jueves, 8 de septiembre de 2011

Una vuelta más en el tranvía de Tennessee Williams

Hace unos días he vuelto a ver “Un tranvía llamado deseo”, la legendaria obra de Tennessee Williams. Una vez más me ha costado muchísimo conseguir entradas. ¿Qué es lo que hace que la interpretación de unas cuantas líneas, la rápida sucesión de escenas bajo cierta entonación y colores, siga atrayendo a miles de personas que ya conocen el final, sesenta y cinco años después de su estreno? ¿Qué cuerda toca, a cuál de nuestros instintos apela?
Blanche DuBois, una belleza en decadencia física, moral y económica, visita “por unos días” en New Orleans a su hermana Stella. Blanche enfatiza la pronunciación francesa de su nombre, y en su discurso se esfuerza por exaltar la importancia de la elegancia, la cultura y la virtud. Tras arribar en un viejo vagón llamado “Deseo”, se dirige a la calle “Campos Elíseos”, un horrible suburbio industrial en donde Stella vive en compañía de su esposo. Stanley Kowalski es un hombre primitivo, sin ninguna consideración por la estética, sin otro atributo que no sea la fuerza física. Toda su relación con Stella se sostiene gracias a una poderosa química sexual que Blanche se declara “incapaz de comprender”. En las primeras escenas se suceden ácidas recriminaciones de Blanche a su hermana por resignarse a una vida tan poco ambiciosa, tan carente de glamour. Pero, como ya lo sugerían los nombres de vagones y calles, nada termina siendo lo que parece.
Las pretensiones de Blanche no son más que una máscara tras la cual esconde su fracaso, su alcoholismo y sus alucinaciones de grandeza. Su actitud es apenas un escudo frágil que ha diseñado para resguardar a los demás (y por encima de todo a sí misma) de su propia realidad. Ha perdido la enorme plantación de Mississippi en donde ella y Stella fueron criadas. No está de vacaciones, fue despedida del colegio en donde trabajaba como institutriz por mantener relaciones sexuales con menores de edad. Su única seducción exitosa desembocó en un breve matrimonio, malhadado por el descubrimiento de la homosexualidad de su esposo y su posterior suicidio. Blanche ha llegado a esa etapa en que es evidente que su vida ya no tendrá ninguna resemblanza con los sueños de su juventud, pero se niega a aceptarlo. En lugar de eso, decide mudarse a un mundo en donde mezcla la fantasía con la realidad.
Visto así, el verdadero opuesto a Blanche no lo representa Stanley, que ha decidido vivir según los mismos códigos, pero acaso de una forma más transparente. El auténtico contraste viene a ser Stella, que acepta con naturalidad su destino, se despide con gracia y resignación de los sueños de su infancia, y se dispone con la mejor actitud a hacerle frente a su realidad y a vivir lo que le ha correspondido vivir.
Estoy convencido de que es esa conjunción, esa diferencia con que ambas hermanas enfrentan ese momento cumbre en donde la vida se convierte en una derrota aceptada (conscientemente o no), la tecla que ha provocado y sigue provocando tantas vibraciones. Mientras la aceptación de la realidad hace que Stella pueda sostenerse por sí misma, los delirios de Blanche terminarán por confinarla a una institución para enfermos mentales: Whoever you are, I have always depended on the kindness of strangers”.

Para El Universal 09/09/2011