jueves, 23 de junio de 2011

Kapuscinski Non-Fiction

Tres años después de la muerte de Richard Kapuscinski, el creador del reportaje de guerra como pieza de literatura, el viajero, el analista de los mecanismos del poder, sale esta biografía escrita por Artur Domoslawski, su amigo y colega en la Agencia Oficial de Prensa polaca. Lectura obligada para los interesados en la obra de Kapuscinski, se mantiene lejos de la hagiografía y el género apologético tan común en las biografías de los grandes maestros y se centra en el análisis de hombre, sus circunstancias y su obra. Están aquí su surgimiento como reportero, su abnegada militancia en el partido socialista polaco y su relación con las cúpulas del poder, sus reportajes en Etiopía, Angola, Irán y América Latina, y su rol en Polonia durante la caída del socialismo.
Entre todos los aspectos que se abordan en las seiscientas veinte páginas de documentos, entrevistas con testigos y conjeturas, lo que más me ha llamado la atención es esa tensión entre Kapuscinski el militante del partido y sus reportajes de las revoluciones que en otras regiones del mundo protagonizan “los oprimidos”. A lo largo de este viaje los roles van a ir cambiando poco a poco, Polonia se deteriora bajo la égida socialista y su partido va trastocando lentamente en opresor, hasta un punto culminante en donde coincide con las actitudes de esos líderes defenestrados por las revoluciones del tercer mundo que Kapuscinski había combatido con toda la fuerza de su prosa.
El ascenso del socialismo en Polonia era una historia carente de romanticismo. Fue un resultado natural del fin de la Guerra Mundial y la posterior ocupación soviética. Ese romanticismo, esa ausencia de lucha, de héroes y valientes, Kapuscinski la va a ir a buscar en las revoluciones armadas del tercer mundo. Allí, consigue acompañar la propaganda comunista que fluía de la Unión Soviética hasta todos sus satélites, con el romanticismo del pueblo que lucha contra el opresor. En ese proceso lo sorprende la huelga de Gdansk en 1980. Ese acontecimiento abre los ojos del maestro a una realidad ante la cual se había hecho ciego. A partir de ahí, utiliza un dispositivo que el libro revela muy común al resto de su obra: empieza a reescribir la historia comenzando desde un poco más atrás, sí, a punta de ficción. “Cada vez que volvía del extranjero y preguntaba cómo iban las cosas, recibía respuestas cada vez más derrotistas, nos hundíamos en el barro y el lodazal acabaría tragándonos. Todos teníamos la impresión de que tendría que ‘ocurrir algo’: Aquél pueblo acogotado, aplastado, despojado de su voz y de cualquier oportunidad de autorrealización estaba a punto de estallar”.
En esta última etapa las obras de Kapuscinski sobre los últimos días de Selassie en Etiopía y la propia caída del Sha de Irán, empiezan a ser leídas en claves como verdaderas memorias descriptivas del deterioro del poder en Polonia. Eso, más que un mérito del maestro, es una realidad cruda: Los códigos de la autocracia son necesariamente similares en todas partes. Buena lectura, buen complemento a la lectura de Kapuscinski y, ya que nos ha tocado vivirlo, buena introducción a los mecanismos de transmisión que culminan con el desmoronamiento del poder opresor.

Para El Universal, 24/06/2011

1 comentario:

Kiki dijo...

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