado Ignacio Betancourt, que nos mostró cortésmente el camino de salida. Una vez en el estacionamiento, decidí volver sobre mis pasos y entrar de nuevo en la Ahumada, ya para entonces vacía. Pasé de una estancia a otra hasta que dí con CAP en una suerte de pequeño comedor. “¿Y usted acaso se va a quedar a dormir aquí?”. Le propuse al ex Presidente que un grupo más pequeño de estudiantes, que hacíamos en IESA la extinta concentración en Políticas Públicas, estábamos interesados en asistir una vez al mes a conversar con él. ¿De qué? De lo que nosotros hacíamos, del país, de la escena internacional, o de lo que fuere, a fin de cuentas CAP era un personaje que se sentía cómodo en cualquier terreno, pero a diferencia de otros, esa comodidad derivaba de su amplio conocimiento de la escena mundial y no de la ignorancia absoluta de su propia ignorancia. “Ustedes serán Master en Políticas Públicas, pero yo soy doctor en ciencias generales”.

En ocasiones a estas reuniones nos acompañaban ex Ministros de CAP o profesores del IESA. Tengo atesorado en mi recuerdo esa rápida de sucesión de imágenes y sonidos, Juan Carlos Navarro, Miguel Rodríguez, Julián Villalba estaban entre los que nos acompañaban habitualmente. A veces en medio de una de esas reuniones entraba Ignacio Betancourt y nos mostraba, entre nervioso y apenado, la salida. En una de esas ocasiones, mientras salíamos por un lado, alcanzamos a ver entrar al escritor mexicano Carlos Fuentes. En todas aquellas visitas que hicimos a la Ahumada en el transcurso de algo más de un año, el rasgo que más me llamó la atención de CAP era su carencia de resentimientos. Miguel, con el carro estacionado en 1993 y los rencores vivos, solía recordarle que ese precisamente era el rasgo que había dado al traste con su Presidencia. La presunción de buena fe lo llevó a renovar la Corte Suprema de Justicia y a nombrar a un conjunto de magistrados que acabarían por ceder a las presiones de las élites. Ese tenderle puentes a gente que consideraba valiosa independientemente de su pasado. El caso más resaltante fue el de Ramón Escovar Salom, a quien CAP nombró Fiscal General a pesar de una vieja rencilla ocurrida durante su primera Presidencia, y quien terminaría por enjuiciarlo para cobrar venganza. Este triste personaje había esperado por esa oportunidad durante casi veinte años, y no la dejó escapar.

Habría muchas cosas más que decir sobre CAP, pero la mayoría ya han sido expresadas durante la última semana por personajes de mayor estatura en todas partes del mundo. Leyendo todas esas reseñas internacionales en el aeropuerto de Barajas me dí cuenta de que hacía muchos años, ya no sabría decir cuantos, que el reconocimiento mundial hacia un personaje de nuestra política no me hacía sentir tan orgulloso de ser venezolano. Gracias a CAP por los buenos momentos. La historia no sólo lo absolverá, sino que además lo reivindicará como uno de los pilares tempranos de una democracia para la que parece que aún no estábamos preparados.

Este artículo es una versión ampliada del publicado en El Universal, 31/12/2010

jueves, 23 de diciembre de 2010

El exilio interior y el regreso a Itaca

Se me ha hecho algo tarde para escribir acerca de las mejores cosas que he leído este año, pero no voy a dejar de hacerlo. Si me perdonan la falta de originalidad, lo mejor que me ha caído en las manos es El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. El recuento de la vida y aventuras de Roger Casement en Congo y en el Putumayo, y la historia de cómo llegó a desenmascarar ante los ojos del mundo el saqueo, la explotación y el maltrato cruel del rey Leopoldo de Bélgica por un lado, y de las caucheras inglesas por el otro, es un testimonio de lo que puede conseguir un hombre sólo, con apoyo institucional, cierto, pero sólo, con una firme convicción y un sentido de propósito. “El patriotismo es el refugio último de los canallas”.


También me ha impresionado mucho la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami. A partir de un suceso trivial, la vida de Tooru Okada sufre una extraña y profunda transformación. Empiezan a rodearle personajes extraños e improbables. Predomina la existencia de acontecimientos inverosímiles, salidos de una realidad alternativa. Las visiones y los sueños invaden poco a poco su realidad. Y he aquí que, con todas esas limitaciones, el protagonista debe esforzarse por mantener la conciencia y resolver conflictos que ha arrastrado a lo largo de su vida. “La verdad no siempre es real y la realidad no siempre es verdadera”.

Y luego está La Rebelión de los náufragos, de Mirtha Rivero. Voy a ser 100% franco: Este es un libro que aún no he leído. Lo veo venir, como esas personas que apenas se nos acercan y ya sabemos que traen pésimas noticias, como esas veces que uno infantilmente empuja un poco más allá el momento de saber de manera formal, lo que desde hace ya bastante tiempo intuye. Supe de él a través de Miguel Rodríguez, también en el exilio: “Venezuela es un país hecho para castigar el talento”.

Hasta aquí. Una digresión. Pienso en el exilio exterior, el formal, pero también en el otro, el interior, el de aquellos que se van sin llegar a trasladarse. Han sido víctimas de la exclusión, alejados de sus trabajos y cada vez más de la posibilidad de ser útiles, o bien han renunciado a toda forma de participación en los asuntos de interés de la nación. Como decía el poeta José Ramón Medina, pareciera haberse suspendido el caudal de vida y cerrado las compuertas del futuro. Los acontecimientos nos han atropellado. No es el fin. Pienso también en Odiseo. Tras diez largos años ha terminado la guerra de Troya, pero los dioses han dispuesto que pasen otros diez antes de que pueda volver a Itaca. En esa enorme hipérbole, ocurre su vida. Ten siempre a Itaca en tu mente. Llegar allí será tu última meta. Pero no te apresures en el viaje. Es mejor prolongarlo por años, para que cuando ancles tu nave en la isla ya seas viejo y estés rico con lo que habrás ganado en el camino. Itaca te ha regalado ese magnífico viaje. Sin ella nunca te hubieses puesto en marcha. No tiene más nada que ofrecerte. Y si al volver la encuentras pobre, no te habrá defraudado. Seguramente para entonces, la sabiduría y la experiencia que has acumulado, te habrán permitido comprender lo que Itaca realmente significa. Feliz Navidad.

Para El Universal, 24/12/2010

jueves, 16 de diciembre de 2010

¿Llegará algún día el 2012?

Nos ha tomado bastante más que a Aureliano Buendía y Ursula Amaranta darnos cuenta de que nuestra realidad gira en forma circular. La oposición se asoma ahora con curiosidad y cierta excitación infantil a la posibilidad de una victoria electoral en el 2012. Cediendo un poco a las tentaciones de la ingenuidad: ¿Cuál sería el escenario que encontraría? Unas tasas de cambio múltiple, con tres o cuatro bandas y un caos en el sistema de precios. Una inflación artificial, rezagada por los controles y otras distorsiones. Un aparato productivo extenuado, tras más de tres décadas de desinversión y en particular la última en franca destrucción ex profeso. Unas reservas que no alcanzan para respaldar ni la mayor de las tasas de cambio (ya hoy la relación de liquidez a reservas alcanza 9,8 bolívares por dólar). Unas tasas de interés negativas en términos reales, que penalizan el ahorro y estimulan la demanda de dólares o de bienes durables. Y una deuda externa 150% mayor a la de hace doce años.


¿No es ésta circunstancia muy similar a la bomba que puso Jaime Lusinchi en manos de Carlos Andrés Pérez? ¿Y qué ocurrió en aquella ocasión? No se trata de reivindicar a Pérez, como algunos han insistido (defendiéndose) por estos días, sino de tratar de aprender de aquella experiencia y de empezar a trabajar desde ya en evitar un desenlace similar. ¿Y qué quiere decir esto? Por un lado, empezar a armar un gran acuerdo nacional en relación con la necesidad de ciertas políticas. Y por el otro, provocar a Chávez desde la Asamblea (o cruzar los dedos) para que una parte de esas medidas sean adoptadas antes del 2012 y su costo político recaiga sobre él. En la medida en que eso ocurra, la oposición ganará algo de margen de maniobra (el IVA a 15% es un buen ejemplo).

Entiendo que empezar a armar políticas y estructurar acuerdos les puede sonar como muy temprano a algunos (“es que todavía falta mucho y de aquí a allá puede pasar cualquier cosa”), pero se trata de distribuir el trabajo y avanzar en varios frentes. Si la oportunidad llega, el margen de improvisación va a ser mínimo. Chávez sale del gobierno y vuelve a la oposición con al menos un tercio del país detrás de él y unos cuantos miles de millones de dólares en el exterior (que lo respaldan a él, y no a nuestra moneda).

Eso, cerrando el paréntesis de ingenuidad, en el supuesto de que haya elecciones directas en el 2012. No está nada claro. Nuestra circunstancia de hoy tiene un componente muchísimo menor de realidad que cualquier otro escenario alternativo que nos hubiésemos podido imaginar hace algunos años. El nuestro se ha cansado de hacer elecciones. Ya no le sirven. Ahora procura sustituir el sufragio directo por la elección comunal, y que sean los representantes de las comunas quienes elijan a nuestras autoridades. Y la muestra más grande de la impotencia ciudadana han sido las numerosas convocatorias a rezar para que esto no ocurra. Difícilmente haya alguna otra cosa que ilustre mejor la indefensión ante la tiranía. Se nos viene uno de los últimos capítulos. No porque sea el último (los países nunca tienen “último capítulo”), sino porque de escribirse, pasarán unos cuantos años antes de que veamos uno nuevo.

Para El Universal, 17/12/2012

viernes, 10 de diciembre de 2010

Una tarde con Carmelo Lauría

Uno nunca puede saber cuándo es la última vez. Como escribe Javier Marías: “Es que sólo la última vez es la última”. Confieso que es un tema que me obsesiona, que se me hace presente a diario. Nunca sabemos cuándo es la última vez que vemos a alguien, que atravesamos un camino, que entramos o salimos de algún lugar. Esta preocupación acaso sea inútil. Como decía Cesare Pavese: “Uno piensa en cuando era niño: ‘Hubiera jugado más’. Pero si alguien te lo hubiese dicho entonces, no hubieras sabido por dónde empezar”. No siempre es así. A veces la conciencia de la posibilidad de una última vez nos ayuda a aprovechar mejor cada ocasión. Por esa razón, antes de salir de Venezuela, quise visitar a Carmelo Lauría.


Mi idea era, en principio, que hiciéramos una serie de conversaciones sobre su colosal experiencia en la administración pública venezolana. Tenía, en esencia, tres motivaciones. Estaba interesado en escuchar, de primera mano, cuáles eran las circunstancias, las restricciones institucionales y el proceso de decisión colectiva que regía la política económica durante los más de treinta años de su vida pública. Difícilmente alguien mejor capacitado que él. Esto, a su vez, por otra razón. Existe entre nosotros la mala costumbre de achacar las equivocaciones de los demás a su ignorancia, oscurantismo o alevosía (a veces es así, otras no tanto). En el caso de Carmelo, acaso también de Gustavo Tarre, no creo que se pueda decir que así sea. Y, sin embargo, ambos ocuparon posiciones muy importantes en gobiernos que tomaron pésimas decisiones. Por otro lado, me parece triste que seamos un país tan poco propenso a preservar la memoria, ya no sólo de nuestros presidentes (acaso Rómulo Betancourt sea la única excepción), sino también de los hombres públicos en general. No se trataba de una apología, que no le hacía ninguna falta y ninguna gracia, sino de rescatar de sus recuerdos aquellas cosas que puedan ayudar a entendernos mejor como sociedad.

Aunque llevaba ya bastante tiempo luchando con o contra el cáncer, me recibió en la puerta de su casa con esa mezcla de audacia, temeridad y bonhomía que lo caracterizaba. Era un jueves de los últimos de julio, al final de la tarde. Atravesamos una suerte de sala contrahecha, característica de esas casas que resultan de la unión de otras dos, y llegamos al patio. Nos sentamos en unas sillas de hierro. Prendió un cigarro, no sin antes voltear por encima del hombro (lo tendría prohibido). Conversamos un par de horas. Por la grabadora desfilaron los episodios de renegociación de la deuda, los Brady, el Plan IV de SIDOR, el Cristóbal Colón, el Banco de Venezuela, Tinoco, Lusinchi, Caldera y Carlos Andrés Pérez, las visitas de un joven Felipe González que acudía a Venezuela para formarse (léase "aprender de") en Acción Democrática. Era un extraordinario conversador. No eludía el debate, lo apreciaba, pero no cedía parcela. Con el era casi tan fácil conversar de cualquier cosa, como difícil convencerlo de alguna. Me prometió que vendría más adelante, para complementar aquella conversación inicial, tan general, con mayor detalle y de forma más organizada. Su firme voluntad de vivir hacía imposible referencia alguna a la posibilidad de que aquella fuera la última vez. No le dio tiempo para más. Está enterrado en un pedazo de tierra venezolana. Que descanse en paz.

Para El Universal, 10/12/2010

viernes, 3 de diciembre de 2010

La caimanera Europea y las perspectivas del Euro

Uno suele pensar que los tipos de cambio fijo son un reto para países emergentes, más propensos al populismo, a la indisciplina fiscal, a imprimir dinero para financiar el gasto público y endeudarse más allá de lo que es técnicamente saludable. En fin, que no somos buenos salvajes. ¿Y el euro? ¿Acaso la civilización y los años que nos lleva Europa sí son suficientes para evitar estos males?


No ha pasado mucho tiempo (algo más de lo que toma salir de un tipo de cambio fijo en América Latina, cierto, pero no mucho más) para que el euro haya entrado bajo fuego. La cultura es distinta, sí, pero las motivaciones son idénticas. ¿Quiénes están en problemas? Grecia, Portugal, Irlanda, España. Precisamente aquellos países en donde, tras la creación del euro, la inflación tardó más en ceder. Esto apreció desde bien temprano sus monedas, dándoles un poder de compra en el exterior que no tenían a nivel doméstico y que tampoco se correspondía con su productividad en el trabajo. En ese sentido, hay muy poca diferencia entre el boom de viajeros e importaciones argentinas durante la época de la “convertibilidad” y el boom de españoles que uno se ha encontrado en todos estos años viajando por ahí (uno viajaba con dólares de CADIVI y ellos con las contribuciones de los demás miembros de la Unión Europea).

Con un problema adicional. El euro viene a ser una unión monetaria allí en donde no existe unidad fiscal. Esta es una de las ventajas que los vendedores del tipo de cambio fijo promocionan más en sus folletos: La disciplina fiscal es automática. Y la verdad es que no. Ahora, para salvar el Euro, se impone la creación de un ente regional que emita deuda soberana de forma consolidada. Eso equivale a promover una unión fiscal que será mucho más difícil de concretar que la monetaria y está expresamente en contra de los tratados iniciales de la Unión.

¿Y entonces? El panorama Europeo hoy en día parece una de esas buenas caimaneras que se ven en América Latina. Por un lado, Angela Merkel repitiendo que la existencia del euro “ha dejado de ser una cuestión académica” y amenazando con una renegociación de la deuda europea (no se refiere a la de Alemania, está claro). Por el otro, el Presidente del Banco Central Europeo y los ministros de economía de los países que sufren las subidas de tasas de interés cada vez que ella abre la boca, insistiendo en que “hay voceros que declaran fuera de su propio mandato y de su propia responsabilidad”. Y es que si eso ocurre, algunos de sus países se van a ver excluidos de los mercados de deuda, con una moneda apreciada y alto desempleo. Y en ese punto quizás se empiecen a preguntar de qué sirve permanecer en el euro.

Ahora bien, la caída del euro vendría a ser algo así como la mamá de todas las crisis. Pero salvarlo tomará mucho esfuerzo y sacrificio, habrá que deflactar los salarios de la economía (estimulando el desempleo) para que los niveles de precios en esos países vuelvan a ser “normales” en términos relativos. Será lento y doloroso. Toda una lección para los que no estamos en el ojo de este huracán (aunque sí de otros) y debemos pensar en los arreglos de política que habrá que implementar una vez que salgamos de nuestra propia edad media.

Para El Universal, 03/12/2012