martes, 20 de marzo de 2012

¿De verdad somos los más felices?

Venezuela lidera el ranking de felicidad de Nationmaster.com, salimos terceros en felicidad en el World Value Survey de la Universidad de Michigan, y también aparecimos un par de veces en la edición anual de Guiness como el país más feliz. Por decir lo menos, éste es un resultado muy perturbador. Somos uno de los países con mayores índices de delincuencia a nivel mundial. Nuestros asesinatos por cada cien mil habitantes superan a Irak y Afganistán. También tenemos la mayor inflación en el mundo, lo que representa un problema para las familias de menores recursos. Además, toda nuestra cotidianeidad luce bastante atribulada: hay que peregrinar para sortear la escasez, nuestro sistema de transporte público es muy precario y se deteriora a diario, al igual que los servicios de luz y agua. ¿Es posible que seamos uno de los países más felices del mundo? ¿Qué miden y cómo lo hacen esos estudios?
Todos están basados en entrevistas a un número significativo de personas acerca de su grado general de satisfacción o felicidad. Y quizás he aquí en donde está el detalle. Las preguntas toman a las personas de forma aleatoria y no están asociadas a ningún evento en particular. Quizás es eso, quizás seamos buenos (re)haciendo nuestra propia historia. Eso es lo que varios investigadores (Daniel Kahneman y Alan Taylor entre otros) han venido estudiando. En oposición al método “general”, se ha ideado un sistema en el que se llama de forma aleatoria varias veces por día a una muestra representativa de personas, y se les pide que describan qué están haciendo en ese momento y cuál es su grado de satisfacción. Y aquí viene la mejor parte: La felicidad que cada persona revela en el momento de la actividad, a lo largo del día, tiene muy poco que ver con la felicidad que, antes o después del estudio, expresan en relación con su vida en general. Es decir, “la persona que experimenta” tiene muy poco que ver con “la persona que recuerda”. Así, pacientes sometidos a tratamientos dolorosos por más tiempo tienden a recordar su experiencia como menos dolorosa que aquellos que la sufrieron por mucho menos tiempo, pero de forma más intensa y con un final más infeliz. Para “la persona que recuerda” el pico de felicidad o infelicidad y la forma en cómo termina el episodio son mucho más importantes que el total de la felicidad o infelicidad experimentada a lo largo de él. Esto crea una separación crucial entre la experiencia y el recuerdo, que quizás está detrás de esos estudios que nos sitúan entre las sociedades más felices del planeta. Es posible que tengamos una mayor propensión que los demás a poner a nuestros recuerdos unos colores de los que la propia experiencia carecía.
Valdría la pena evaluar nuestra felicidad desde el punto de vista de la experiencia cotidiana. Es un paso que ya muchos países están dando a nivel mundial, reconociendo la importancia de la felicidad como valor, pero asociada específicamente a nuestra experiencia de vida (no a nuestros recuerdos). Tengo para mí la hipótesis de que de una evaluación así emergería una nación más homogénea. Quizás entonces podamos escoger en dónde enfocar nuestros esfuerzos de políticas públicas. Es un área en el que todo está por hacer.

@miguelsantos12

Para El Universal, 16/03/2012

1 comentario:

Jose Manstretta dijo...

Hola Miguel, tengo un vago de recuerdo de unas charlas con Roberto Rigobon sobre el modelo BBNN (o algo asi), donde el traza una horizontal al modelo y argumentaba que el equilibrio estaba sujeto a esa linea que el llamaba PAZ SOCIAL y que la linea se ajustaba con el tiempo dependiendo de las adversidades que el pais atravesaba por lo que las politicas debian tomar en cuenta ese estado de paz social, donde por ejemplo los ciudadanos de suiza no soportaria que un gobierno permitiera que las empresas hidricas proporcionaran un dia de agua contaminada vs otros paises con una linea de paz social tan alejada que simplemente el tema del agua o del crimen no hacen que se levante una ceja....