viernes, 27 de abril de 2012

El trilema: Euro, baja inflación y democracia


La persistencia de Alemania en su receta de austeridad, impuestos y recortes ha sumido a buena parte de Europa dentro de unos cuantos círculos viciosos de los que le será muy difícil salir. El primero de esos círculos es económico. Tómese por ejemplo el caso de España. Como consecuencia de sus dislates de otros años el país se encuentra hoy con una de las mayores tasas de desempleo a nivel mundial (22%) y también con uno de los mayores salarios relativos de Europa. La legislación laboral, similar a la nuestra en el sentido de que hace prohibitivo el despido e inhibe así la contratación, hace que el mercado se ajuste no a través del precio (salarios), sino de las cantidades (puestos de trabajo).

En plena recesión, con la prima de riesgo de España en niveles récord, el presupuesto nacional se ha vuelto inviable. La aritmética pura exige subir los impuestos y bajar los gastos, pero esa es una reacción pro-cíclica que sólo puede acentuar el problema. Pensándolo bien, el país ha caído en el peor de los dos mundos. No está bajo los designios de una administración keynesiana, cuyos pilares teóricos son el estímulo fiscal como herramienta para recuperar la actividad económica y la reacción anti-cíclica. Pero tampoco se trata de la derecha, que al menos en teoría también tiene sus bondades: Menor gasto y menores impuestos, con la esperanza de que estos últimos estimulen la recuperación. Tampoco. Europa (Alemania) le ha impuesto a Rajoy una combinación de mayores impuestos y menor gasto. Siendo así, sólo cabe esperar los peores escenarios del ideario de derecha (mayores impuestos afectarán la iniciativa privada, reduciendo la inversión, la actividad, y en consecuencia la base sobre la que se calcula el impuesto) y keynesiano (recortar el gasto en medio de una recesión y de una crisis de confianza debilitará aún más demanda). Uno no puede sino preguntarse cuál es la apuesta que se hace con este paquete, a que se le está apostando, de dónde va a venir la inversión que hace falta para crear los puestos de trabajo necesarios.

Alguien podría decir que la flexibilización laboral provocará una caída en los salarios, que devolverá a la economía española algo de la competitividad perdida. Pero con tipo de cambio fijo (moneda única en éste caso) ese será un proceso lento y muy doloroso muy similar al  sufrido por Gran Bretaña cuando, tras el fin de la I Guerra Mundial, se empeñó en volver al patrón oro a la tasa pre-guerra. Y aquí es dónde entra el segundo círculo vicioso: el social. Los mayores impuestos y los recortes en programas de atención social (educación, salud, pensiones) han provocado un descontento generalizado entre los más vulnerables, que se oponen con cada vez más fuerza al euro, la integración y la inmigración. En ese estado de cosas, pareciera una cuestión de tiempo antes de que surja un candidato que reúna a esa mayoría y le de un golpe a la mesa. El miedo que la UE tiene a éste escenario ya ha sido recogido en el veto que se le hizo en su momento a Papandreu cuando se le ocurrió registrar a todos llamando a Grecia a referéndum. Y es que por los vientos que soplan Europa pronto tendrá que escoger entre mantener el euro, baja inflación, y democracia. Puede tener dos de esas tres, pero no las tres.

@miguelsantos12

Para El Universal, 27/04/2012