martes, 21 de febrero de 2012

El alumbramiento de la oposición venezolana

Fue una de esas madrugadas largas, con el silencio de la noche interrumpido cada vez más esporádicamente por los ecos de voces y risas en la calle, o el recolector de contenedores. En la medida en que iba progresando la noche, según se iba materializando otra de las proezas electorales de la oposición venezolana, se me vinieron a la mente, en rápida sucesión, algunas imágenes de todos estos años.

Volví a escuchar a Carlos Ortega “… el Comité de Conflicto ha decidido prorrogar la huelga general por otras cuarenta y ocho horas”. No pensaba específicamente en Ortega, sino más bien en los cientos de miles que celebraban eufóricos aquellas prórrogas, en los que alguna vez pensamos que – a falta de mejor cosa – aquello podría desembocar en algo bueno. Recordé a la turba que reventó la puerta del estacionamiento de mi edificio en Santa Fe, en búsqueda de mi vecino de entonces, Héctor Navarro. También las voces de muchos de estos mismos líderes políticos y civiles de hoy, justificando la abstención en las elecciones legislativas hace cinco años. “Después de el retiro de la oposición de estas elecciones éste país ya no volverá a ser el mismo”. Y sí, algo cambiaría para siempre, pero por razones totalmente diferentes.

¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Cómo fue posible que la oposición pegara este salto olímpico? ¿Cómo se consiguió estructurar la Mesa de la Unidad Democrática, cómo se deshizo del lastre de la Coordinadora Democrática? Son preguntas difíciles, que nos obligan a reflexionar cómo, por qué y cuándo dejamos de ser quienes éramos y pasamos a ser éstos.

Yo no tengo intención ni capacidad para abordarlas. Pero sí me vinieron a la mente algunos hitos que con seguridad tienen algo que ver con este alumbramiento. El primero es la elección presidencial de 2006. Aquél fue el punto más bajo, sí, pero también el comienzo de lo que vendría después. Más específicamente, me refiero a la figura de Manuel Rosales. Aunque su reputación se haya venido a menos en estos días, fue a raíz de su campaña electoral que la oposición asimiló algunos aprendizajes que sentaron las bases de su transformación. Rosales reivindicó al voto, aún frente a todas las trampas y ventajas oficiales, como el único mecanismo para el cambio. Su reconocimiento del resultado y la magnitud de la diferencia despertaron a la oposición a una dura realidad.

El segundo vino unos meses después. El cierre de RCTV, o la “suspensión de su concesión televisiva”, trajo a millones de hogares venezolanos la sensación de expropiación y violación que hasta entonces sólo habían experimentado algunos en carne propia. Aquella circunstancia parió un movimiento estudiantil. Su incorporación plena a los asuntos de Venezuela, su capacidad para crecer e ir renovándose en la medida en que los mayores se incorporaban a la política, fue el tercer hito que terminó de darle un vuelco al escenario político venezolano. Recordé haberme tropezado en la esquina de Völlmer y Andrés Bello con aquella larga marcha estudiantil en ruta al Tribunal Supremo. Aquella sensación de estreno, aquél sentimiento enorme de posibilidad. Parafraseando a Silvio Rodríguez (al cantante, no al político): La era ha parido una oposición. Hay un camino.

Para El Universal
17/02/2012