jueves, 11 de agosto de 2011

El caos y el Estado del bienestar


Muchas de las ollas de presión que están empezando a estallar en diferentes partes del mundo han sido alimentadas con el mismo fuego: La incapacidad de las sociedades para establecer un acuerdo que precise hasta qué punto el Estado debe (y puede) ocuparse del ciudadano, y a partir de cuál el ciudadano pasa a ocuparse de sí mismo. Este es un balance difícil que no tiene por qué alcanzar el mismo equilibrio en todas partes. Hay Estados más o menos ricos, sociedades con culturas más individualistas o igualitarias, y gobiernos con diferentes grados de ética y efectividad. Sea cual sea el caso, estas tres variables (fortaleza del Estado, individualismo-colectivismo, y ética-eficiencia en la gestión del Estado) parecieran ser el núcleo de todas las revueltas de estos días. Las tensiones que resultan de allí han sido amplificadas por la evolución de la tecnología y la naturaleza inmediata, descentralizada y caótica de las comunicaciones: Quienes se sienten en desventaja (“indignados”), quienes piensan que les ha tocado menos de lo que debería, ahora pueden convertirse en amenaza pública con asombrosa facilidad.
Tómese por ejemplo los disturbios de Londres. Uno, acaso ya acostumbrado a ver a los voceros nuestros recular ante cualquier manifestación de descontento popular, no puede menos que sorprenderse ante la reacción de David Cameron: “Una falta total de responsabilidad, de adecuada crianza de los hijos, de educación; falta de ética, falta de moral. Eso es lo que tenemos que cambiar. Se trata de los padres, de la disciplina en las escuelas, de asegurarse que tenemos un sistema de bienestar que no recompensa la inactividad”. ¿Qué respondieron los manifestantes? Dice uno de los que se acercan pescueceando a los micrófonos: “¿Quién es él para hablar de moral? Si el ejemplo que nosotros tenemos es de políticos que cobran sobornos, que se enriquecen, que cobran cuantiosas comisiones”. Es decir, sí, estamos faltos de moral, pero tenemos a quién salir. En España, los indignados protestan por muchas razones legítimas (las fabulosas jubilaciones de los políticos, entre otras), pero incorporan entre sus peticiones el querer jubilarse “con una pensión similar a la de nuestros abuelos” (¿será que están dispuestos a trabajar como sus abuelos), o la extensión de los beneficios del paro, el incremento del salario mínimo necesario para acogerse a la inamovilidad laboral, etc. Quítate tu, para ponerme yo.
En todas partes, todo aquél al que le ponen un micrófono enfrente deja traslucir esta tensión. En Venezuela mucha retórica ciudadana se reduce al “no me han resuelto este problema”, “hacemos un llamado al gobierno nacional”. En muchos de esos casos el llamado es legítimo. En otros, no tanto. Esa es la discusión que tenemos que dar. Hasta ahora, el gobierno lo que ha hecho es generar un estado hipócrita: se compromete a darle al ciudadano seguridad, educación, salud, vivienda y trabajo, no le da ninguna de las cinco, y se abstiene de discutir si realmente está en capacidad de hacerlo. Es decir, una lógica similar a la que prevalecía en Rusia durante la era soviética: “Nosotros hacemos como que les pagamos, y ustedes hagan como si trabajaran”.

Para El Universal, 12/08/2011

1 comentario:

gabriel belisario dijo...

Muy buen articulo. Me llama mucho la atención lo que sucede en Chile. Especialmente después de las declaraciones del Presidente Sebastián Piñera. Ayer declaro “que al fin y al cabo nada es gratis en esta vida”, se refirió a la salud y a la educación superior específicamente. Esto puede ser tomado por los manifestantes y por todos los ciudadanos como un no rotundo a su propuesta de hacer gratuito todo el sistema de educación chileno. Es importante destacar que más allá de las objeciones que se le puedan hacer a la educación de ese país, es sorprendente ver a un presidente latinoamericano no ceder ante una propuesta semejante (los economista saben que aceptarla sería sacrificar la calidad de la educación chilena por una mayor cantidad de alumnos en las aulas) y declarar tan tajantemente que de aplicarse dicha propuesta alguien tendría que pagarlo. Sin duda, en Latinoamérica una respuesta como esa es un suicidio electoral. Seguramente Piñera no esta preocupado por ganar las elecciones del 2013.

¿Hasta que punto el estado debe costear mi educación? ¿Desde que estoy en preescolar, en primaria, hasta que egrese de una universidad o también debemos adicionar los estudios de cuarto nivel? ¿Cuándo debo hacerme cargo de mi mismo? Lo ideal sería tener un sistema de educación inicial y secundaria que te haga competitivo en el mercado, poder acceder a créditos para estudios universitarios, becas que premien a los que demuestren tener mejor rendimiento en el sistema. Saben que en Venezuela las universidades tienen un seguro para las estudiantes que salgan embarazadas, ¿Dónde esta la lógica de eso? ¿Con ese dinero, cuántos pupitres puedo comprar para una escuela? ¿Cuántas becas puedo otorgar? ¿Tiene sentido que el dinero de toda la sociedad (porque al fin y al cabo es dinero de toda la sociedad) se utilice para costear una situación que fue elección de una sola persona y que además la pudo haber evitado? Son tantas medidas populistas las que se pueden mencionar en este país, pero ¿hasta cuando el estado tiene que mantenerme?... Gabriel Belisario.-