jueves, 1 de septiembre de 2011

El dilema del Censo 2011 y una tarde de fútbol nacional en 1981

Recuerdo aquella tarde de junio con relativa nitidez. Mi papá solía llevarme al Misael Delgado cada domingo a ver jugar al Valencia FC (“los pericos”, por su indumentaria verde), en aquél entonces de los equipos más fuertes de la Liga. Eran otros tiempos para el país, y también para nuestro futbol. Papá solía comprar entradas en la “Tribuna Lateral Sur”, lugar de encuentro de inmigrantes españoles, portugueses e italianos. No era la tribuna más barata (que venía a ser la Norte, la del lado Avenida Bolívar), pero tampoco era la Tribuna Central, la más cara. La Lateral Sur se correspondía plenamente con nuestra clase social: Éramos todos clase media. Cada gentilicio tenía su propio equipo, el Galicia FC o el Miranda Canarias, el Deportivo Portugués y el Deportivo Italia, respectivamente. Pero los cuatro jugaban en la capital, es decir, venían a Valencia una vez por año.


Acaso acudían cada quince días al Misael Delgado por costumbre, para reunirse y conversar sobre sus respectivos y variados oficios, y para reírse unos de otros. Hasta los insultos eran totalmente distintos. Franco el barbero, un clásico de aquellos días, solía levantarse cuatro o cinco veces por partido, independientemente del resultado, y romper el silencio del estadio con voz ronca: “Aaarbitro, ere uno sinvergüenzzza”. “¡Conchetto (dueño de la legendaria heladería del mismo nombre), vete a vender barquillas, qué vas a saber tú de fútbol!”.

Aquél domingo 8 de Junio de 1980 era un día especial. Por un lado, se recibía la visita del Portuguesa, cuatro veces campeón y líder del torneo que apenas comenzaba con seis puntos, uno más que el Valencia. Pero había un detalle más. Con ellos venía Vicente Vega (“la pared de Maracay”), portero de la selección nacional (y padre de Renny Vega). Hay un detalle que ilustra la asombrosa ingenuidad en que transcurrían aquellos días. Los niños pequeños podíamos bajar por las gradas e ingresar al campo a patear balones, hacer mini-partidos o simplemente corretear, durante los quince minutos del entretiempo. Aquél día no hicimos nada de eso. Apenas entramos al terreno (cómo volaba la imaginación cuando uno salía de esos túneles) notamos unas cámaras de televisión y una suerte de camión en una de las porterías. Hasta allí fuimos todos corriendo. Vicente Vega, con el afro y las patillas de la época, atenazaba un balón que alguien le lanzaba desde atrás y, mirando fijamente a la cámara, decía: “Atiende al Censo, de ello depende el desarrollo de Venezuela”. Estas palabras, y esa rápida sucesión de imágenes, se han quedado caprichosamente (como suele suceder con los recuerdos) almacenadas en mi memoria.

Mucho hemos cambiado desde entonces. Según aquél censo, éramos poco más de catorce millones. Ahora somos cerca de treinta. Nuestra tasa de crecimiento poblacional (1,3%), contrariamente a la creencia popular, es bastante moderada y se encuentra entre las más bajas del continente. Treinta años después vuelve la hora del Censo. Es un instrumento esencial de planificación en toda sociedad mínimamente organizada. Pero esta vez, en contraste con los cafecitos, limonadas e invitaciones a pasar a aquellos muchachos de ayer, Venezuela tiene una profunda desconfianza de sí misma. Ciento veinticinco mil asesinatos, la apoteosis del robo, la amenaza constante contra la propiedad privada y el despertar de un resentimiento de clases no podían pasar en vano. No hay rueda de prensa ni número 0800 que pueda contra esto.

La decisión es personalísima. Hay aspectos que se pueden mitigar: Coordinar con los vecinos la llegada de los censores, verificar su identificación a través de los mecanismos aportados por el INE. Pero hay otros en los cuales podemos hacer poco. No se trata de “sembrar el terror”, como algunos exaltados se han dado a la tarea de escribir a través de los medios sociales. Estos grupos, con un disfraz de tolerancia tan frágil que ante cualquier raspón empieza a desconchar, es acaso de las herencias más peligrosas que nos ha dejado este régimen. Se trata de reconocer una realidad. Nuestra capacidad de sorpresa ha sido exhausta en estos últimos doce años. Cualquier cosa es posible, a nada puede asignársele probabilidad cero.
Vivimos en un país en donde la lista de Tascón se vendía por tres bolívares fuertes en los puentes del centro de Caracas. Peor aún, en un país en donde una mitad siente que cualquier información que suministre podría ser utilizada en su contra por la otra mitad. Dependemos de una ética muy frágil, de que a alguien en la cadena no le dé por “quemar un CD” por el que seguramente encontrará demanda.

Portuguesa quedaría campeón de aquél torneo con apenas cuatro puntos de ventaja sobre el Valencia. Eso pudo haber cambiado aquella tarde, pero Vicente Vega fue un prodigio y el partido en Valencia terminó empatado a cero. Probablemente ese también termine siendo el resultado del Censo 2011.

Versión ampliada de la que salió en El Universal, 02/09/2011