viernes, 25 de noviembre de 2011

Javier Marías: La verdad en la ficción

Siempre me sucede lo mismo. Cuando lo veo aparecer en el pequeño auditorio en donde tendrá lugar la reunión aún no ha llegado mucha gente. Se abre una pequeña ventana para acercarme y saludarlo brevemente. Y a uno le sorprende el que, tras haber leídos sus trece novelas, tres recopilaciones de cuentos y seis ensayos, el autor no lo reconozco a uno, no sea capaz de percibir esa familiaridad que uno sí siente, tras haber pasado cientos de horas en silencio, escuchándole. Esa es después de todo la esencia civilizadora del leer: Nos enseña a escuchar en silencio.

Javier Marías se ha especializado en un género que se ha dado a conocer como la novela del pensamiento. Sus libros cuentan historias, sí, pero su desarrollo está centrado en las reflexiones, cavilaciones y especulaciones que hacen los protagonistas alrededor de los hechos. Me da la impresión que ese proceso descriptivo ha seguido cierta evolución. En sus primeras novelas, Los dominios del lobo, Travesía del horizonte, las hipérboles del pensamiento están relativamente acotadas. Luego vendrían (en mi opinión lo mejor de su obra) Mañana en la batalla piensa en mí, Todas las almas y Corazón tan blanco, donde las digresiones son más amplias y se centran alrededor de lo que ocurre y de lo que pudo haber ocurrido, de las infinitas ramas de la realidad que se abren (y cierran) con cada uno de nuestros actos, y de cómo el azar determina de forma caprichosa qué nos sucede y qué no, qué pasa tras la “negra espalda del tiempo”. En su última etapa, con la trilogía Tu rostro mañana, las digresiones alcanzan su apoteosis, llegando a eclipsar la trama principal, que pasa a un segundo plano, y en ocasiones incluyen largas historias dentro de la historia (al estilo Don Quijote).

Le pregunto si está consciente de esa evolución. “Es posible”. Es posible que ante la eminencia en nuestro tiempo de la novela cuyo final uno espera, mientras se come las uñas, su respuesta haya sido inclinarse cada vez más hacia la reflexión y el pensamiento. “No tengo nada en contra de esas otras novelas. Mi padre solía leer todas las de Sherlock Holmes de Conan Doyle… Las releía tras unos años porque olvidaba los finales, los asesinos, los culpables y sus circunstancias. Se lee muy fácil y entretiene, y deja muy poco. Yo prefiero la novela de la reflexión, con un ritmo más lento, más parecido acaso al de la propia vida. Esa novela, al menos eso aspiro, suele invitar a hacer pausas, a resaltar oraciones y rayar en los márgenes, a hacerse preguntas, y por lo tanto tiene una probabilidad mayor de permanecer en la memoria”.

Esta idea viene muy a propósito de nuestro tiempo, de nuestro afán por llegar a saberlo todo, por conocer el final de las historias, de las nuestras y de los demás, sin ser capaces del todo de disfrutar las circunstancias. Como le escribía Rilke a Albert Kappus en Cartas a un joven poeta: “Quizás sea más conveniente que se dedique Ud. a disfrutar de las preguntas en sí mismas…” Lo digo sin ningún ánimo de aleccionar, porque difícilmente a alguien le haga más falta ese consejo que a quien escribe. Suele suceder eso también, uno termina enseñando aquello que más necesita aprender.

Para El Universal, 25/11/2011