jueves, 16 de junio de 2011

Memorías de días más simples

Le ha tomado cuatro años a los libros electrónicos superar en ventas a sus ancestros de quinientos cincuenta años. Ya quizás sólo sea cuestión de tiempo antes de que se venda junto con el libro electrónico un spray con aroma a pulpa de papel en dos versiones, páginas nuevas y viejas. Las ventajas del Kindle, según pregonan, se centran sólo en lo que ya no será necesario hacer: No más viajes a la librería, no más peregrinajes en búsqueda de títulos, no más problemas de espacio. Es evidente que quienes idearon éste guión no son asiduos lectores (ni mucho menos), pues prometen ahorrarnos en cosas que uno hace por puro placer. Eso me ha traído a la memoria a mi abuelo, Ángel Navarrete Funes, un músico que se ganó la vida afinando pianos y órganos de oído. Desde siempre, o al menos ocurre así en todas las memorias en donde guardo el registro de su compañía, desempeñó ésta tarea. Fue el afinador del órgano de la Catedral de Valencia, de un buen número de academias musicales y de hogares, así como también de varios restaurantes. Algunos de esos lugares han desaparecido del mapa y sus meros nombres evocan memorias de otra época en Valencia (El Manchego, Taproom, El Regio, Pin5), otros todavía existen, ya sea porque han prevalecido o porque han vuelto, después de un largo período (El Toro Rojo). Independientemente de qué tan buenos hayan sido, siempre decía lo mismo: “Si la gente viera como se cocina allí no volverían más nunca”.

Hacia finales de los ochenta empezó a perder clientes, a raíz del surgimiento del “afinador automático”: Un aparato prodigioso que indicaba cuándo una nota se encontraba en su punto. El valor agregado de mi abuelo, su conocimiento del registro preciso que debía tener cada tecla, cada nota dentro de cada escala, se redujo en la medida en que el oficio se convertía en un mero tensar cuerdas y balancear fuelles de forma sucesiva, hasta que “la lucecita verde se prendiera”. Se negó a trabajar con aquella tecnología, y durante algún tiempo se mantuvo gracias a algunas fidelidades, alimentadas por las visitas periódicas a los mismos lugares, durante tanto tiempo.

Unos años después las cosas volvieron a cambiar. Desde Caracas y Mérida empezaron a llamarlo para afinar el órgano de la Catedral, y poco a poco fue recuperando todos sus clientes y más. El afinador automático “no era lo mismo”. Eso ocurrió en una época en que se encontraba ya muy avanzado de edad y no podía trasladarse con facilidad. No se daba abasto. Eso sí, había perdido la noción del dinero. Cuando veían la factura, sus condescendientes clientes con frecuencia lo invitaban a quedarse a comer o le pedían que les dejara darle algo más. “¡Señor! ¡Que yo no soy un ladrón!”.

Lo recuerdo sentado en la banqueta del órgano de la Iglesia El Trigal, en la nave de la derecha al fondo, de perfil a la feligresía y de frente al sacerdote, rodeado por la tenue luz de las velas (las de verdad, no las bombillas disimuladas de hoy), mientras esperaba la señal de Monseñor Álvarez (¡Ángel!) para empezar a tocar. Porque hacia finales de su vida, como suele suceder, empezó a perder el oído, primero para los ruidos y la gente, y sólo después para la propia música. Todavía le dio chance de lidiar una última batalla contra la tecnología. Pensando en hacerle más fácil aquellos últimos años, hicimos una colecta entre varios nietos para comprarle uno de esos audífonos de amplificación. Los utilizó un par de días. Ya se había acostumbrado a vivir con un volumen mucho más bajo y no podía tolerar “todo ese escándalo alrededor”.

La supremacía del Kindle me ha traído todas esas memorias de vuelta en rápida sucesión. Esta claro que gracias a la tecnología ahora tenemos enormes posibilidades que antes ni soñábamos, y que en cualquier caso no será posible volver atrás. Pero vale la pena conservar algún lugar en donde la vida aún transcurra con la asombrada simpleza de aquellos días. Así sea en la memoria.

Para El Universal, 17/06/2011

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bello su artículo del día de hoy en EL UNIVERSAL.
Estudié órgano 3 años en la ESCUELA DE MúSICA JOSé ANGEL LAMAS, la que está en la esquina de Santa Capilla.
Y escuché de su abuelo organero (si la memoria no me falla así se llaman quienes afinan y reparan órganos de tubos).
También batallo entre libros digitales en PDF pues trabajo en una empresa cuyo directorio se publica como libro digital. Tal vez por la edad, casi 60 años prefiero los libros impresos en papel.
María Medina

Anónimo dijo...

Gracias por compartir tus memorias, hermoso relato. Habrà posibilidad de contactarlo por otra vìa Dr. Santos?
MMV

Moraimag dijo...

Lindo articulo, aunque confieso ser de las que se ha pasado al Kindle. Igual sigo entrando a librerias y ojeando estantes y no tengo espacio donde poner mas libros en mi pequeño apartamento en una ciudad donde el centimetro cuadrado es de los mas caros del mundo. Pero tener todos los libros que puedo querer al alcance en todo momento compensa por la nostalgia del olor del papel. Hace menos de un año me cambie al kindle y tengo mas de 300 libros que puedo ojear dependiendo de lo que el estado de animo me dicte. Y empacar para mis vacaciones ya no es una pelea por tratar de ver como meto mas libros en la maleta para un viaje de 3 dias. Lamentablemente pocos libros criollos llegan al formato de Kindle, ojala en un futuro cercano tengamos mas cosas publicadas. Y otra ventaja que espero no se quede solamente en los bolsillos de las editoriales, es que el usuario digital esta dispuesto a pagar mas por libros que antes habria conseguido a 1 dolar en la seccion de libros usados o habrias pedido "prestado" a un amigo o sacado de la biblioteca. Ademas de que los nuevos autores tienen mas facilidades para publicar y aun sin apoyo publicitario llegar a un considerable numero de lectores.

Glenn dijo...

Miguel, he estado desde hace días por comentarte que este artículo me ha parecido estupendo, no sólo por el tema sino por el tono en el que lo escribiste
Un abrazo,
Glenn M

juan dijo...

Miguel Angel:

Que gran "petit-histoire" has usado para tu reflexion sobre los libros electonicos. Tu abuelo ha debido ser uno de los ultimos exponentes de ese oficio que se inicio en 1695, si le damos credito al google. A mi, como buen exponente de la vieja guardia pero con veleidades postmodernistas, no me gusta para nada el formato electronico excepto para leer los periodicos y los emailes aunque admito que esa tecnologia terminara por imponerse y ya de hecho ya lo esta haciendo como bien lo indicas en tu esplendido articulo. Dicho esto, te cuento que en esta comunidad cientifica y tenologica por excelencia que es donde trabajo, NASA, son muy pocas las personas que uno observa usando esos aparaticos, y lo mismo se puede decir del uso de tabletas (iTabs). Mas iTabs he visto yo entre la gente que aborda un vuelo de AA en la ruta Miami-Ccs que lo que he visto aqui en NASA-Houston donde trabajan 9 mil personas todos los dias. Supongo que en este terreno los venezolanos somos unicos como lo demuestra nuestra arraigada y peculiar aficion por los escoceses y los Blackberry.

Juan Francisco Misle
(Ba cin asentos)